Hay muchas maneras de dividir Cataluña, pero la más ingenua es la que marca una frontera entre la “Cataluña real” y todas las Cataluñas inventadas o sinecdóticas. Hay gente que cree haber descubierto el ADN de la catalanidad auténtica en la Feria de Abril, organizada por el poderoso y dopado lobby de las entidades andaluzas, donde el rebujito y el flamenco empiezan a tropezar con el mojito y el reggaeton (porque, para los defensores de la Cataluña real, la pluralidad es sinónimo de hispanidad y basta). De lo cual se deduce que, si por un improbable fenómeno migratorio, medio millón de catalanes se desplazaran a vivir a Andalucía y se formase una colla castellera llamada Los Chiquitos de Fuengirola, un 4 de 9 con folre y manilles sería tan andaluz como la romería del Rocío.Es tan absurdo meter en el saco de la cultura catalana la Feria de Abril como lo sería meter allí el Oktoberfestde Calella o el Ashura que celebran los pakistaníes chiíes en el Raval de Barcelona. Igualmente absurdo es negar el derecho de cualquier ciudadano de Cataluña a celebrar las festividades de sus tierras de origen, pero la protección y el fomento de la cultura propia es un mandato de cualquier gobierno catalán digno de este nombre. Sobre todo porque somos el territorio europeo que ha sufrido la mutación demográfica más fuerte en el último siglo. Las grandes migraciones de las regiones pobres de España (el siglo pasado) y las del resto del mundo (en los últimos veinte años), si bien han demostrado la gran capacidad de integración de la sociedad catalana, también han dejado a la población indígena y su lengua en minoría, y esto no es solo un dato demográfico: es la demostración de que una nación sin estado no tiene las herramientas para garantizar su cohesión social y la supervivencia de su cultura. Lo cual, para la mayoría de catalanes –de origen que sea– es una mala noticia. Excepto para los votantes del PP y Vox, que aspiran declaradamente a la españolización del país, y para un segmento de votantes de izquierdas que les hacen el juego con los tópicos manidos sobre el catalanismo burgués.Por esta razón, el fracaso del proceso soberanista, con el maravilloso canto del cisne que fue el 1 de Octubre, constituye un drama nacional: era la ocasión para que Cataluña diera un paso adelante en un clima de celebración democrática y de respeto a la pluralidad que no tenía nada que ver con el sistema de castigo y de represión que los sucesivos gobiernos españoles han impuesto antes y después. ¿Una Cataluña independiente, o al menos más soberana, habría podido gestionar su pluralidad mejor de cómo la gestiona actualmente? Rotundamente, sí. Pero la debilidad de los líderes soberanistas y la inflexibilidad de los poderes españoles hicieron imposible un acuerdo de país, democrático pero plural, en cuanto a las identidades individuales y colectivas.Aquel fracaso no fue solo de los soberanistas, sino del país entero, y también de una españolidad(la delEspañareal?Y nos dirán supremacistas... ¡Qué descaro!–es el mercado, amigo–. Y nos dirán supremacistas... ¡Qué barra!