Internacional 24/01/2022

Irak: el país de los dos grandes ríos se queda sin agua

Irak, regado por el Tigris y el Éufrates, se muere de sed. La extrema sequía provocada por la crisis climática, la falta de infraestructuras debido a décadas de inestabilidad y las políticas hidrográficas de países como Turquía e Irán están generando una crisis de acceso al agua sin precedentes en la antigua Mesopotamia que afecta a millones de personas

David Meseguer
10 min
Moltes labradores de la zona del lago Hamrín lo han ido abandonando a medida que los niveles de agua han ido decreciente

IraqPara Fátima Awad, las bombas del Estado Islámico y la sequía tienen el mismo poder destructivo. Mientras que un ataque del grupo extremista casi mató a dos de sus hijas y forzó a la familia a desplazarse, la escasez de agua causada por el cambio climático amenaza de muerte a su ganado y sus cultivos, la principal fuente de subsistencia de miles de iraquíes que viven alrededor del lago Hamrín, situado 135 kilómetros al nordeste de Bagdad.

“No recuerdo un periodo como este de tantos meses sin lluvia. Si la situación continúa así, morirán todos los animales. Sin agua tampoco podemos cultivar absolutamente nada”, explica esta mujer de 60 años, que viste una abaya y un hijab negros mientras prepara el forraje para tres vacas hambrientas que hay en el establo situado en el patio interior de su casa. Viuda y matriarca de una familia de la región de Diyala, Fátima teme ahora que la extrema sequía los fuerce a un segundo desplazamiento solo siete años después de que Daesh atacara la cercanía del lago Hamrín y destruyera el hogar familiar. Una acción yihadista en la que dos hijas suyas resultaron gravemente heridas por la metralla de un obús.

“Huimos hasta que las autoridades expulsaron al Estado Islámico y dijeron que era seguro volver. Tuvimos que reconstruirlo a pesar de comprar animales para empezar de nuevo”, recuerda Fátima con un hilo de voz que denota agotamiento. Las consecuencias del ataque al que hace referencia son todavía muy visibles en las ennegrecidas baldosas que cubren el suelo del hogar y que algún día fueron blancas, así como en el estado físico de sus hijas, que requieren medicación y cuidados constantes.

“La sequía nos ha sumido en la miseria absoluta y no tenemos dinero para hospitalizar a mi hija pequeña, la más afectada. No hay ningún otro remedio que tenerla aquí en casa y hacerme cargo de ella”, señala Fátima desde el salón donde, junto a dos viejas butacas forradas de color verde, está la cama sobre el que yace tumbada Zakia, de 27 años. “No puede moverse ni levantarse. Por eso está conectada a una sonda que tengo que revisar y vaciar constantemente”, explica con resignación una madre que, además, tiene que ejercer de enfermera, ama de casa y agricultora.

Zona cero de la crisis climática

Como Fátima, siete millones de personas en Irak están en riesgo de desplazamiento porque han dejado de tener acceso al agua, los alimentos y la electricidad debido a la extrema sequía. Son datos aportados por Alan al-Jaff, portavoz del programa de ayuda humanitaria de Oxfam Intermón en territorio iraquí. “Estamos muy preocupados por el impacto que esta situación tendrá sobre los agricultores y otros colectivos especialmente vulnerables, como las mujeres. También nos preocupan los iraquíes ya desplazados y que viven en condiciones precarias a raíz del conflicto con el Estado Islámico”, indica Al-Jaff.

Fadhili Hamad, un agricultor de 34 años de la provincia de Diyala, muestra el estado en el que ha quedado la cosecha de uva. Los agricultores locales no recuerdan un periodo de sequía tan prolongado como el actual

Una grave afectación climática que también recoge el informe GEO-6 publicado por la Oficina de Medio Ambiente de las Naciones Unidas, según el que “Irak está clasificado como el quinto país más vulnerable del mundo en cuanto a la disponibilidad de agua y de alimentos, y a las temperaturas extremas”. El mismo estudio indica que estos efectos derivados del calentamiento global impactarán negativamente en la seguridad alimentaria, hídrica y sanitaria de los iraquíes, así como en la estabilidad social del país.

Ahmed Askety, un agricultor de 51 años que también vive al lado del lago Hamrín, en la provincia de Diyala, tampoco recuerda una sequía tan larga en las tres décadas que hace que se dedica a la agricultura. Vestido con una larga túnica de color blanco y una kufia -el tradicional pañuelo de origen palestino- con ornamentos negros para protegerse del sol, dice que es la primera vez en su vida que el calor y la falta de agua están matando al ganado en su pueblo, cosa que afecta a los ingresos y hace que la gente pase hambre. El último verano Irak superó los 51 grados, y la temperatura media ha aumentado casi 2,3 ºC desde finales del siglo XIX, el doble que la media global.

“Muchas ovejas han muerto deshidratadas. Sin lluvia y con el lago seco, la única fuente de agua son los pozos. El problema es que el agua del subsuelo tiene una gran concentración de sal y, por lo tanto, no podemos usarla para abeurar a los animales ni para cultivar nada”, explica este agricultor de frondoso bigote blanco, que ve resignado cómo las pocas vacas que tiene pueden correr la misma suerte. Desde el establo donde guarda el ganado, Ahmed señala que la crisis climática ha hecho insostenible la vida como agricultor. “Nadie esperaba esta ausencia de lluvia durante tantos meses seguidos. Si hubiera sabido que las cosas irían así, habría vendido las ovejas y habría buscado otro trabajo. A pesar de que tampoco los hay”, comenta abatido para después añadir: “Esta es nuestra tierra y aquí viviremos y moriremos”.

Zidan Mohamed pace las ovejas en medio de la sequedad de la riera de Karawkut.

Como cada mañana, Natiq Jassim abre la ventana de su casa y mira al cielo. Y como todas las mañanas de los últimos dos años y medio, lo único que ve en el horizonte son nubes de polvo. Este agricultor de poblada barba blanca, que no se separa de un largo bastón de madera, recuerda que es la primera vez desde que se dedica a la agricultura que ha tenido que guardar las semillas y los enseres para sembrar y labrar la tierra. “Heredé las tierras de mi abuelo y nunca habíamos sufrido una situación tan extrema como esta. Con los campos baldíos no sé de qué viviremos”, se lamenta este agricultor de 60 años, que lleva una indumentaria idéntica a la de Ahmed.

Sin tener posibilidad de plantar trigo ni verduras, los hijos de Natiq han tenido que abandonar Diyala y migrar hacia otra zona del país para trabajar como jornaleros. Mientras recorre sus campos totalmente desérticos flanqueados por palmeras datileras, el desnutrido agricultor reflexiona sobre el pasado y el futuro más inmediato. “Hace cinco años escapamos del horror de Daesh. Sin agua y sin ningún tipo de ayuda, no nos quedará más opción que volver a marcharnos”.

Totalmente dependientes de las reservas hídricas del lago Hamrín, el secado de este espacio surgido a partir de la construcción de una presa en 1981 en el curso del río Diyala ha puesto en una situación límite a miles de familias de la región. Con una superficie de 340 kilómetros cuadrados y una capacidad de 2.060 millones de metros cúbicos de agua, el lago había permitido hasta ahora que las comunidades locales vivieran de la pesca, el pastoreo y el cultivo de palmeras datileres, frutas y hortalizas. Unas actividades de subsistencia que los iraquíes de esta zona han ido abandonando forzosamente a medida que el agua ha ido desapareciendo, sobre todo este último año.

El agua, cuestión de estado

Más allá de la sequía y los efectos del calentamiento global, en el secado del lago Hamrín también ha influido de forma determinante la política hídrica de un estado vecino, Irán. Según el gobierno iraquí, Teherán ha construido una presa en el curso del río Alwand -afluente del río Diyala- antes de que atraviese las montañas que ejercen de frontera natural entre los dos países. Bagdad también acusa al régimen de los ayatolás de haber modificado el curso de algunos ríos para que sigan fluyendo dentro de territorio iraní. En relación con esta cuestión, Aun Dhyaib, consejero del ministro de Recursos Hídricos, denuncia desde su despacho en la capital iraquí que Irán ha alterado el rumbo de los ríos Karkheh y Karun, cosa que ha afectado notablemente a los humedales de Hawizeh y a los estuarios del Tigris y el Éufrates en su desembocadura en el golfo Arábigo -topónimo utilizado por los árabes en lugar de Pérsico.

Fátima Awad prepara el forraje, cada vez más escaso y caro, para el ganado

“No podemos obviar que los iraníes también están sufriendo la sequía, pero es inconcebible que cambien el rumbo de los ríos. El derecho internacional establece que los países tienen que repartirse los daños. No puede ser que todo el perjuicio recaiga sobre Irak”, esgrime este veterano tecnócrata que trabaja en el ministerio que gestiona el agua desde 1968. El funcionario defiende que los países vecinos tienen que respetar el principio de que los ríos no tienen fronteras políticas porque toda la población que vive en su cuenca desde el nacimiento hasta la desembocadura tiene derecho a hacer uso del agua. En este sentido, el gobierno iraquí también ha pedido a Ankara que reduzca la cantidad de proyectos hidrológicos y ejecute solo el 70% de los previstos a raíz del enorme impacto que están teniendo en la disminución del caudal del río Éufrates.

“En 1979 la ONU ya dictó una resolución sobre cómo se tienen que gestionar los recursos naturales compartidos por dos estados o más. El respeto por el derecho internacional es nuestra arma principal a la hora de negociar con los países vecinos. Como la respuesta no siempre es favorable, ya hemos presentado una solicitud para que nuestro ministerio de Asuntos Exteriores lo eleve al Tribunal Internacional de Justicia”, indica Aun Dhyaib. En cuanto a la judicialización de la gestión de los recursos hídricos, Bagdad remarca que se trata del último recurso si, finalmente, el diálogo directo con el país en cuestión fracasa y es imposible llegar a un acuerdo bilateral.

Desde el gobierno de Bagdad admiten que la debilidad del país a escala internacional afecta a su fuerza negociadora y, en consecuencia, su capacidad de influencia sobre los países vecinos es muy limitada. Una debilidad diplomática y una falta de infraestructuras hídricas que tienen el mismo origen: las cuatro décadas de inestabilidad y de conflicto que han afectado al país de manera ininterrumpida.

Desde el estallido de la guerra contra Irán en 1980 -se alargó hasta 1988-, Irak ha encadenado conflictos uno tras otro. En la Primera Guerra del Golfo, de 1991, en la que la coalición liderada por los Estados Unidos atacó a las fuerzas de Saddam Hussein después de la invasión iraquí de Kuwait, la sucedieron años de severas sanciones impuestas por las Naciones Unidas. La invasión liderada por los EE.UU. en 2003 fue el germen de una etapa de violencia sectaria e inestabilidad las consecuencias de la cual todavía sufre hoy en día el país, con el Estado Islámico como máximo exponente.

El consejero del ministro de Recursos Hídricos, Aun Dhyaib, reconoce que “en el país hay una gran falta de presas y de infraestructuras para el riego porque la continuada inestabilidad ha impedido a los sucesivos gobiernos ejecutar los planes diseñados para mejorar la capacidad hídrica”. Y, como ejemplo, cita la presa de Bekhme, situada 60 kilómetros al norte de Irbil -la capital del Curdistán iraquí-, la construcción de la cual empezó en 1979 y se retomó a finales de los 2000 después de décadas de parada.

El trigo depende de una lluvia inexistente

En Karawkut, 350 kilómetros al norte de Bagdad, la situación no es mucho mejor que en el lago Hamrín. La prolongada ausencia de precipitaciones en esta pequeña villa de mayoría curda de la provincia de Kirkuk estropeó la última cosecha de trigo. “Este año hemos vuelto a plantar trigo y, en función de lo que decida Alá, veremos qué pasa. Dependemos totalmente de la lluvia porque no tenemos ningún sistema de riego”, explica Soran Locman, un agricultor de 32 años que acaba de sembrar el cereal con su tractor.

El agricultor curdo señala que la imposibilidad de recolectar la última campaña supuso unas pérdidas de 20.000 dólares. “Si la cosecha de este año también va mal, tendremos que vendernos alguna propiedad. El coche, por ejemplo, para poder comprar semillas y plantarlas”, indica Soran, que el verano pasado dejó que el ganado paciera por su campo y se comiera el trigo a medio crecer por la extrema sequía. “La última cosecha fue en 2019 y fue decente. La proporción entre una tonelada plantada y el grano cosechado fue de 1 a 10. Económicamente salió rentable. Si no hay sequía, ningún problema”, comenta este agricultor, que lleva unos tradicionales pantalones curdos bombeados de color ocre.

La sequía ha provocado la pérdida de todas las cosechas y ha dejado los campos totalmente baldíos

A diez minutos en 4x4 del campo de cereales de Soran Locman, Omar Ali dibuja con un bastón sobre la tierra la disposición de los cultivos que antes los habitantes de Karawkut tenían junto a un riachuelo hasta que se secó hace tres años. En cuclillas, explica cómo él y sus vecinos acostumbraban a cultivar sandías, tomates o pepinos con el agua que brotaba de una fuente cercana y que canalizaban con una manguera para llevarla hasta los huertos “El riachuelo tenía metro y medio de ancho y 30 centímetros de profundidad e iba hasta Kirkuk. Ahora está completamente seco”, apunta para concluir la explicación sobre el dibujo y a continuación ponerse de pie.

Enfundado en un tradicional vestido curdo de color gris oscuro, a sus 54 años Omar recuerda cómo la campaña de Anfal llevada a cabo por el régimen de Saddam Hussein a finales de los 80 durante la guerra contra Irán -se estima que fueron asesinados 50.000 curdos- y, más recientemente, la sequía han hecho menguar notablemente la población de Karawkut. “En 1988 los ataques del ejército iraquí nos obligaron a abandonar nuestro pueblo. Solo algunos vecinos volvimos en 1991 después de la Primera Guerra del Golfo porque muchos se quedaron en las ciudades”, rememora mientras camina entre la sequedad de la riera y muestra algunos antiguos canales destruidos por el conflicto al que hace referencia.

Menos pastos, más enfermedades

De camino a la fuente de la que brota un hilo insignificante de agua, Omar se para junto a tres viejos árboles completamente secos flanqueados por varios cañizos y algunas hierbas que sobreviven gracias a la humedad generada por los acuíferos. “Antes era imposible tocar la rama de este árbol desde el suelo. Ahora puedo hacerlo por la acumulación de sedimentos. Debido a la sequía, se ha creado un manto de tierra que impide que el agua subterránea salga, y llueve tan poco que el agua que cae es insuficiente para apartar este manto y, por lo tanto, el agua subterránea no puede llegar a la superficie”, detalla Omar Ali. “Los países tecnológicamente más avanzados están provocando la falta de lluvia y nosotros somos los que estamos pagando el precio”, denuncia cuando se le pregunta por la crisis climática.

Omar, que tiene la ganadería como principal fuente de ingresos, ha citado a Zidan Mohammed, un pastor árabe originario de la provincia de Nínive y que tiene contratado desde hace una década, para que explique los efectos de la sequía sobre los animales. Arriba de un asno de color blanco, Zidan avanza lentamente con el rebaño de 400 ovejas a través de la seca riera de Karawkut. En las alforjas, llama la atención un kaláshnikov para asustar a los lobos que rondan por la zona y que debido a la falta de presas se han vuelto más agresivos.

“La ausencia de pasto provoca una gran falta de los nutrientes y las vitaminas que los animales necesitan. Por lo tanto, cuando hay sequía extrema los animales son mucho más vulnerables a todo tipo de infecciones y enfermedades”, señala este pastor de 33 años, padre de cuatro hijos a los que alimenta con un sueldo mensual de 600.000 dinares iraquíes, unos 400 euros. Zidan explica que en el pasado había pasto fresco en prácticamente cualquier rincón y que ahora tiene que recorrer largas distancias. “La vulnerabilidad de los animales es muy palpable. A veces, los hemos tenido que inyectar hasta 10 veces para desinfectarlos”, destaca el pastor, preocupado porque la sequía está afectando al nivel reproductivo de los animales y, en consecuencia, hay menos crías de cordero para vender.

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