El médico holandés Bernard Mandeville –traductor al inglés de las fábulas de La Fontaine– publicó en 1714 la sorprendente Fábula de las abejas, que es, probablemente, la alegoría política más original y famosa sobre una colmena. Se ha dicho de ella que es la más malvada e inteligente de todas. A mi parecer, es de lectura filosóficamente imprescindible precisamente porque nos fuerza a pensar a contracorriente.Comenzó siendo un largo poema titulado La colmena ruidosa o la redención de los bribones, publicado anónimamente en Londres en 1705. Conoció un éxito tan notable que el autor emprendió una segunda edición en un libro titulado La fábula de las abejas: o Vicios privados, beneficios públicos (1714). En 1729 apareció la séptima edición, aumentada. Su tesis es valiente: el origen de la moralidad y la felicidad son la inmoralidad y el vicio. Entonces, la universalización de la honradez sería la ruina de una sociedad próspera.La colmena de Mandeville es la próspera Inglaterra de inicios del XVIII, envidiada y temida por las naciones europeas por su laboriosidad eficiente. Pero al observarla de cerca, Mandeville vio que los individuos no trabajan motivados por el bien común, sino por el egoísmo. El bien común es el resultado de la conjunción involuntaria de la avidez egoísta, la vanidad, el lujo, la envidia, el vicio y la hipocresía individuales. Es decir, la prosperidad colectiva es la suma de parcialidades completamente ignorantes del bien común.El enjambre británico vive, ciertamente, en una acogedora y espaciosa colmena, en la tranquilidad y la abundancia. Sus leyes y sus ejércitos, su ciencia y su industria, son universalmente admiradas, y con razón. "Jamás conocieron las abejas un gobierno más sabio". Sus reyes no pueden causar ningún mal porque "su poder está sabiamente limitado por las leyes". Todo lo mejor que se pueda encontrar en otra sociedad, se encuentra entre estas abejas de forma excelente.Mandeville acerca más el foco crítico a la realidad fáctica y descubre que la nación está escindida en dos mitades. La primera se gana la vida con el sudor de la frente y su trabajo busca producir todo lo que pueda satisfacer a la otra mitad. Pero la voracidad de esta segunda mitad, que vive a costa del sudor de los ingenuos, es insaciable. Está integrada por arribistas, parásitos, jugadores, estafadores, falsificadores, tramposos, adivinos… y rufianes sofisticados, como los jurisconsultos, que, "solo atentos a cobrar sustanciosos honorarios, hacen todo lo posible por evitar que los litigios se solucionen con acuerdos". No se quedan muy atrás los médicos, más atentos a su beneficio que a la salud de los pacientes. Incluso hay sacerdotes que predican la contención y la moderación pero son incontinentes y avaros.Las desigualdades pueden llegar a ser crueles: hay mutilados de guerra a los cuales se les paga una miseria, mientras que algunos cobardes que nunca entraron en batalla cobran doble paga.No existe estamento social que no tenga una mancha, pero el conjunto goza "de una feliz prosperidad" porque, sean cuales sean las pretensiones de los voraces, resulta que sus vicios contribuyen a la felicidad pública, de manera que "hasta los más desvergonzados" contribuyen al bien común, que no es otra cosa que la armonía involuntaria de los opuestos. La templanza de unos favorece la desmesura de otros; la generosidad de aquellos, la avaricia de los de más allá; el lujo de los ricos da trabajo a los pobres; el amor propio de cada uno estimula el crecimiento de las artes y el comercio. De esta manera aparentemente paradójica la colmena tiene acceso a las comodidades y la dulzura de la vida.Inesperadamente, un día se levantó un vendaval de puritanismo y las abejas se empeñaron en sustituir todo lo que es malo por cosas buenas. Se persiguió la hipocresía, las corruptelas y los engaños y alcanzaron una transparencia social tan diáfana que nadie podía ocultar sus defectos. Ésta fue la causa de su perdición. Cuando consiguieron universalizar la honestidad, los tramposos se quedaron sin trabajo; con el triunfo de la sobriedad, los que vivían de producir lujo se arruinaron. Con la desaparición de lo superfluo, quedó al descubierto la inutilidad de médicos, abogados y jueces. "Nadie buscaba novedades, nadie ambicionaba nada. Nadie gastaba. Se abandonó la milicia y la colmena quedó indefensa".Concluye Mandeville: “El vicio es tan necesario en un estado floreciente como el hambre es necesaria para obligarnos a comer. Es imposible que solo la virtud haga famosa y gloriosa una nación”. Que la moralidad pueda ser causada por la inmoralidad es una idea que fascinó a Nietzsche.