Internacional 08/08/2021

El descenso a los infiernos de Bielorrusia

Un año después de los comicios, Lukashenko ha optado por la represión más oscura para mantenerse en el poder

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El presidente bielorruso , Alexander Lukaixenko, en una imagen reciente.

BarcelonaHoras después de observar, desde un helicóptero, una de las multitudinarias manifestaciones que se repitieron en agosto del año pasado en la ciudad de Minsk, Alexandr Lukashenko llegaba al palacio presidencial. Lo hacía vestido de oscuro, con un chaleco antibalas y con un kalashnikov en la mano. Antes de entrar en el edificio, se dirigió a los policías antidisturbios que rodeaban las vallas del palacio para protegerlo. “No sufráis, nos ocuparemos de ellos”, les repetía en referencia a las miles de personas que llevaban días movilizándose en contra de los resultados de las elecciones del 9 de agosto, que dieron al mandatario una victoria agobiante gracias a un denunciado fraude electoral. A Lukashenko se le veía desafiante, molesto. Pero solo era el principio: en los días siguientes pasaría a ser habitual que el presidente se refiriera a esta parte de la ciudadanía, que pedía unos nuevos comicios y su dimisión, como “ratas”.

Eran los primeros episodios de un año que, para Bielorrusia, ha supuesto un descenso a los infiernos de la represión. Calificado por la administración de George Bush como “el último dictador de Europa”, Alexandr Lukashenko, de 66 años, ha mostrado al mundo hasta donde está dispuesto a llegar para mantenerse en la silla del poder, que ocupa desde 1994, hace 27 años. El presidente “nostálgico de la URSS” –tal como admitió hace unos años en un discurso ante el parlamento ruso– ha implementado y afilado un régimen del terror, que ha perseguido sin miramientos cualquier forma de disidencia. ¿El resultado? Todos los políticos opositores encarcelados o exiliados, como mínimo 40.000 ciudadanos detenidos, torturas y abusos policiales, y buena parte de los medios de comunicación independientes clausurados. Son solo algunos ejemplos.

Después hay otros más concretos y draconianos. Como desviar un avión comercial de Ryanair, que viajaba desde Atenas a Vilna, para que aterrizara en Minsk para detener a un opositor. O como el de la velocista bielorrusa que se ha refugiado en Polonia después de ser obligada a volver de los Juegos Olímpicos por haber criticado el Comité Olímpico Bielorruso, dirigido por Víktor Lukashenko, hijo del mandatario. “Hablé con mi abuela, me dijo que no volviera. En Bielorrusia todo el mundo tiene miedo, y yo temo por mi seguridad si vuelvo”, decía esta semana la atleta Kristsina Tsimanuskaia después de protagonizar un caso que evoca estampas de la Guerra Fría.

Carme Claudín, investigadora sénior asociada al Cidob, asegura que en el país ha habido un cambio básico:  “Es cierto que los bielorrusos ya vivían en un estado policial, en un estado represor contrario a cualquier estado democrático, pero nunca habían visto estos niveles de represión”. No es la única novedad que hemos visto durante este año. Lukashenko, tal como recalca la opositora exiliada Svetlana Tijanóvskaya en una entrevista en este diario, también ha demostrado que sus tentáculos pueden alargarse más allá de las fronteras bielorrusas. El mandatario, siguiendo un discurso similar al de su amigo Vladímir Putin –con quien ha llegado a compartir partidas de hockey sobre hielo, una de sus grandes pasiones–, siempre ha prometido cazar a sus enemigos allí donde estén. El problema es que ahora tiene muchos más que hace un año –al menos declarados– y que la mayoría han tenido que huir del país y están esparcidos en la diáspora, mayoritariamente en estados de la Unión Europea. 

A pesar de esto, la muerte esta semana en circunstancias extrañas de un ciudadano bielorruso en Kiev refuerza la tesis de que el gobierno bielorruso tiene los recursos y las herramientas para llegar lejos. El chico, de 26 años, era el director de un grupo de apoyo a refugiados bielorrusos establecidos en la vecina Ucrania y apareció colgado de un árbol en un parque, después de llevar días desaparecido. Su familia está convencida de que no se suicidó y que detrás está la mano negra de Minsk. 

Enfrentado a la UE

Mientras tanto, la posición geoestratégica de su país también le lleva ciertos beneficios. En las últimas semanas, Lukashenko ha hecho de la inmigración irregular una arma política contra la Unión Europea y, especialmente contra Lituania, país que ha acogido buena parte de los políticos opositores exiliados. El 28 de mayo, tres días después de que la UE aprobara sancionar al régimen bielorruso por el incidente con el avión de Ryanair, el mandatario decía: “Antes parábamos drogas y migrantes. Ahora os los comeréis vosotros y los tendréis que atrapar a solas”. Días después se reafirmaba: “No retendremos nadie. Al fin y al cabo, no somos su destino: van hacia la ilustrada, cálida y acogedora Europa”. Minsk ha relajado los controles en la frontera lituana y parece que incluso ha incentivado la entrada de personas, trayéndolas expresamente desde terceros países, sobre todo Irak y Afganistán. Y Lituania está registrando cifras récord: durante julio se detuvieron a lo largo de la frontera 2.366 personas, mientras que un mes antes este número era de 473 y la cifra total del año 2020 fue de 81.

A principios de julio, y después de la ola de sanciones contra Minsk desde Bruselas, Vladímir Putin tenía un mensaje para su amigo Lukashenko. Después de criticar la posición de la UE, el hombre fuerte del Kremlin dijo: “Continuaremos dando todo tipo de asistencia a la hermana Bielorrusia y a su pueblo. (...) Continuemos siendo, no solo unos buenos vecinos, sino su mejor aliado”. Y es aquí donde está una de las claves de la cuestión, tal como recuerda Claudín: "Minsk solo tiene un aliado, que es Rusia. Ninguno más. Y el día que el Kremlin deje de apoyar a Lukashenko, Lukashenko se irá fuera”. Hoy por hoy, sin embargo, no parece que esto esté previsto. 

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