Sudáfrica tiene una lección para todo el mundo
Pocas personas en el mundo generan más consenso que el político sudafricano Nelson Mandela. Su historia es irrepetible: después de casi tres décadas en la cárcel, encarcelado por el régimen supremacista blanco que había gobernado Sudáfrica desde 1948, Mandela ganó las primeras elecciones democráticas del país en 1994. Con el apoyo de la mayoría de la población negra, gobernó sin espíritu de venganza contra los blancos que habían convertido la segregación racial en una política de estado. Muchos blancos, que temían ser expropiados y perderlo todo a manos de un líder extremista, se sorprendieron de la bondad de Mandela –a quien, pocos años antes, muchos consideraban un terrorista peligroso–.
A menudo pienso que el apartheid, tratado como una rareza histórica de Sudáfrica, nos explica mucho sobre el mundo y la globalización. El gran terror de los blancos sudafricanos, conscientes de ser una minoría, era que los negros –a los cuales necesitaban como mano de obra– algún día se alzaran contra ellos y destruyeran su civilización. Por eso estaban dispuestos a vivir tras vallas, protegidos por las armas de un régimen autoritario, esperando que los negros nunca osaran cruzarlas, y confiando que, si lo hacían, los matarían o los detendrían. Más de tres décadas después de la caída de aquel régimen, reforzar el apartheid es la opción política más atractiva para millones de occidentales: no podemos vivir sin consumir los recursos naturales de los africanos, pero exigimos que los africanos no vengan, y que alguien los frene.
Para garantizar la paz social, Mandela no llevó a cabo buena parte del programa electoral con el que había ganado las elecciones. El resultado es palpable hoy: los blancos, que representan el 7% de la población, controlan más del 73% de las tierras agrícolas. Las políticas del Congreso Nacional Africano (ANC), el partido del gobierno, favorecieron la creación de una clase empresarial negra, con acceso a concesiones de recursos mineros y a contratos públicos. Algunos se hicieron millonarios, mientras los sudafricanos pobres seguían viviendo en asentamientos urbanos precarios. Con la salida de Mandela de la presidencia después de un solo mandato, su partido se dedicó al clientelismo mientras descuidaba la gestión y el mantenimiento de infraestructuras clave. El ANC, que hace treinta y dos años que está en el poder, ya no tiene la mayoría absoluta en un país que sufre cortes de electricidad de forma crónica.
Con un 33% de paro que se dispara hasta el 60% para los más jóvenes, los episodios de persecución contra los migrantes africanos se han convertido en el deporte preferido de una parte, muy movilizada, de los sudafricanos. Incapaces de revertir la injusticia histórica del reparto de tierras, muchos sudafricanos negros se ceban con los trabajadores, tenderos o personal médico de Zimbabue, Somalia o Nigeria. Algunos países africanos ya organizan vuelos de repatriación de sus ciudadanos.
El mito del perdón de Mandela –según el cual su ejemplo había servido para que los sudafricanos crearan una nueva nación basada en el respeto a la diversidad– se derrumba a marchas forzadas. Es la última lección de Sudáfrica para el mundo: muchos oprimidos, rendidos a los sistemas que no pueden derrocar, piensan que ser verdugo contra los más débiles les devolverá la felicidad que les corresponde.