Botas de agua rojas
Apenas hemos empezado a generar los primeros recuerdos del año. Aquellos que en diciembre, que ahora queda distante, quizá nos vengan a la cabeza. Nos preguntaremos si son de este año o de más allá o mucho más lejos. Sobre todo si no formamos parte de ese grupo de gente que recuerda exactamente las fechas y los lugares como si cada vez los estuvieran viviendo de nuevo. Sobre todo si somos de aquellas personas que recordamos fechas absurdas y hechos minúsculos si es que la vida de cada uno de nosotros puede considerarse pequeña. En un diario se mezclan los hechos históricos con los hechos de historias personales. Pero, al fin y al cabo, todas las historias hacen la historia del mundo. Y aunque nos creamos que somos el centro, quizás habrá que preguntarlo a los volcanes o al Universo. Pero nuestra Historia, la de la humanidad, se cuenta con todos sus sesgos, y la que se ha explicado es tan subjetiva que si los que la vivieron nos la pudieran entonar al oído nos haríamos un harto de risa. Y de llorar. Como ocurre cuando escuchamos los recuerdos. Los ciertos y los que nos inventamos con el paso de los años. Ahora sabemos cuál es la medida del tiempo, pero cuando éramos jóvenes los días se hacían mucho más largos y nuestros objetivos, si los teníamos, estaban en un lugar tan remoto que no parecía posible atraparlos. Algunos todavía están allí. Esperándonos. Sin que nosotros les esperemos a ellos. Hemos dejado de querer unas cosas para querer otras. Es una suerte poder elegir los deseos.
Mucho de lo que ocurra durante este año nuevo será como vivir en un año antiguo porque seguimos deseando la paz y el amor que nunca reinan solos en el mundo. Y vete a saber qué es la paz y qué es el amor cuando todo se redefine una y otra vez. Y si no lo hacemos nosotros lo hará la IA, este monstruo de tantas cabezas que nos hace pensar y nos devolverá encendidos a todos. Cuando nos habíamos abandonado al algoritmo como conductor de nuestro destino, ahora deberemos adaptarnos a lo que nos ofrece la IA y que todavía no sabemos qué es. Pero como buenos humanos que somos, recelamos de lo que no conocemos haciendo acertado el dicho tan terrible de "vale más loco conocido que sabio por conocer". Estamos en una nueva era, pero las nuevas eras también se hacen viejas. Y a mí lo que me preocupa es la estafa de la baliza de tráfico. Que es como una estafa antigua. Cuando te hacen sentir imbécil da mucha rabia, sea el año que sea. No caduca. Ni la estafa ni la rabia. Las tomas de pelo no pasan de moda. Y aquí no hay injertos que valgan.
Hace tiempo que, cuando el mundo se me hace mayor, y pasa a menudo, me refugio en universos analógicos como el de los Mumines, unos personajes creados por la finlandesa Tove Jansson, que viven experiencias de todo tipo y se relacionan con otros muchos seres en un mundo imperfecto pero posible. Me gusta saber que "existen". Aunque construyan las casas torcidas y no rehuyan las contradicciones ni los problemas, existe un paisaje habitable, amable y generoso. Me tranquiliza leer sus historias. Porque, como explica la Dra. Alisia Grace Chase, profesora de historia del arte en la State University de Nueva York en un artículo que habla de la Tove Jansson, "la Mymble, uno de los alter ego de ficción de la autora, da un consejo a los que suelen inquietarse o angustiarse: «Témbate sobre un puente y contemple el agua como ocurre; o patollee en un pantano con sus botas de agua rojas. O bien, permanezca en casa, bien acurrucados, y escuche el martilleo de la lluvia sobre el tejado. Es muy fácil divertirse»".
Empieza un año nuevo. Espero que tenga sus Mumines particulares donde refugiarse. Vamos.