En los años setenta, una joven de Boston llegó a un pueblo indígena del oeste de México con un libro en la mochila, Our bodies, ourselves [Nuestros cuerpos, nosotras mismas], un manual para que las mujeres entendieran su propio cuerpo y pudieran decidir sobre su propia salud. Se llamaba Leslie Korn. En el pueblo comenzaron a encontrarse para compartir historias, preguntas y conocimientos prácticos sobre salud y bienestar. Y lo que había empezado como una enseñanza se convirtió enseguida en un intercambio.En una de aquellas reuniones, Korn vio cómo un hombre cortaba papayas verdes y esparcía la savia sobre carne cruda recién cortada. La savia contiene papaína, una enzima proteolítica que allí utilizaban para ablandar la carne, pero también para tratar heridas e infecciones. Una década después, ya en Harvard, Korn acabaría estudiando las enzimas proteolíticas en un laboratorio de farmacología. El mismo conocimiento con dos nombres: en el pueblo era costumbre; en Boston, ciencia.La cuestión no es si el saber es cierto –la papaína hace el mismo trabajo en los dos hemisferios–, sino quién tiene la autoridad para certificarlo y quién lo firma. Korn llegó a Harvard interesada por la salud comunitaria y la medicina indígena, cosas que entonces se consideraban excentricidades. No es casualidad que ambas sean territorios de mujeres. Buena parte de la medicina occidental se ha construido sobre un saber transmitido de manos en manos y de boca en oído –el de las comadronas, el de las curanderas, el de las cuidadoras–, que fue descalificado como superstición justamente cuando la profesión se formalizaba y que después ha ido reapareciendo, depurado y con bibliografía, dentro del canon. Este saber ha viajado casi siempre sin nombre de autora. Se cita el laboratorio que lo valida, no las manos que lo sostuvieron durante siglos.Podría pensarse que esto es arqueología. No lo es. Hoy la certificación pasa por los ensayos clínicos, por las revistas indexadas y, cada vez más, por las bases de datos que alimentan los algoritmos. Durante décadas las mujeres quedaron infrarrepresentadas en la investigación clínica y aún arrastramos las consecuencias. Tomamos un cuerpo, el masculino, como patrón y el resto se ha considerado como variación. Sin ir más lejos, esta semana hemos sabido que la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición publicó un informe con recomendaciones nutricionales para la menopausia en el que algunos valores de referencia –el hierro, la vitamina C– provenían de estudios hechos solo en hombres, sin ni siquiera advertirlo.Pero volvemos a Leslie Korn, que cincuenta años después de aquella primera estancia en México sigue viviendo y ejerciendo allí. Su conclusión es que la curación sucede allí donde se cruzan la cultura y la comunidad. Yo añadiría un aspecto más difícil de aceptar para nosotros, y es que la papaya no demuestra que la tradición siempre tenga razón, sino que el método debería empezar por escuchar a quien ya sabe. También cuando quien sabe no tiene despacho, ni publicaciones, ni proyectos de investigación.