Covid
Internacional  /  China 02/10/2022

"Desinfectan el suelo que pisamos": crónica de una llegada a la China más paranoica

La política de covid cero convierte la entrada en el país en una carrera de obstáculos que anula la libertad de movimientos

4 min
Una trabajadora con equipo de protección a un punto de tests de covid  en Pekín

PekínEl código de salud de Pekín no se pone verde hasta el 30 de septiembre, al final de la última semana de cuarentena añadida por sorpresa y después de acumular 14 PCR negativas en 19 días. Así acaba un largo viaje de vuelta a China, una carrera de obstáculos que tiene mucho más que ver con controles administrativos que con medidas reales de prevención sanitaria.

China ha convertido su estrategia de covid cero en una directriz política incuestionable. La llegada de la variante ómicron ha puesto en evidencia medidas que son discutibles por su efectividad médica y van en contra del bienestar de la población, como por ejemplo las largas cuarentenas. Aún así, son aplicadas con celo por los funcionarios ante el miedo de sufrir represalias si los contagios se extienden a su demarcación.

Desde que empezó la pandemia, viajar a China es una misión casi imposible. El gobierno cerró las fronteras en marzo de 2020, incluso para los residentes. A lo largo de estos dos años, Pekín ha ido relajando los requisitos de entrada, pero el país sigue cerrado a los turistas. Y toda persona que llega a China –la mayoría chinos residentes en el extranjero– sabe que tendrá que hacer una cuarentena obligatoria.

Pero no es el único problema. El primer condicionante son los vuelos. Con China cerrada, hay pocos, los precios son caros y los anulan bastante a menudo. Para subir al avión es necesario un código verde de la embajada china en España autorizando el viaje. Para obtenerlo, hay que presentar certificado de vacunación y dos PCRs negativas realizadas en las 48 y 24 horas antes del vuelo y en laboratorios diferentes.

Vuelos internacionales fuera de Pekín

Superados los obstáculos, consigo llegar a Tianjin, a unos 150 km de la capital, puesto que desde el inicio de la pandemia los vuelos internacionales son desviados a otras ciudades y no aterrizan en Pekín. En el aeropuerto te hacen una prueba PCR y te tienes que registrar en una serie de aplicaciones de móvil para controlar de dónde vienes y el destino final dentro del país. El rastreo por big data en China es exhaustivo.

A partir de aquí, pierdes el control sobre tu vida: te hacen subir a un autobús después de rociar las maletas con desinfectante y solo sabes que vas a un hotel de cuarentena, pero no a qué. No se puede elegir. En mi caso, el viaje duró más de dos horas. Y aquí es donde empieza a ser evidente que las decisiones administrativas se imponen a las sanitarias. Cuesta creer que no se pueda encontrar un hotel más cerca, en un país cerrado al turismo. Tampoco se entiende que familias con niños pequeños o una anciana en silla de ruedas sean sometidos a este largo viaje, después de las doce horas de avión.

Llegados ale hotel, en un antiguo complejo turístico en las montañas, nos recibe personal enfundado en trajes EPI que nos tratan como si fuéramos altamente contagiosos. Los protocolos rozan el ridículo: el registro en el hotel se hace individualmente, las parejas no pueden compartir habitación. El ascensor tampoco se puede compartir y cada vez que sube un viajero, es escrupulosamente desinfectado. Al llegar a tu planta una persona, evidentemente atascada en su EPI, te acompaña hasta tu habitación desinfectando el suelo que pisas. El mismo proceso se hará a la salida. China sigue manteniendo que el covid-19 se puede contagiar por el contacto con superficies, a pesar de que la Organización Mundial de la Salud considera que es una posibilidad remota.

Una vez aislada en la habitación, la puerta solo se abrirá para recoger las tres comidas diarias, momento en el que hay que aprovechar para sacar la basura. Casi cada día nos hacen una prueba PCR y nos controlan la temperatura. Afortunadamente, China ha reducido la duración de la cuarentena a siete días en el centro de cuarentena y tres más en casa, si el comité del barrio lo autoriza. Pero a la hora de aplicar la decisión sanitaria nos encontramos con las medidas administrativas. En Pekín exigen los 10 días de confinamiento. Los afortunados que tienen su destino en otras provincias pueden salir a los siete días, pero entonces aparece un nuevo problema: el transporte.

Una semana más

La presión para mantener a cero los casos de covid, especialmente antes de las fiestas del 1 de octubre y del Congreso del Partido Comunista, provoca que los funcionarios extremen las medidas para reducir los viajes. Por eso se cancelan vuelos y se impide la compra de billetes con origen a zonas donde hay contagios. Hay viajeros que tienen que prolongar la cuarentena mientras esperan el billete.

Y durante el confinamiento, un nuevo cambio: me advierten de que en Pekín tendré que sumar una semana más de cuarentena domiciliaria, precisamente por venir desde Tianjin, donde hay un pequeño brote. No sirve de nada explicar que hemos estado encerrados en cuarentena y no hemos pisado la ciudad.

En el control de autopista para entrar en Pekín, la policía llama a la comunidad de mi barrio para avisar de la llegada. En el móvil, el código de salud señala que vengo de una zona de riesgo (Tianjin ha registrado una cincuentena de casos diarios durante un par de semanas). Al final, acabo encerrada en mi casa con un sensor de movimientos en la puerta del piso. Tengo que avisar cada vez que la abro para recoger la compra o sacar la basura. También cuelgan un papel en la puerta para advertir a los vecinos de que es un piso en cuarentena. Y unos sanitarios aparecen cada dos días para hacer más pruebas PCR. Al séptimo día, el deseado código de salud se vuelve verde y recupero la libertad después de un largo viaje que parece diseñado para desincentivar al máximo la llegada a China.

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