Dígitos y Androides

Contra los jardines digitales cerrados

La batalla por un internet abierto va más allá del debate sobre soberanía digital

Vista de la App Store de Apple
26/06/2026
5 min

Si existe el estándar Passbook para entradas de espectáculos y billetes de transporte, ¿por qué tan a menudo tengo que instalar en el móvil la aplicación del promotor del concierto o la de la compañía aérea para disponer del código QR que me permitirá entrar en un espectáculo o en un vuelo? ¿Por qué no puedo cargarlo directamente en la aplicación de cartera ("wallet) de mi teléfono? ¿Y si cualquier archivo de audio subido a una web es accesible con un reproductor de podcasts, por qué hay quien me obliga a escucharlos en Spotify? En el primer caso, la respuesta es que al hacerme instalar la aplicación, esta podrá capturar datos personales de mi teléfono y, además, intentar venderme entradas para otros espectáculos. En el segundo es que la plataforma proporciona al creador unas estadísticas de audición que no podría tener si descargo el audio y lo escucho en modo local. Lo que comparten los dos casos es que sirven de ejemplos del secuestro de la tecnología abierta de internet por parte de empresas con objetivos comerciales, un secuestro que algunos hace décadas que denunciamos y que, incluso, tiene nombre: "merdificació".

Peajes y jaulas

El aviso lo dio el mismo inventor de la web. En 1990 Tim Berners-Lee regaló la World Wide Web a la humanidad, sin patentes ni licencias. Veinte años después alertaba: "Cada sitio es un silo, separado del resto. Las páginas de tu sitio están en la web, pero tus datos ya no. Cuanto más entras, más atrapado te quedas". Este diagnóstico describe lo que hoy llamamos walled gardens, jardines cerrados: Meta (Facebook, Instagram, WhatsApp), YouTube, X y TikTok deciden qué ven miles de millones de personas mediante algoritmos opacos. Ejercen control editorial (qué contenido existe y quién lo ve), económico (comisiones y publicidad) y técnico (cierran cuando les parece).

El escritor canadiense Cory Doctorow, que acuñó el término merdificación, describe así el mecanismo: primero las plataformas tratan bien a los usuarios para capturarlos, después los maltratan en favor de los anunciantes y finalmente lo exprimen todo hasta convertir el servicio en "una pila de mierda". La App Store de Apple y Google Play son el ejemplo más visible: tiendas en exclusiva vinculadas a los sistemas operativos que cobran el 30% sobre las ventas digitales –un peaje de 150.000 millones de dólares en 2024–, aunque Android permite instalar aplicaciones directamente y la presión europea ha forzado a Apple a admitir tiendas alternativas. Grietas en el muro que la mayoría de usuarios nunca aprovechan.

Cuando el jardín cierra

El coste de depender de plataformas privadas se ve cuando cambian las reglas o, simplemente, desaparecen. MySpace perdió en 2019 más de 50 millones de canciones de 14 millones de artistas en una migración de servidores. Cuando Vine cerró en 2017, miles de creadores que habían construido allí su carrera se quedaron sin público de golpe. X (Twitter) suprimió en febrero de 2023 el acceso gratuito a su API, haciendo desaparecer aplicaciones independientes como Tweetbot y Twitterrific.

Además, hay un daño más sutil pero constante: la dependencia del algoritmo. Los usuarios de Instagram han visto caer en picado el alcance de sus publicaciones tras los cambios de 2024-2025, que priorizan el contenido "original" por encima de la relación con los seguidores. Ningún creador sabe por qué motivo su contenido es visible o invisible, ni cuándo las reglas volverán a cambiar. Construir tu audiencia sobre una plataforma ajena es jugártela mucho.

La fiebre actual por los bots de conversación de IA generativa añade una nueva modalidad de jardín cerrado, quizás la más inquietante. Cuando un usuario obtiene una respuesta de una IA, a menudo no llega a ver las fuentes originales, que sí aparecerían en unos resultados de búsqueda convencionales: la IA hace de filtro y de intermediario, y el usuario se acostumbra a conformarse con lo que ella le da. A esto se añade que la IA generativa ya se está contaminando de intereses comerciales y publicitarios, exactamente como pasó con las redes sociales: el mismo mecanismo de merdificación, pero con una nueva capa tecnológica encima.

La respuesta de la ley

Ante esto, la regulación ha avanzado, sobre todo en Europa. La digital markets act (DMA), vigente desde marzo de 2024, obliga a los gigantes digitales a permitir la interoperabilidad y a no favorecer los propios servicios, con multas de hasta el 10% de la facturación mundial. En abril de 2025 la Comisión impuso las primeras sanciones: 500 millones de euros a Apple y 200 millones a Meta. Pero a escala global más del 80% de las tecnologías e infraestructuras digitales europeas son importadas (informe Draghi, 2024). Por eso el informe EuroStack de la fundación Bertelsmann (febrero 2025), coordinado por Francesca Bria, propone movilizar 300.000 millones de euros en diez años para dejar de ser una "colonia digital". La regulación, sin embargo, no es suficiente: las multas se amortizan como coste del negocio.

Separar contenido e interfaz

La solución de fondo es técnica y cultural: volver a los orígenes. Si tus datos viven en formatos abiertos y bajo un dominio propio, ninguna empresa podrá secuestrarlos. La web abierta ya funciona así: HTML, CSS y, sobre todo, los feeds de sindicación (RSS) permiten seguir cualquier sitio sin intermediario. El problema es que el uso del RSS es cada vez más residual, lo que obliga al lector a delegar la elección a las redes sociales y sus algoritmos, que es exactamente lo que los jardines cerrados persiguen. Hay alternativas: el fediverso (Mastodon, Pixelfed, PeerTube), que conecta servidores independientes sin ninguna empresa en el centro; Bluesky, que permite elegir el algoritmo y llevarse la cuenta a otro proveedor, y el movimiento IndieWeb, que promueve publicar primero en tu sitio y usar las redes como simples altavoces.

El error más común de negocios y particulares es confundir presencia digital con tener un perfil en Instagram. Una plataforma privada puede reducir la visibilidad de tu contenido, suspenderte la cuenta sin previo aviso o hacer que deje de existir, sin que puedas hacer nada. La alternativa no exige grandes conocimientos técnicos: basta con registrar un dominio propio y vincularlo a una página mínima –que muchos registradores ofrecen gratuitamente, o a servicios como Jo.cat– donde hacer constar las redes donde te encuentran los clientes. El correo electrónico sigue la misma lógica: cualquier servidor puede hablar con cualquier otro gracias a estándares que ninguna empresa controla, a diferencia de WhatsApp y Telegram, donde los usuarios de un servicio no pueden escribir a los del otro y los datos quedan cerrados en los servidores de la empresa.

Una comodidad engañosa

Los jardines cerrados son cómodos, como lo eran AOL, CompuServe y el Servicom español en los años noventa. Pero, como advertía Berners-Lee, "estos jardines cerrados, por muy agradables que sean, nunca podrán competir en diversidad, riqueza e innovación con la web abierta". La separación entre contenido e interfaz es la condición para que internet vuelva a ser un espacio común y no un centro comercial privado.

Y no olvidemos que huir de la merdificación y del control de los gigantes digitales está a nuestro alcance. Nadie nos obliga a publicar nuestras fotografías en Instagram ni a usar WhatsApp. Hay alternativas abiertas, y elegirlas tiene consecuencias. Es una batalla jurídica y técnica, pero la decisión importante es la nuestra.

stats