Colchones donde debería haber pupitres: el regreso a la escuela en el Líbano en medio de la crisis de desplazados
Más de un millón de personas se han visto forzadas a marcharse de su casa el último año en el país, incluidos 390.000 niños
Sidón (Beirut)En una escuela pública de Sidón, el comienzo del curso no se parece al de otros años. Algunas aulas continúan ocupadas por familias desplazadas. Sus pertenencias caben en unas cuantas bolsas y los espacios donde se tendrían que colocar los pupitres continúan divididos en pequeños rincones para dormir. Más de un millón de personas fueron desplazadas durante las hostilidades de este año en el Líbano, entre los cuales había unos 390.000 niños, según Unicef. El organismo advierte, además, que 340 escuelas han quedado dañadas o destruidas, y han dejado a miles de alumnos en riesgo de empezar el curso sin un aula.
Para algunos niños, el problema es no tener todavía una casa a la que volver. Para otros, no poder pagar una matrícula, los libros, el uniforme o el transporte. En el sur del país, incluso decidir a qué escuela irá un niño depende de dónde podrá vivir la familia. Maya, de 16 años, todavía no sabe cuándo ni dónde continuará los estudios. Antes necesita saber dónde estará su familia de aquí a unos cuantos días.
Maya lleva tres años viendo cómo su educación se adapta a cada desplazamiento. Tras abandonar su pueblo a finales de 2023, siguió las clases a distancia. Después de la guerra de 66 días de 2024, volvió a estudiar en una escuela con aulas prefabricadas. Cuando la guerra volvió a estallar en marzo, huyó de nuevo. Terminó el último curso de secundaria a distancia, donde diez personas dormían en un aula. "No podía ni abrir un libro. Si quería leer, tenía que hacerme luz con el móvil", recuerda.
Ahora quería matricularse en un instituto de Nabatieh, pero los nuevos bombardeos alrededor de la ciudad y de la colina de Ali al-Taher han vuelto a dejar sus planes en suspenso. Su historia se repite en buena parte del sur. Durante la guerra, cientos de escuelas públicas fueron utilizadas como centros de acogida. Aunque la mayoría ha recuperado su función educativa, unas 80 todavía alojan familias desplazadas. Cerca de la mitad han sido evacuadas para preparar el regreso de los alumnos; alrededor de 30 tendrán que compatibilizar las clases con el alojamiento de desplazados y nueve continuarán funcionando como refugios.
El ministerio de Educación intenta encontrar una solución para cada centro. En algunas escuelas, las familias serán trasladadas a otros refugios. En otras, los alumnos serán enviados a centros situados en zonas más seguras o las clases continuarán a distancia porque también los profesores están desplazados.
Costes inasumibles
La seguridad no es la única barrera. Para muchas familias, volver a la escuela significa también hacer cuentas. Desde el comienzo de la crisis económica de 2019, la educación privada se ha encarecido de manera sostenida. Este año, las asociaciones de padres calculan nuevas subidas de entre el 15% y el 30%. Las matrículas de algunos centros oscilan entre los 1.700 y los 8.000 dólares al año, sin contar libros, material escolar, uniformes, transporte, comidas o actividades.
Para las familias desplazadas, el esfuerzo todavía es mayor. Después de meses o años pagando alquileres, reparando viviendas dañadas o viviendo sin ingresos estables, muchas han agotado sus ahorros. Algunas se endeudan para mantener a los hijos en la escuela. Otras los trasladan de centros privados a públicos. Ramia Eid tomó esta decisión después de años intentando mantener a sus hijos en un colegio privado. No lo hizo porque considerara mejor la escuela pública. Simplemente, ya no podía pagarla: "¿Qué podía hacer? ¿Dejarlos sin escuela?", explica.
El curso pasado, casi la mitad de los padres con hijos en escuelas públicas consultados en una encuesta aseguraron haberlos trasladado desde centros privados. Nueve de cada diez señalaron el coste como principal motivo.
En el sur, la elección entre escuela pública y privada se mezcla, además, con el miedo. Lamia, que es profesora, decidió sacar a sus dos hijas del colegio privado de Nabatieh y matricularlas en el instituto público donde ella misma enseña. “Si la guerra vuelve a empezar, estarán conmigo”, dice.
Pero tampoco la escuela pública ofrece siempre una solución sencilla. Los salarios de los profesores siguen muy por debajo de los niveles anteriores a la crisis y una parte importante de los docentes trabajan con contratos temporales. Las interrupciones de las clases han afectado durante años a un sistema que ya tenía recursos limitados.
En las escuelas convertidas en refugios, la educación a distancia tampoco resuelve el problema. Puede faltar conexión a internet o dispositivos suficientes. A veces hay un teléfono u ordenador para varios niños de una misma familia. Y después de años de desplazamientos, muchos alumnos arrastran un considerable retraso educativo.
Para los niños que todavía duermen en una escuela, la vuelta al colegio tiene una contradicción difícil de explicar. El edificio sigue siendo el refugio, pero también debería volver a ser el lugar donde aprenden.
En el sur, algunos directores preparan las aulas sin saber cuántos alumnos podrán llegar. Otros esperan todavía que les asignen otro edificio. Y algunas familias siguen esperando algo mucho más básico: saber si podrán volver a casa. Para miles de niños libaneses, este septiembre no se trata solo de empezar el curso, comprar libros o preparar la mochila. Se trata, ante todo, de volver a tener un lugar donde estudiar.