22/07/2022

'92

5 min
Joan Rocamora, Pep Musté, Oriol Martí, David Martínez, Esteve Comellas, Jordi Bardina, Ramon Lopez y Ramón Piqué.

«La lucha contra el poder
es la lucha de la memoria contra el olvido»
Milan Kundera

Ayer, mientras hacía la cena, el 3/24 retransmitía en directo el acto institucional del 30.º aniversario de la inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona. Algunas palabras que se pronunciaron me hicieron recordar que, el lejano 1986, uno era uno más de los muchos alumnos que salimos de la escuela a la calle para celebrarlo, mientras los coches hacían sonar la bocina y la ciudad saltaba. Euforia en contagio, la maestra de mates había parado la clase para celebrarlo. Todavía lo recuerdo como si fuera ayer. Pero se ve que el tiempo voraz siempre pasa deprisa. Si la memoria no me falla del todo, ya corría el 1992 y apenas habíamos pasado de estudiar en barracones a inaugurar el IES Vila de Gràcia. Recibimos dos visitas distintas del poder político regente del momento –Pasqual Maragall y Jordi Pujol–. A Maragall recuerdo que le preguntamos, en una distendida conferencia, cómo era posible que un gobierno socialista dejara fuera a Marx del temario de filosofía de la Selectividad –y nos respondió con muchísimas apreciaciones defendiendo el legado marxiano. A Jordi Pujol lo recibimos en la calle con una pancarta que decía "Pujol, date cuenta: nuestro futuro, la justicia social". Una parte de la dirección de la escuela no quería que la protesta pasara dentro del instituto. Pero Pujol hizo de Pujol y, rompiendo el protocolo, se nos acercó magnéticamente, nos dio la razón y estuvo charlándonos media hora, incitándonos a formarnos mucho y mejor para lograrlo. Hoy, tres décadas después, el que se encuentra fuera de la filosofía ya no es Marx sino la filosofía entera. Y el futuro no ha sido la justicia social que reclamábamos, sino su antónimo.

La cuestión inminente –entonces juvenil y casi inocente– era que por fin llegaban las vacaciones. Era verano, pero de repente se hizo de noche. Por la mañana, carteles caseros anunciaban en el Mercat de la Llibertat –mira por dónde qué paradojas– que tres vecinos de la Vila de Gràcia habían sido detenidos de madrugada por la Guardia Civil por ser independentistas. Una semana después, lo que había era peor: carteles contra la tortura. Y un acto en el Palau de la Música. La memoria, dicen, conserva lo que merece ser salvado. Unos pocos –o unos muchos, no sabría decirlo– sí que podemos decir que aquello nos cambió pasado, presente y futuro. Digo pasado porque hurgamos para saber por qué pasaba aquello y aquello nos hizo dudar del futuro. Recuerdo salir a encartelar a media tarde porque hacerlo por la noche se había convertido en una odisea –policiaca–. Un día nos pararon dos agentes del CNP. Acabamos en comisaría. Venían de las Islas Canarias, eran muy jóvenes y no entendían ni pizca de catalán. Se quedaron los carteles. Mi recuerdo más olímpico continúa siendo este y es imborrable: que aquellos juegos históricos arrancaron entre veintitrés denuncias por torturas que quedaron impunes, una operación indiscriminada contra el independentismo, bolsas de asfixia y un juez especializado en mirar a otro lado y encantado de vernos en titulares de portada a cinco columnas. Nadie lo puede negar hoy –pero nadie lo rememoró ayer–. Treinta años después –con exiliados muy presentes– todavía el silencio. Podríamos añadir que esto es el otro '92. Pero tampoco: resulta que es el mismo. El precio –la factura– de la pax olímpica. Y sus pucherazos de especulación.

En total serían más de sesenta detenciones –y solo quince fueron juzgados, juzguen ustedes la razia–. Un 75% de los detenidos no fueron nunca ni procesados. El actual A por ellos anida lejos. Olímpicamente, se entró en el diario El Punt y en el semanario El Temps. Se canceló el programa L'Orquestra de Jordi Vendrell en Catalunya Ràdio por haber denunciado los maltratos. Salvador Alsius fue destituido del TN por haber osado pronunciar la palabra tortura. Una directora de El País se inventó, para sorpresa del redactor de la noticia, una pistola confiscada en la detención de Marcel Dalmau en Girona. Y cuando aquel pebetero se encendía –después de que eligieran poner Els segadors mientras Juan Carlos I entraba en el estadio para evitar el monumental silbido de 1989– había independentistas que dormían hacía semanas en Alcalá-Meco. Imposible olvidarlo. Años, muchos años después y como un bucle histórico, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos condenaba categóricamente el estado español por no haber investigado aquellas denuncias por torturas. Y obligaba a indemnizar a aquellos independentistas que sucumbieron por los desagües oscuros del Estado mientras el mundo nos miraba y nadie veía detenciones ni golpes ni maltratos ni persecución a la disidencia. O sea que el ‘92 es también y todavía esto: una clase cínica de ciencia política aplicada. También la primera visita en prisión a unos vecinos que había conocido a través de un cartel. Y dos juicios en la madriguera de la Audiencia Nacional. Y tres años de intensa correspondencia donde aprendí muchísimo, carta a carta, hasta que los dos últimos presos salieron de Brians un marzo de 1995. Aznar acababa de ganar las elecciones.

El tiempo, cantan los Berri Txarrak con acierto y dureza, es el único polígrafo disponible. Pero treinta años después ya se puede decir que el inventor de aquella cacería acabó zampado por la máquina que había inventado –Baltasar Garzón– y que el secretario de estado de Seguridad que comandaba el operativo, Rafael Vera, acabó condenado a siete años de prisión por los sobresueldos del caso Fondos Reservados. Que el director de la Guardia Civil Luis Roldán, que negaba toda tortura, acabó huyendo y, muchos años después, reconoció la práctica de la tortura cuando ya había caído en desgracia. "Hábiles interrogatorios", decía Montalbán. Y también que el exvicepresidente español del 92 que ayer se sentaba en el Saló de Cent, Narcís Serra, tuvo que dimitir por las escuchas del CESID al rey y después hundió Caixa Catalunya con un agujero negro de 12.000 millones de euros. El rey que presidía aquella ceremonia huyó y vive actualmente, como un rey, en Abu Dabi. Villarejo ya estaba entonces. Me da lo mismo. Pasan las modas y quedan los escombros. Y permanecen los otros nombres. Y la otra historia. Pósitos, raíces y fundamentos sólidos –mi 92– que nunca olvidaré de puro agradecimiento: Joan Rocamora, Pep Musté, Oriol Martí, David Martínez, Esteve Comellas, Jordi Bardina, Ramon Lopez, Ramón Piqué –y los que me dejo, que no son pocos–. Los de Brians. Los de Alcalá-Meco. Amigos para siempre. Treinta años antes, en las cartas carcelarias que nos intercambiábamos, no divisábamos ni de lejos que solo 17 años después habría la primera consulta en Arenys. Y que después vendría el 9-N. Y después el 1-O. Sea cuando sea, cuando me hablan del 92, lo que la memoria preserva es todo esto. Como proclama de futuro.

David Fernàndez es periodista y activista social
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