Venezuela, Europa, España...
Trump, imparable y agresivo, ha vuelto a descolocar el tablero geopolítico mundial. A estas alturas, no parece que nada pueda detenerlo. La irrupción militar de EEUU contra el presidente venezolano, Nicolás Maduro, y la pretensión de colocar un gobierno obediente en Caracas con la número dos del chavismo, Delcy Rodríguez, suponen un nuevo paso de gigante contra el derecho internacional –empezando por la falta de respeto a la soberanía nacional– y contra el de haber solicitado permiso en el Congreso para la intervención armada en Venezuela.
Por supuesto, la zozobra es mayúscula en los países de América Latina, que con la doctrina Monroe resucitada vuelven a verse directamente amenazados como el "patio trasero" de Washington. Pero, de rebote, la alarma también afecta a una Europa indecisa e incapaz de hacer valer su potencia conjunta y sus valores democráticos y humanistas, como se ha visto en los últimos tiempos con la standita resistencia ante el desprecio con el que Trump ha tratado a la UE en las negociaciones con Moscú para la guerra de Ucrania.
Ahora, tras el ataque de Trump a la soberanía venezolana, se hace aún más evidente la idea del reparto del mundo en áreas de influencia para EEUU, Rusia y China, y se explicita la deslegitimación de los resortes democráticos y diplomáticos. Trump carece de escrúpulos a la hora de defender la ley y los intereses del más fuerte. Putin y Xi tendrán cada vez más coartada para hacer y deshacer en sus áreas de influencia. Toda la arquitectura surgida después de la Segunda Guerra Mundial se va al traste y, con ella, Europa queda en terreno de nadie, sola ante la amenaza rusa, pero también ante un expansionismo trumpista que ha dejado claro que quiere quedarse Groenlandia, territorio de Dinamarca.
¿Cuándo se atreverá Europa a emprender sin tapujos un camino propio –un ejército común– de defensa? ¿Cuánto tardará en entender que necesita imperiosamente una voz fuerte, tanto en términos militares como económicos y políticos? El reto, claro, no llega en el mejor momento, con Trump minando la cohesión continental apoyando a líderes de ultraderecha. Y cuando los partidos tradicionales, a derecha e izquierda, están perdiendo pie. Pero o bien hay reacción o bien el declive europeo que denuncia a Trump será una profecía (auto)cumplida –a Trump, en efecto, ya le va bien una Europa fragmentada y decadente.
¿Y España? Con Venezuela, el presidente Pedro Sánchez se está erigiendo en el líder europeo que empuja a la UE hacia una posición de desmarque de Trump, tal y como hizo con Gaza. Haciendo valer los lazos históricos con América Latina, se ha puesto junto a los gobiernos de izquierdas democráticos –Brasil, Chile, Colombia, México y Uruguay– que pretenden frenar el nuevo imperialismo estadounidense, al tiempo que está buscando que Bruselas salga de su acomplejamiento. Y más allá de la efectividad de estos gestos, a nivel interno su posicionamiento puede darle aire para movilizar al electorado, sobre todo teniendo en cuenta el desconcierto errático de un PP que se ha visto superado por las contradicciones entre su antichavismo, la defensa de una Corina Machado descartada por Trump y las tímidas apelaciones.