El agujero que cavan los adultos

Mirar el móvil cuando tú quieres y no cuando el móvil te dice que lo mires.
11/01/2026
3 min

Corría en la cinta del gimnasio intentando no pensar en nada, pero la estampa me lo impedía: a la derecha, un hombre se afanaba por caminar en subida mientras pasaba un tiktok tras otro y reía vivamente; a la izquierda, una mujer prejubilada sonreía embobada ante la pantalla de la máquina de correr, en la que Santi Millán presentaba Factor X. A los ojos de ambos, una especie de hipnosis. Recordé entonces el último almuerzo que había compartido con gente, y cómo eran los mayores los que revisaban el teléfono cuando les avisaban las notificaciones o respondían las llamadas levantándose de mesa, como si nada. Recordé los últimos trayectos en el metro, en la línea azul que me vuelve a casa, y ese ejército de gente cansada, toda adulta, volviendo a casa como yo, asombrados ante vídeos vulgarísimos creados por la inteligencia artificial o informándose en portales de noticias falsas. ¿Quién lo diría, no? Quisiéramos que todos ellos fueran jóvenes maleducados, púberes aturdidos y groseros, muchachos incívicos, pero resulta que eran gente mayor, algunos con canas, personas de apariencia seria y respetable. Quien lo diría, realmente.

Hace tiempo que pienso en eso de acusar a los jóvenes de los males del mundo. Tendencia histórica, cierto, y más antigua que ir a pie. Lo entiendo: hemos aprendido que juventud es rebeldía, barra, descaro, también renovación, energía y vitalidad; madurez es saber estar, educación y formalidad, también prudencia, conocimiento y conciencia. Siempre se ha acusado a los jóvenes de corromper lo que funciona, de alterar lo que va bien y de hacer mucho ruido por nada. Pobres soñadores, ingenuos que no saben lo suficiente. También es cierto que en los últimos años han ensanchado esta falla: las nuevas tecnologías, internet, las pantallas y el lenguaje algorítmico han alejado aún más al mundo de los jóvenes del de los adultos, que quedan trenzados por un hilo frágil y precario de comprensión. A veces parece que habitamos dos realidades paralelas, lo que ha envalentonado las acusaciones a los jóvenes de pervertir el mundo humanista y pacífico que los mayores habían fundado. ¡Chicata del mundo, como se puede estar cargando todo tan rápido?!

Pero mientras corría en la cinta del gimnasio, mientras intentaba no perder la calma en esa comida o mientras volvía a casa rodeado de adultos adictos al teléfono, pensaba en todas las ocasiones que recriminar a los jóvenes de degradar los valores de un mundo ordenado ha servido para burlar la decadencia que los mayores militan sin darse cuenta. Ésta es la hipótesis. Y el ejemplo de las pantallas le ilustra muy bien. De hecho, no es sólo una sensación mía, joven (cada vez menos joven) enrabietado por ser la diana de todos los dardos, sino que hace pocos meses el diario The Economist publicaba un artículo titulado Meet the real screen adicts: the elderly, en la que exponía que estudios recientes demuestran que la gente mayor vive cada vez más a través de los teléfonos y que el tiempo libre, el aislamiento y la inmovilidad son la receta clave para un vicio que se multiplica. A esto se suma el hecho de tener menos barreras sociales que les impidan pasar tiempo en las pantallas (¿quizá habría que crear un "control parental" para los adultos?) y la poca conciencia de su adicción (los jóvenes hablamos de brain rotting para referirnos a la podredumbre del cerebro después de horas haciendo scroll: tenemos palabras para nombrar lo que nos pasa; los mayores, en cambio, no). El mercado todo esto lo sabe bien e inventa airpods que hacen de audífonos o sistemas que conectan los teléfonos con servicios de emergencia. El ocaso les ha llegado también a ellos.

Éste es sólo un ejemplo, sí. Hace apenas un año escribí sobre la extrema derecha y el mundo de los adultos, después de meses sintiendo que en las noticias se señalaba día y noche la radicalización de los chicos jóvenes, como si fueran sólo ellos los que han coronado a Vox en España o los que llevarán a Aliança Catalana a ser tercera fuerza en el Parlament. Como si fuera sólo cosa de los jóvenes la guerra abierta de Trump contra el mundo, la amenaza constante de Putin y esa espiral de miedo que no deja de crecer. Da igual cuál sea el motivo o de qué trate el asunto: existe la tendencia de utilizar a los jóvenes como jefe de turco de los males del mundo. Sin embargo, los estudios apuntan hacia otras direcciones. Al 2026 le pido esto: que sea el año de responsabilizar a los mayores de ese agujero que estamos cavando, del agujero que han dejado tan bien abierto para las generaciones futuras. A ver ellos cómo se defienden.

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