Manifestantes durante la protesta del 15 de marzo en Serbia.
24/03/2025
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La profunda crisis de legitimidad política que exhibe el gobierno de Serbia puede empezar a pasar factura en breve a la ya débil influencia de la Unión Europea en los Balcanes Occidentales. ¿Qué credibilidad puede tener un proceso de adhesión a una UE que parece priorizar la estabilidad geopolítica por encima de los principios democráticos?

Cuatro meses de protestas, que han llegado a confluir en la manifestación más multitudinaria en la historia de Serbia, han ido acompañados de unos niveles de represión rampante: intimidaciones, atropellos de manifestantes, denuncias de utilización de cañones de sonido, falsos rumores de violencia la paralización del tráfico ferroviario en la víspera de la protesta... El Consejo de Europa reclama una investigación sobre los métodos utilizados por Aleksandar Vučić y el gobernante Partido Progresista Serbio (SNS) para intentar detener lo que califican de "revolución importada".

Los manifestantes son una mezcla de estudiantes, profesores, agricultores y residentes de Novi Sad, la segunda ciudad del país, en el norte de Serbia, donde el pasado 1 de noviembre se derrumbó la marquesina de hormigón de una estación de tren y mató a 15 personas. Desde entonces, las reclamaciones de responsabilidad por el desastre y las denuncias de corrupción y de amiguismo se han extendido por todo el país.

Pero el malestar social, al grito de "la corrupción mata", choca con los pilares de un sistema corrupto, con sus megáfonos comunicativos y con unos apoyos internacionales que aguantan impasible.

La cleptocracia de Serbia no es sólo un problema doméstico. Como explica el portal European Western Balkans, que monitoriza el proceso de adhesión a la Unión Europea, es un fenómeno transnacional apuntalado por tres factores interrelacionados: la captura del estado, con el Partido Progresista Serbio de Vučić como principal facilitador; la competencia geopolítica entre la UE, China y Rusia para ganar influencias locales; y la connivencia internacional, incluida la de algunos estados de la UE. Una resolución del Parlamento Europeo tras las elecciones de 2023 en Serbia reclamaba que se investigaran las denuncias de fraude y las irregularidades que afectaron a más del 20% de los colegios electorales. Pero no hubo consecuencias. Se miró hacia otro lado. Tal y como vuelve a suceder ahora, otra vez.

Pese a los llamamientos de la sociedad civil serbia para que la UE condene la violencia contra los manifestantes pacíficos, y la petición, sin éxito, de una treintena de eurodiputados de los grupos de los Verdes - Alianza Libre Europea, los socialdemócratas y los Liberales por carta a Ursula von der Leyen UE durante estos meses ha sido lamentable.

La misma Comisión Europea, que tan explícitamente apoyó a los georgianos que se manifestaron contra su gobierno corrupto, ahora mide sus declaraciones.

En las manifestaciones serbias no hay banderas europeas. De hecho, un 35% de los serbios todavía creen que su país nunca acabará entrando en la Unión.

Aunque las élites políticas de Belgrado siguen retóricamente comprometidas con la adhesión, y que la UE es el principal proveedor de asistencia financiera de Serbia y, de largo, el socio comercial más importante del país, el proceso de ampliación hace tiempo que ha perdido el impulso transformador.

Pero a pesar de que los informes periódicos de la Comisión muestran los pocos avances en las reformas democráticas y del estado de derecho de Serbia, la ampliación es hoy una cuestión de seguridad estratégica para la Unión. En julio pasado, la UE firmó un memorando de entendimiento con Belgrado que anunciaba una "asociación estratégica sobre materias primas sostenibles" y le garantizaba el acceso a las reservas de litio del valle de Jadar, en gran parte sin explotar por las protestas masivas de los ciudadanos que en 2021 lograron detener el proyecto.

En la opinión pública serbia se ha instalado, desde hace tiempo, un desencanto profundo con la Unión Europea. En parte, también, por la falta de coherencia entre los Estados miembros, que tienen agendas propias y en ocasiones contradictorias en los Balcanes. Vučić ha recibido estos meses mensajes de apoyo de Hungría, Eslovaquia y Moscú.

Pero si de verdad Bruselas está decidida a apostar por la ampliación de la Unión tendrá que dejar de hacer la vista gorda ante el deterioro de los estándares democráticos en Serbia. La llamada "estabilocracia", como llama Stefan Šipka, experto del European Policy Centre, no funciona, especialmente a largo plazo, si el precio es mantener regímenes corruptos que gobiernan en contra de su propia gente. Sobre todo porque la UE acabará integrando sus consecuencias.

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