16/02/2021

Cuatro apuntes sobre el 14-F

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Primero. Tal como acabamos de comprobar, el “constitucionalismo” no existe. Miren, el llamado “constitucionalismo” es en realidad al añoro del statu quo de las postrimerías del franquismo, especialmente en el ámbito de la hegemonía cultural. Te podían dejar ver Terra d'escudella en TVE, escuchar las grabaciones de Edigsa y leer el Cavall Fort. Pero, más allá de eso, “Usted a mí me habla en español, ¿estamos?; ¿Qué pone en su DNI, eh?”. Etcétera. Los supuestos “constitucionalistas” del PP y Cs se han pasado en masa a su espacio natural, que no era otro que el de Vox (¡ojo: 217.883 votos!). Ya te imaginas cuán "constitucionalistas"... La Constitución del 78 siempre ha sido empleada como una excusa, como una elaborada coartada. Para muchos, también como una gran engañifa histórica. La Carta Magna ha sido percibida sistemáticamente como un parapeto, no como una apertura a la realidad plurinacional que la misma Constitución reconoce distinguiendo entre nacionalidades y regiones. Pero ahora las cartas ya están cara arriba. Por lo tanto, me disculparán si me echo una panzada de risa cuando alguien me vuelva a salir con esto del “constitucionalismo”. ¿O es que quizás se piensan que nacimos ayer?

Segundo. Afirmar que el PSC es equiparable al pseudoconstitucionalismo al cual nos acabamos de referir es injusto. Al PSC se le puede acusar de muchas cosas, y yo soy el primero que lo ha hecho, pero conviene no perder de vista que sin su apuesta por un municipalismo que al menos no fuera hostil a la lengua catalana, hoy este país sería otro. Los más jóvenes de la pandilla quizás no recuerdan como eran ciertos barrios del área metropolitana de Barcelona hace solo 40 años. Entonces no percibieron la normalización lingüística como una imposición, sino justamente como lo que era: una oportunidad. Sin el PSC, en la práctica totalidad de las grandes ciudades catalanas probablemente esto no habría pasado. Sus liaisons dangereuses con la mentalidad del 155, aun así, los acabaron colocando en un territorio extraño –¡qué habría pensado, Josep Pallach!–. La estulticia de algunos de sus líderes hizo el resto. Sea como fuere, ahora el mal ya está hecho, y lo están pagando carísimo. La fortaleza del independentismo, fortalecida en estos comicios, no ha sido ni siquiera arañada por "el efecto Illa". Parece que tendrían que tomar nota. 

Elecciones autonómicas. Votaciones en la Estació del Nord de Barcelona. Alberto Estévez / EFE

Tercero. El hiperliderazgo del eurodiputado Carles Puigdemont ha quedado en un incómodo tercer lugar, a 84.856 papeletas del PSC y 35.605 de ERC. No son una docena de votos, precisamente. Leyendo los comentarios de los lectores de ciertos diarios, sin embargo, se podría pensar que sacaron 136 diputados sobre 135. Todo ello refleja una distorsión de la realidad un poco preocupante. El domingo Puigdemont quiso adscribirse la victoria “del independentismo”. ¿De qué independentismo? Del que planteaba él no, evidentemente: ha quedado tercero. Ahora de líderes independentistas hay unos cuantos, y más que habrá. Si no estoy equivocado estamos en febrero del 2021, no en octubre del 2017. Hay cosas que no han cambiado, sin duda, pero otras sí, y muy profundamente. Sobre las difusas excusas a posteriori ya hablé la semana pasada. Sea como fuere, ahora ya hemos contado los votos, y son los que son. 

Cuarto. Es del todo probable que ERC tenga la responsabilidad de liderar la formación del gobierno. No será fácil, obviamente, pero tampoco más difícil que en otros contextos similares. Existe la salida cómoda de poner en marcha una estructura previsiblemente inestable, y detrás de un día viene otro. El precio de hacerlo es suficientemente conocido: recuerden el gran espectáculo diario del primer tripartito, el de Maragall. La raíz del problema suele ser siempre la misma: sumar peras y manzanas y después darse cuenta, con una falsa expresión de sorpresa, que el resultado final era, en realidad, una resta. Más allá del reparto de sillones, habitualmente truculento e incluso un poco sórdido, están las cuestiones de fondo que tarde o temprano aflorarán. En el caso de un formación modélicamente asamblearia como ERC, un partido fundado en 1931 (el próximo 19 de marzo celebrará 90 años), este tipo de turbulencias pueden tener consecuencias fatales en forma de escisión. Y ERC contabiliza ya unas cuántas... En definitiva, creo que antes de sentarse a firmar un acuerdo de gobierno, sea el que sea, les convendría primero sentarse solos, y con el móvil apagado. Digo esto del móvil porque el carácter cada vez más distorsionador e incluso delirante de las redes sociales se está transformando en el peor enemigo de toda política que no tenga como único horizonte las próximas 48 horas.

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