El presidente Donald Trump saluda al llegar a la Base Conjunta Andrews en Maryland.
24/03/2026
2 min

El ensayista y asesor político Giuliano da Empoli afirma en su último libro, La hora de los depredadores (Ediciones 62), que "el caos ya no es el arma de los insurrectos sino el sello del poder". En el libro explica que los nuevos líderes mundiales del estilo de Trump o Putin actúan como agentes del caos porque es la forma de afianzar su autoridad en un mundo en el que no hay más reglas que la fuerza bruta. La actuación de las últimas horas de Donald Trump se adecua a la perfección con esta definición.

El presidente estadounidense, desesperado porque no encuentra la tecla para hacer arrodillar al régimen iraní, les lanzó un ultimátum: si no abra el estrecho de Ormuz en 48 horas bombardearé las instalaciones eléctricas y dejaré el país sin luz. Ante esta amenaza, Irán replicó que si ocurría esto pasaría a considerar como objetivos legítimos infraestructuras críticas de los países del golf como las desalinizadoras. Ante la perspectiva de una guerra total en el golf, los mercados empezaron a descender y el precio del petróleo escaló rápidamente. Entonces, ante el pánico de sus aliados en el golf y también de sus asesores económicos, Trump dio marcha atrás y dijo que ante las "conversaciones productivas" con una "persona importante" del régimen había decidido aplazar el ultimátum cinco días y así dar una oportunidad a la diplomacia. Automáticamente, los mercados rebotaron con fuerza y ​​el precio del crudo cayó en picado, llenando así los bolsillos de algunos inversores que sospechosamente compraron activos quince minutos antes de la declaración presidencial, tal y como explica el Financial Times.

Al día siguiente de esta curva, sin embargo, las cosas sobre el terreno siguen igual y no hay señales de contactos diplomáticos entre Estados Unidos e Irán. Teherán, de hecho, ha advertido de que todo es una maniobra grosera para manipular el mercado. Todo apunta, pues, a que Trump simplemente lanzó un mensaje que le permitiera ganar tiempo y frenar la caída de los mercados. En realidad, la estrategia de Trump se asemeja a la que ya utilizó con los aranceles –un día los subía y al día siguiente los bajaba–, que en Estados Unidos se conoce como TACO (Trump Always Chickens Out), que se puede traducir como "Trump siempre se echa atrás".

El problema es que, si bien con la guerra arancelaria él tenía la sartén por el mango, porque era él quien decidía los aranceles, no está nada claro que en Irán sea exactamente así. Trump no puede decidir unilateralmente cuando termina la guerra, entre otras cosas porque si se marcha ahora todo el mundo interpretará que quien ha ganado realmente es Irán. Mientras, eso sí, sigue alimentando el caos y la última decisión que ha tomado es enviar otros 3.000 soldados al Golf, lo que alimenta las especulaciones sobre una eventual operación terrestre. Sin embargo, todo ello demuestra lo que ya ha quedado establecido: que Estados Unidos no tenía un plan claro en esta guerra si la decapitación del régimen el primer día no suponía su derrumbe. Y desde entonces los vaivenes de Trump sólo han confirmado una alarmante falta de planificación estratégica.

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