Conversación
Beti Badia
28/07/2026 - 13:48 h.
2 min

Si te has hecho esta pregunta alguna vez, probablemente hay una idea de base que vale la pena revisar: el sexo no va de complacer. O, al menos, no solo de eso. Porque cuando entendemos las relaciones sexuales como una responsabilidad de la otra persona –como si debiera saber exactamente qué necesitamos o cómo hacernos disfrutar– es fácil acabar viviendo el sexo con frustración, presión o decepción.

Y es que aquí nadie tiene una varita mágica. El placer no se adivina. Se comunica.

Muchas veces aparece lo que podríamos llamar “efecto examen”: una persona siente que tiene que hacerlo bien para satisfacer, mientras la otra espera recibir placer. El sexo se convierte en una especie de prueba constante en la que parece que alguien deba demostrar habilidades. Pero el sexo no es una economía de intercambio. No funciona a partir de “yo te doy esto y tú me tienes que dar aquello”.

Quizás se parece mucho más a una conversación. Es un idioma, una manera de relacionarnos, y como en cualquier conversación, necesitamos saber qué queremos decir antes de pretender que la otra persona nos entienda. Por eso el autoconocimiento es tan importante. Explorarnos, entender qué nos gusta, qué nos incomoda, qué ritmo necesitamos o qué prácticas nos despiertan curiosidad.

Y esto no siempre es fácil. Hay muchas personas que llegan a las relaciones sexuales sin haber tenido nunca espacios para pensar en su propio deseo. Por eso hacernos responsables de nuestro placer no significa vivir el sexo desde el individualismo, sino entender que comunicar también es cuidar el vínculo. Primero debemos saber qué queremos para después poder compartirlo. Y es precisamente aquí, en este diálogo honesto y sin presión, donde acostumbra a aparecer el sexo más placentero.

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