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¿Los jóvenes ya no quieren salir de fiesta?

El encarecimiento del ocio nocturno y la pandemia han cambiado la forma de salir de quien hoy está a la veintena: algunos jóvenes prefieren fiestas en casa, mientras que quienes salen buscan espacios más seguros y colectivos

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Sara Roqueta
20/03/2026
6 min

Barcelona"Cada vez noto que me cuesta más salir de fiesta", dice Albert Thió Hortoneda, de 26 años, de Barcelona. "Entras en una discoteca a las dos de la madrugada, has pagado 20 euros y, para amortizarlo, debes estar hasta las seis de la mañana. A mí esto me desajusta un poco los patrones de sueño", explica. Esa fiesta, empaquetada y enfocada al consumo, que dura horas y horas, no le interesa, dice. "No me había planteado tanto que fuera una cuestión generacional, pero sí veo que a mucha gente de mi entorno le está ocurriendo lo mismo", destaca. De hecho, desde hace tiempo se han viralizado artículos y vídeos con etiquetas como "normalizamos no salir", en los que gente muy joven habla sin complejos sobre no salir de fiesta a los 20 años. Lo que antes era un estigma –debe decir a las amigas que no contaran contigo para salir– parece haber encontrado su nicho en TikTok con hashtags sobre bienestar y autocuidado.

Este cambio también refleja una transformación más amplia en la forma de relacionarnos. Mientras que en los años ochenta las discotecas eran la plaza pública donde la gente se encontraba, ahora, en un mundo lleno de pantallas, muchos jóvenes han dejado de salir de fiesta, beben menos y cuidan más. "En general, se tiende a estigmatizar el ocio nocturno como algo que desgasta, pero, en realidad, es necesario. Salir de fiesta también es cuidar tu salud mental: te distraes, sales de tu burbuja y te dedicas al placer", afirma Aïda Camprubí, gestora cultural y codirectora del Partido de la 2021. a la que quizá no le apetece salir tanto, pero también hay gente que prefiere hacer fiestas en casa por cuestiones económicas y por no tener que relacionarse en espacios mainstream donde se dan determinadas violencias que, en espacios más pequeños, quizás no se ven tanto", explica Camprubí.

Los datos confirman la tendencia

Sin embargo, el cambio es evidente. Durante su juventud, más del 25% de la generación X (nacidos entre 1965 y 1980) iba a bailar oa discotecas los fines de semana; ahora esta cifra se ha reducido a menos del 12% entre la generación Z (nacidos entre 1997 y 2010), según la Encuesta Joven 2023, recogida en el Informe de Juventud de España 2024. Mientras el Albert sólo va a discos 21 años, en pleno Erasmus en Barcelona, ​​es distinto. "Estoy en una época en la que sí salgo más de fiesta. Aunque me gusta salir a bailar y conectar con gente de diferentes lugares, cada vez me siento más desconectada del tema del alcohol y bebo menos. Emborracharme me genera mucha ansiedad".

Gente joven en una discoteca.
Concierto de residente en el palacio Sant Jordi.

Aunque a menudo se generaliza que las nuevas generaciones beben menos, resulta difícil establecer un único patrón. "Quizás beben menos, pero también hay jóvenes que experimentan con drogas nuevas, más peligrosas que las de antes", reflexiona Aïda Camprubí. Lo que es evidente es el cambio de paradigma que ha habido en los últimos años desde la llegada de la Covid-19; momento en el que se popularizaron fiestas en casa y rituales como la tarde. La cultura del bienestar entró en nuestras pantallas y en nuestras vidas. Cuidarse se convirtió en el principio máximo. Este movimiento de repliegue, sumado al aislamiento por motivos sanitarios, afectó de lleno a generaciones como la Z.

"Durante la pandemia, la gente que hoy tiene entre 18 y 25 años perdió una etapa fundamental de su adolescencia, crucial para aprender a socializar con personas distintas. Y uno de los espacios que permitía eso eran los espacios de ocio. Además, han sufrido la inexistencia de este proceso de autoaprendizaje en espacios colectivos, y eso hace que ahora muchos de ellos". explica el geógrafo Jordi Nofre, investigador en la Universidade Nova de Lisboa.

Paulina Plucinska, por ejemplo, tenía quince años cuando empezó la pandemia. "Recuerdo que hacíamos fiestas en casa bailando las canciones que nos gustaban. Para mí esto era fiesta: no tenía ninguna inseguridad, no había luces superfuertes, y me sentía muy libre", reflexiona esta joven polaca residente en Barcelona, ​​que participa en No me importa, la cuenta de actualidad que fundó con Albert y cuatro amigos en enero del 2025: "¿Cómo puede ser que un espacio que debería ser de desconexión y libertad acabe generando estrés? Calcular cuánto te vas a gastar, si irás lo suficiente adecuado, si encajarás con el ambiente", reflexionan en este vídeo.

Cambio generacional

Mientras que para generaciones como la X "salir de noche era una aventura, en la generación Z este deseo está mucho menos presente. Ahora está todo mucho más planificado: saben dónde irán, con quién y cómo volverán", afirma Nofre. Albert se añade a esta visión: "Pienso que nuestra generación ya no busca esa libertad en la fiesta. Tengo más la sensación de que buscamos seguridad o protección, porque estamos en un momento en que no tenemos certezas: no sabemos si conseguiremos un piso, ni un trabajo digno, ni si tendremos garantizados los bienes básicos".

De hecho, otro factor clave que limita la frecuencia con la que los jóvenes salen de fiesta es el encarecimiento del ocio nocturno formal. Las entradas a discotecas y pubs son cada vez más caras debido al aumento de gastos en el sector. "Todo ha subido. En Barcelona, ​​por ejemplo, el incremento se debe a varios factores: la subida de impuestos, los alquileres de los locales, los costes laborales y el aumento de los precios de suministros como la electricidad o el alcohol", explica Jordi Nofre, también doctor en geografías de la noche y de la ciudad nocturna.

Todo esto hace que una entrada que antes costaba 10 o 12 euros hoy llegue a 25 euros, sobre todo en grandes discotecas. "Si hablamos de jóvenes entre 18 y 28 años, ¿quién puede pagarlo? Básicamente, las clases más acomodadas; estas sí siguen saliendo, mientras que las discotecas y clubes orientados a jóvenes de clases populares tienen problemas financieros muy serios", dice el experto. Un ejemplo son salas míticas para la escena independiente y underground de la ciudad, como Meteoro, que ha lanzado una campaña de recaudación de fondos, o El Pumarejo, que tuvo que cerrar temporalmente a raíz de una orden del Ayuntamiento de Hospitalet de Llobregat.

Concentración de gente en los bunqueros del Turó de la Rovira de Barcelona. La Guardia Urbana vigila que no se consuma alcohol, pongan música alta u organicen fiestas.
Un concierto de un DJ en una imagen de archivo.

Ocio alternativo

Por suerte, no todo está perdido. Más allá de los costes económicos, la fiesta sigue siendo una parte muy importante en el proceso de socialización de muchas jóvenes que encuentran modelos alternativos al ocio masivo en salas de tamaño medio y pequeño. Barcelona es un ejemplo. "Hay muchos colectivos, formados por personas muy jóvenes, que no sólo salen de fiesta, sino que organizan sus propios eventos y buscan modelos y formatos de ocio alternativo", explica Camprubí.

Es el caso de colectivos como Opi Melissa o Desacato Goblin, que crean y gestionan sus propias fiestas en distintas salas. También de festivales de música como Òrbita Paral·lel 62, Festival Miceli o Mostra, este último totalmente autogestionado a través del trabajo de personas voluntarias. "No podemos decir que toda una generación no sale, sino que es una generación muy compleja que también está generando nuevos espacios de ocio alternativo", añade la crítica cultural.

En este nuevo ecosistema, Paulina tiene claro cómo sería su fiesta perfecta: "Es la que es segura y colectiva, con un ambiente que no gira sólo alrededor del alcohol, y donde puedo estar con los amigos jugando a juegos de mesa, escuchando música o reflexionando". El debate, pues, ya no se plantea en términos de qué generación es más festera, sino en la capacidad que tenemos como sociedad de repensar la fiesta y hacerla evolucionar hacia otros espacios: "Debemos asegurar que todas las alternativas de ocio estén disponibles, para que cada persona pueda decidir su forma de socializar sin renunciar a ninguna opción", concluye Aïda Camprubí.

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