Bielorrusia

Bienvenidos a Bielorrusia: así sobrevive la última dictadura de Europa

Lukashenko se aferra a la represión y a la alianza con Rusia para mantener un poder que ya se alarga más de tres décadas

Plaza de la Victoria en Minsk, Bielorrusia/ REUTERS/Vladimir Nikolsky
A. M.
22/04/2026
5 min

La bienvenida a la llamada "última dictadura de Europa" no es cálida. En la frontera, en una sala que parece un decorado de la Guerra Fría, una cámara graba el interrogatorio que me hace un militar bielorruso.–¿Qué vienes a hacer, a Bielorrusia? –pregunta.–Turismo –digo. Soy la última de los cuatro extranjeros del autobús que va de Varsovia hasta Brest a ser entrevistada.El militar remueve mi teléfono sin dejarme ver la pantalla, pero más tarde sabré que ha mirado mis interacciones en las redes sociales, las fotografías eliminadas y la agenda de contactos. Me pregunta por el trabajo y los estudios, por el interés en el país. Las preguntas no son exhaustivas. La entrevista es un mensaje: una vez dentro del país, el control lo tienen ellos.Desde las protestas de 2020, la estabilidad del régimen de Aleksandr Lukashenko pende de un hilo. A pesar de la violenta represión de la oposición, el temor a otro movimiento de protesta, organizado desde el exilio, persiste. A la tensión política se añaden las críticas y las sanciones a raíz de la invasión rusa de Ucrania en 2022, a la que Bielorrusia ha dado su apoyo. El régimen no espera que los extranjeros estén a su favor, pero quiere disuadirlos de ser impulsores o participantes de cualquier revuelta interna. –¿Conoces a alguien de Ucrania?–Sí, un antiguo compañero de clase.–¿Y vive ahí?–No, vive en Bélgica. Hace mucho que no hablo con él.Los vínculos con personas ucranianas o con miembros de la diáspora bielorrusa son fuente de sospecha. Unos segundos después, el militar me muestra, en mi pantalla, un contacto de nombre eslavo. Es mi conocido. No me hace más preguntas, pero ya ha sembrado la intranquilidad sobre mi privacidad dentro del país. Me devuelve el móvil y el pasaporte sellado. "Todo bien", dice, y atravieso la barrera hacia Bielorrusia.Una vez dentro, la vigilancia parece inexistente: nadie controlará a dónde vamos ni con quién hablamos.Para mantenerse en el poder durante tres décadas, Aleksandr Lukashenko ha hecho más que servirse de la violencia. Con sus aliados, ha creado una máquina propagandística que le permite dominar el discurso y las opiniones y luchar contra ideas e influencias externas. No les hace falta implementar una censura total, pero sí controlar cómo se interpreta la información.Salvador de la patria

En enero, Lukashenko se aseguraba la presidencia con su séptima victoria electoral, con un 86% de los votos, en unas elecciones que todos los observadores internacionales han denunciado como manipuladas. “A mí me eligen los bielorrusos –decía Lukashenko en una entrevista–. Para mí es importante cómo me ve mi gente, no si fuera me consideran legítimo”. Lo importante es controlar la narrativa interna, donde ha surgido la resistencia real.Desde el colapso de la URSS, el nombre de Lukaixenko es inseparable del de Bielorrusia. El presidente define el país y es el centro gravitacional. Pero el culto a la personalidad de Lukaixenko es sutil. No tiene monumentos ni ocupa más tiempo en las noticias que otros jefes de estado. En Bielorrusia, cada plaza tiene una estatua de Lenin, pero no hay rastro del líder actual. Su culto está relacionado con una omnipresencia más refinada.Sus seguidores lo llaman batka (padre en bielorruso) y lo describen como un líder reconciliador y salvador de la patria. Lukashenko, dicen, ha guiado Bielorrusia desde la infancia, la crisis de los 90, hasta la prosperidad. Su gobierno heredó una economía soviética que había mejorado el estado del país y consiguió mantener un crecimiento moderado hasta 2020. El relativo éxito económico no solo ha hecho popular a Lukashenko, sino que lo ha hecho querido.

Aleksandr Lukashenko (centro) con Vladímir Putin el 12 de abril.

Los medios, mayoritariamente de propiedad estatal, lo veneran. La adoración se enseña desde muy pequeños. En la sección infantil de las librerías hay títulos como Para los niños, Sobre las elecciones o Sobre la Constitución, con Lukashenko como creador y defensor máximo. El capítulo sobre la historia de la democracia bielorrusa empieza y acaba con su fotografía, tanto en el libro como en la vida real.Las elecciones de 1994 fueron las primeras y las últimas elecciones libres en el país. Desde entonces, Bielorrusia es una dictadura. Este mensaje llega a los ciudadanos bielorrusos por internet, pero la propaganda también trabaja para contrarrestarlo, sobre todo en Telegram. El tono de reacción es sarcástico: “Claro que tenemos una dictadura: la dictadura del bienestar, de la defensa de los bielorrusos”.Represión para mantener el poder

Cualquier crítica es desacreditada, sobre todo las extranjeras. El diario Minskaya Pravda publicaba que Reporteros Sin Fronteras sitúa Bielorrusia en el 166º lugar en libertad de prensa. “Qué sorpresa –dice el diario–. Una organización financiada secretamente por Francia nos pone al final del ranking, y, en cambio, sitúa Ucrania bien arriba”. El mensaje es claro: Occidente está en su contra y ninguna información de fuera es creíble.Supuestos financiaciones secretos extranjeros también han justificado el cierre de más de 270 ONG por ser “contrarias a los intereses nacionales”. Con el mismo argumento se ha encarcelado a los participantes de las protestas del 2020. Actualmente, más de 1.300 prisioneros políticos están en colonias penales, juzgados como espías o agresores. La propaganda considera a los defensores de la democracia enemigos del pueblo y la libertad, y súbditos de la Unión Europea. No se ven como opositores políticos, sino como agresores que quieren destruir el país y convertirlo en una marioneta de Occidente. La represión interna no es secreta y funciona como arma de disuasión, pero ha cerrado las puertas de Europa. La lucha se extiende hasta los símbolos oficiales. En 2025 se cumplirá el trigésimo aniversario del referéndum que puso a votación el diseño de la bandera, heredada de la URSS. El verde y el rojo son omnipresentes en las calles, desde los edificios de Minsk hasta las rotondas de los pueblos.Un satélite de Rusia?

Lo cierto es que la alianza de Bielorrusia con Rusia es, a la vez, una necesidad y un obstáculo para tener una mejor relación con sus otros vecinos. El presidente bielorruso no puede, ni quiere, romper la relación con Putin. Sin los subsidios al petróleo y al gas, el apoyo diplomático y la ayuda para mantener la estabilidad interna, su régimen colgaría de un hilo. A cambio, Lukashenko adopta el relato del Kremlin sobre el auge del fascismo en la Unión Europea, sobre la “operación militar especial” y sobre Ucrania como marioneta de Occidente. Durante la guerra, ha permitido a Rusia transportar armas y soldados hacia Kiev a través de su territorio, aunque no ha involucrado al ejército bielorruso directamente. Ahora bien, el dirigente no duda en rechazar una posible fusión con Rusia: “Somos dos países independientes dentro de una unión”.

Tanques rusos en Bielorrusia en una imagen del principio de la invasión de Ucrania.

La soberanía de Bielorrusia es la garantía de la existencia del régimen de Lukashenko y de su posición de poder. Por eso no duda en lanzar amenazas. “Solo que una bota cruce nuestra frontera –anunciaba a su gente antes del desfile militar del Día de la Victoria– la respuesta será rápida como un relámpago”. Lukashenko hablaba con un micrófono, enfundado en el uniforme militar. Recordaba que tiene al alcance “algo que puede infligir daños irreparables”: las armas nucleares rusas almacenadas en el país.En Bielorrusia, Lukashenko no es solo el líder, sino que también es el padre protector de la patria y su máximo impulsor. Fue clave para la supervivencia en el pasado y es necesario para construir el futuro. Pero, para mantenerse en el poder, el presidente ha tapado los ojos del país con un lazo verde y rojo que no deja ver más allá. Y cada año lo aprieta un poco más. Pero no parece que pueda estirar mucho más la tela sin rasgarla, y no paran de aparecer fisuras después de tres décadas de tensión.

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