06/09/2021

Historiador Illa

4 min
Críticas en Isla para hablar de la peor década en 300 años

Es posible que otros miembros de la clase política empiecen a estar un poco celosos del protagonismo que adquiere, en esta ventana de opinión semanal, el señor Salvador Illa i Roca. Ya me sabe mal, pero les aseguro que no es por voluntad del articulista, sino debido a la facundia declarativa, de la logorrea que últimamente afecta al líder del PSC. 

No contento con acompañar todas sus comparecencias con el ridículo cartelito de “Govern alternatiu de Catalunya” (¿ustedes han visto alguna vez al líder de la oposición británica hablando detrás de un letrero que ponga "Shadow Cabinet"?), el otro domingo el presidenciable e inminente primer secretario socialista soltó, en una entrevista periodística, que los diez años del Procés, “no exagero, han sido los peores de los últimos trescientos de la historia de Catalunya”. 

Profesionalmente interpelado por esta contundente afirmación, yo me pregunto, y se lo pregunto al señor Illa: ¿peores que los años posteriores a la Guerra de Sucesión, con miles de exiliados, con el desmantelamiento institucional del país, con las ejecuciones de Bac de Roda, del general Moragues y de otros muchos patriotas? ¿Peores que la mayor parte del reinado de Fernando VII, cuando debido al estólido absolutismo y el naufragio colonial “la mayor parte de las fábricas se han cerrado, los telares están cubiertos de polvo, los artesanos pordiosean por las calles”, según testimoniaba Bonaventura Carles Aribau en 1824? ¿Peores que la etapa central del siglo XIX, bajo los espadones isabelinos, cuando el estado de excepción era una rutina, “Barcelona está siempre hecha un campamento” cuando no era bombardeada y “gran número de catalanes han sido fusilados sin sentencia legal, sin formación de causa”, según la célebre denuncia parlamentaria de Joan Prim en 1851?

Para el jefe de la oposición, ¿el decenio del Procés ha sido peor que la década de los 1920, desde la ley de fugas de Martínez Anido hasta las persecuciones de Primo de Rivera? ¿Peor que el periodo de negrura iniciado en 1939, con 60.000 exiliados de larga duración, con las prisiones llenas a reventar, con el matadero del Camp de la Bota funcionando a pleno rendimiento...?

Cuando se dio cuenta o le hicieron ver que su fobia antiindependentista le había llevado a decir –cito a Vicenç Villatoro– “barbaridades inconmensurables”, el president alternatiu, sin rectificar ni disculparse, ha querido escabullirse del mal paso asegurando que, a raíz de sus palabras, se han hecho “comparaciones que no corresponden”. Ciertamente, señor Illa, pero las hizo usted. Los otros nos hemos limitado a glosarlas, a subrayar qué significa exactamente calificar la década 2010-2020 como la peor de la historia catalana moderna y cuáles son los términos de comparación posibles. 

En cualquier caso, el tropiezo no ha escarmentado a su protagonista. Convencido quizás por algún espín doctor demasiado bien pagado que, para ser un jefe de la oposición creíble, le hace falta hacerse presente en los medios cada día, y no contento con ir repitiendo mecánicamente que los primeros cien días del presidente Aragonès han sido “muy decepcionantes”, Salvador Illa reaccionó inmediatamente al anuncio de la concesión de la Medalla de Honor del Parlament a “las víctimas de la represión” del 1 de Octubre: “En todos los reconocimientos que den las instituciones de todos los catalanes, nos tenemos que sentir representados todos los catalanes”, ha sentenciado.

Sería una doctrina de lo más plausible... si las instituciones que nos rodean lo aplicaran. Sin duda, el exministro Illa debe de considerar la monarquía una institución “de todos los españoles”. Y bien, cuando en 1991 el entonces rey Juan Carlos concedió el marquesado de Samaranch a un ex jerarca franquista que creyó que su pasado se borraba dando en Barcelona unos Juegos Olímpicos; cuando en 2011 el mismo titular de la Corona otorgó el marquesado de Vargas Llosa al escritor peruano que, desde hacía una veintena de años, censuraba el nacionalismo catalán y las políticas de normalización lingüística, que había sido corifeo de lujo de Alejo Vidal-Quadras, que había comparado la defensa del catalán con las prácticas nazis, ¿se supone que todos los catalanes súbditos del Reino de España se sintieron representados por aquellos galardones? Tanto el señor Illa como yo sabemos que no, pero no recuerdo que ni él ni su partido formularan la más mínima objeción a los nuevos títulos nobiliarios. Al contrario.

Ni siquiera hay que ir tan atrás ni tan arriba. Si bein la Medalla de Honor del Parlamento irá a los “represaliados del 1-O”, es bien sabido que el ministerio del Interior español repartió generosamente, entre los miembros de la Policía Nacional y de la Guardia Civil involucrados en la represión del referéndum, primas, gratificaciones, ascensos y recompensas. Según el señor Illa, ¿el ministerio del Interior nos representa todos? Si la respuesta es afirmativa, ¿cree que como mínimo los dos millones de participantes en aquella votación, los golpeados, perseguidos, lesionados y humillados por los piolines, aprobaron que el gobierno de España premiara aquellos que les habían zurrado?

El president alternatiu tendría que recordar que todo el mundo es esclavo de sus palabras y amo de sus silencios.

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