Los aficionados dan la bienvenida al árbitro somalí Omar Artan, a quien se le denegó la entrada a los Estados Unidos.
14/06/2026
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Este Mundial es, desde un punto de vista histórico, un triunfo absoluto del continente africano. Por primera vez, diez selecciones africanas lo disputarán, hecho que ha permitido que vayan las selecciones más fuertes del continente –Marruecos y Senegal–, pero también que debuten otras –Cabo Verde– o que algunas retornen a una Copa del Mundo medio siglo después –la República Democrática del Congo–. Para los países africanos, jugar el Mundial ha sido una lucha constante desde la descolonización política. El año 1966, cuando en el Mundial solo había dieciséis selecciones y diez eran europeas, África debía disputar una plaza con selecciones de Oceanía y Asia. Sin plazas directas aseguradas, los dirigentes de Ghana y Etiopía animaron a los quince combinados africanos a boicotear el Mundial: si no tenían una plaza garantizada, no irían. La FIFA los ignoró y el Mundial del 66 se quedó sin africanos, pero en el 70 ya tuvieron una plaza asegurada por primera vez. Ahora tienen nueve plazas –y pueden acceder a una decena a través de un play-off intercontinental–. Algunas cosas no han cambiado: para los europeos, un Mundial con más selecciones no europeas es considerado como un motivo de burla o una devaluación de la competición. Este Mundial que ahora nace permite constatar dos cosas. La primera, que los dirigentes de la FIFA han entendido que los 54 votos de las federaciones africanas —de un total de 211— les pueden permitir perpetuarse en el poder. La segunda, que el mundo con más peso demográfico no se resignará a ser un actor secundario —por mucho que el Occidente que ha dominado el siglo XX, cada vez más en minoría, lo vea con recelo. La expulsión de un árbitro

Sin que hubiera rodado el balón, la política migratoria de los Estados Unidos ya nos mostró los límites de las políticas basadas en un aumento de la representación. Tener más presencia en las instituciones no es un triunfo si quien manda es el de siempre. Una cosa es que haya más selecciones africanas en el Mundial y otra que los africanos sean respetados. El árbitro somalí Omar Artan, de 34 años y considerado el mejor de África, fue deportado cuando llegó a los Estados Unidos, días antes de comenzar la competición. En Somalia, que vive una nueva crisis política, los políticos locales hacían cola para darle apoyo efusivamente en las redes sociales, y Artan fue recibido como un héroe en el aeropuerto de Mogadiscio. Nadie fue capaz, ni en Somalia ni en el resto de África, de defenderlo para conseguir que fuera readmitido. Pocos partidos en el Mundial tendrán más impacto que el Senegal-Francia del próximo martes. El país africano es el segundo más endeudado del continente y es posible que no pueda continuar pagando los vencimientos de la deuda cuando llegue el segundo semestre de 2026. La austeridad presupuestaria ha paralizado el país y ha destruido la relación entre el presidente y el primer ministro, que llegaron al poder con un programa de transformación económica radical. La misma semana que el FMI llega a Dakar para negociar un paquete de rescate, Senegal se enfrentará a los franceses, la antigua metrópoli. En un país donde los bancos, la distribución de gasolina, los alimentos e incluso la moneda tienen vínculos con Francia y sus multinacionales, el partido representa mucho más que un rato de fútbol. Una improbable victoria sería una muestra –simbólica y efímera, pero una muestra– de que el destino de Senegal no es perder para siempre contra sus antiguos amos.

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