La guerra de Irán ha dado aire al presidente Vladímir Putin. Cuando menos, ha desviado los esfuerzos militares de Estados Unidos de Ucrania hacia Oriente Medio, para desesperación de una Europa (y en especial de Kiev) a la que le está costando asumir la necesidad de tomar las riendas de la propia defensa. ¿Pero quiere esto decir que el líder ruso se siente más fuerte y tranquilo? La respuesta es no. Las cartas del líder ruso no son tan buenas. Veamos.
Hay cada vez dudas más que razonables sobre la fuerza militar y la realidad económica y social de Rusia. Putin mismo sufre un cierto estado de paranoia por su vida. A pesar de que sean poco verosímiles, circulan rumores de golpe de estado. Y, sean cuales sean, el caso es que el Kremlin los está utilizando para endurecer la represión interna y, en especial, para sofocar el malestar de las élites.
, los servicios de seguridad. Nunca le han fallado. Son un reducto fiel.
Ante este descontento soterrado, la vía de Putin ha sido la habitual en él, un hombre formado en el antiguo KGB: recurrir a los servicios secretos (hoy, FSB) para blindarse y para que le informen de lo que pasa en su entorno y en la calle. Sin triunfos militares de verdad, con ataques de drones ucranianos sobre Moscú, y con una actividad económica mucho menos dinámica de lo que se ha querido hacer creer, Putin continúa confiando ciegamente en los siloviki, los servicios de seguridad. Nunca le han fallado. Son un reducto fiel.
Si la idea de un hipotético golpe de estado tiene poco peso, en cambio parece más evidente la fragilidad económica rusa. Los suecos, por ejemplo, midiendo la luminosidad nocturna del país, han estimado que la actividad se contrajo un 8% durante el periodo 2020-2024, en lugar del crecimiento del 13% pregonado por el régimen putinista. Los cálculos sobre la inflación tampoco se corresponden con lo que divulga el estado oficialmente. El boicot económico occidental, con la política de sanciones, habría supuesto unas pérdidas de 450.000 millones de dólares para la economía rusa, a pesar de que ahora, con el cierre de Ormuz, ha tenido un respiro en el terreno energético.
La visita de Putin a China, con el anuncio de acuerdos comerciales, responde a la necesidad de dar, tanto de cara al interior como al exterior, una imagen de poder y normalidad sobre la cual, sin embargo, planean muchas dudas. Esto no quiere decir, ni mucho menos, que Europa no deba continuar reforzando su apuesta de defensa ni la complicidad política, económica y militar con Ucrania: la reciente luz verde de la UE al préstamo de 90.000 millones de euros va en esta línea.
La partida de la guerra de Rusia contra Ucrania está abierta. Y las cartas europeas, a pesar de las dudas y debilidades internas, no son tan malas. O, dicho de otra manera, las cartas de la Rusia de Putin no son tan buenas.