Se agote o no la legislatura, la política española ya vive a la expectativa de las próximas legislativas. Reflexiono sobre dos aspectos relacionados que las condicionarán en un grado máximo: el auge –o no– de Vox, y la vigencia de la cuestión catalana en el debate general español.
Vox tiene raíces españolas. La nostalgia del franquismo de algunos mayores, su idealización por parte de algunos jóvenes, y el modelo territorial como obsesión. Pero también bebe de una ola mundial profundamente hostil a la democracia ya las soberanías supraestatales. Si estas fuerzas prevalecen en Europa –es decir, si además de Italia, entran en o condicionan a los gobiernos de Francia, Polonia y España–, será el fin del proyecto europeo para una –o quizás dos– generaciones. El fracaso será sellado por una derrota en Ucrania bendecida con un abrazo fraternal de Putin y Trump. Pero pienso que es esa conexión internacional la que puede ayudar a contener a Vox. Su alineación con Trump es su punto débil. No es creíble que un Trump que quiere destruir a la UE respete la soberanía de los estados europeos. El votante nacionalista que podría votar a Vox difícilmente podrá sentirse cómodo con una opción política que le ofrece ser súbdito de Trump. Si el PP juega bien sus cartas –si se enfrenta a Vox y deja de hacerle la garra-gara–, estos votantes pueden ser suyos.
Vista desde Catalunya, la vigencia de la cuestión catalana en el debate general español es desoladora. En 2017 mi esperanza era que, si durante dos legislaturas teníamos en Catalunya gobiernos lo suficientemente pragmáticos para sacar de la experiencia del Proceso la conclusión de que había que avanzar con prudencia, la cuestión catalana perdería centralidad y se convertiría en un tema menor en la contienda electoral, simplemente porque el rendimiento en votos en toda España sería escaso. Creo que hemos tenido estos gobiernos pragmáticos y que en su conjunto se ha actuado con prudencia. Pero, aun así, en las próximas elecciones volveremos a estar. El PP –haciendo seguidismo de Vox y de Ayuso– no ha podido resistir a hacer oposición al gobierno de Sánchez cargando contra cualquier medida que satisficiera demandas catalanas aunque, como en el caso del modelo de financiación, fueran muy favorables a las autonomías donde gobiernan. Piensan, y pueden tener razón, que esto les da votos, más de los que pierden en Catalunya. Lo comprobaremos en las elecciones.
Registrado este estado de opinión respecto a Catalunya, sólido como una roca y probablemente mayoritario en España, me pregunto: ¿cómo es posible que tengamos una Generalitat con un grado de autogobierno que no nos satisface, pero que es superior a lo que esta mayoría quisiera y al que teníamos en los tiempos de la República? Pues debe ser porque estas cosas ocurren sólo en circunstancias extraordinarias. El período de la Transición, a la salida del franquismo, fue un momento en que estas circunstancias extraordinarias se dieron. No se daban, en cambio, en el tiempo del Proceso, pese a un empuje popular comparable o superior al de la Transición. Me temo que la polarización ha llevado a una parte de la izquierda y al catalanismo a menospreciar la Transición. A la luz del presente me parece claro que, en la negociación entre quienes querían frenar –la gente de Armada– y quienes querían cambios de largo alcance, se llegó a un equilibrio que abrió un período de progreso democrático en España y de progreso en el autogobierno en Catalunya. Hoy, los herederos de Armada están ganando fuerza y creo que la política sensata es intentar establecer una línea divisoria que no sea entre derecha e izquierda sino, de nuevo, entre los herederos de Armada y los herederos de quienes hicieron posible la Transición. Esta línea deja rotundamente a Vox al otro lado. También deja una parte, que no puedo cuantificar pero está lejos de ser el todo, del PP. Pienso que sería sabio, de aquí a las elecciones, hacer del fortalecimiento de la línea el criterio orientador de la política. ¿Qué sacaremos de impulsar agendas o acciones que aumenten la probabilidad de que Vox sea en el gobierno? Si las cosas van mal dadas y entramos en un período difícil, habrá, tarde o temprano, reanudación. ¿Quién recordará entonces las pequeñas victorias o derrotas tácticas que genera la competencia electoral con espacios políticos vecinos? Es más probable que se recuerde una obra de gobierno bien hecha. Es lo que debería motivarnos ahora.
Me he referido a Vox, pero no a Aliança Catalana. Ésta no es un peligro para la democracia. Es simplemente irrelevante para todo, salvo para el catalanismo. El "solos, puros y pocos" es un peligro mortal.