Johan Cruyff, el levantamiento de luz en la tiniebla
Este martes hará diez años que murió Johan Cruyff, y una enorme cantidad de culés encendemos estos días una vela de recuerdo en el altar de nuestras devociones futbolísticas. Porque Cruyff cambió el fútbol mundial, pero el milagro lo hizo en Catalunya. Las dos veces que el Barça le fichó, Agustí Montal como jugador en 1973 y Josep Lluís Núñez como entrenador en 1988, provocó (y que Espriu me perdone) un levantamiento de luz en la tiniebla.
Las dos veces que vino a Barcelona se encontró con que aquí el fútbol no era un juego sino un drama. El Barça había perdido la costumbre de ganar títulos y, por tanto, había adoptado el papel de víctima. Era un gigante que había desaprendido a luchar, y los culés se habían convencido a sí mismos de que, al final, por una desgracia u otra casi siempre acabarían perdiendo.
El mérito de Cruyff, pues, va mucho más allá del 0-5 o de la final de Wembley. Su mérito fue tomar un club que tenía miedo y convertirlo en uno que no lo tuviera.
Cruyff nos conoció enseguida. En 1993 me dijo: "Para mí, una botella siempre está medio llena, y los catalanes piensan: «¡Ostras, si perdemos!» Y escucha, para perder tienes que jugar. Si no juegas, no vas a ganar. Y nosotros lo que queremos es ganar.
La botella medio llena nunca ha sido nuestra especialidad, y cuando recuerdo a Cruyff pienso en ese espíritu ganador, ambicioso, optimista, feliz ya ratos descarado, que se situaba muy por encima de las insignificancias internas, las estructuras adversas y la psicología nacional tocada. Por eso, la vela de estos días seguirá encendida para siempre.