28/06/2021

Maestros, los primeros ciudadanos

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Una maestra de la escuela Virolai lee a los alumnos durante este curso de pandemia.

Catalunya tiene una larga tradición de educación progresista y pedagógicamente avanzada. El movimiento de la Escola Nova (1900-1939) fue un claro ejemplo. Esta visión amplia, de confianza en el progreso ilustrado, atravesó conflictos sociales, dictaduras y guerras. Desde la Mancomunidad de Prat de la Riba pasando por la Segunda República, el proyecto de un país civilizado se activó desde un eje central y vertebrador: un modelo de escuela avanzado a los tiempos y una apuesta clara por la formación del profesorado que lo tenía que liderar. No se trataba tanto de aprobar leyes o decretos como de apoyar a nuevas visiones y experiencias educativas centradas en el niño y los jóvenes, y su propio proceso de aprendizaje; a la promoción de los viajes como fuente de experiencias; al amplio reforzamiento de las becas; a contactos con la innovación pedagógica en Europa y, evidentemente, al eje vertebrador de nuestra lengua y cultura, siempre abierta al enriquecimiento intercultural y plurilingüista.

Acaba un curso excepcional y, una vez más, cien años después, la pandemia ha demostrado la madera extraordinaria de los maestros y las maestras de este país, que, en medio de una crisis sanitaria sin precedentes y a pesar de todo lo que ha pasado, no se han movido de donde estaban: cerca de los niños y niñas, sus familias, su entorno, y su misión. Atentos al estado de excepción en que repentinamente se encontraron, se movilizaron con el coraje y compromiso de siempre, buscando alternativas internas y externas en el propio centro, haciendo patente la vocación de trascender las paredes cuando se trata de hacer real la comunidad educativa que defiende nuestra ley de educación, que va más allá de la propia comunidad escolar, asumiendo el reto de hacer posible una nueva escuela comunitaria, con los recursos de los que disponían. 

Marcel·lí Domingo, ministro de Instrucción Pública del primer gobierno de la II República (1931-36), dijo que “el maestro tenía que ser considerado el primer ciudadano de la República”. Con esto no quería decir el mejor ni el más importante. Quería decir que el maestro es un referente simbólico y real de lo que significa vivir con los otros en paz y en libertad, confiando en la capacidad de todos y todas para hacer un mundo mejor y más justo. Aristóteles se preguntó, en la Ética para Nicómaco, si la virtud se podía enseñar. Su respuesta fue que sí, por medio de modelos. Sabemos cuál es la virtud porque hemos conocido a Pericles, el gobernante ejemplar. Pues lo mismo se podría decir de los maestros en Catalunya. Sabemos qué significa renovar y mantener viva la llama de un país que late gracias al ejemplo y el testigo de estos hombres y de estas mujeres que no abandonaron cuando las circunstancias –la guerra, el totalitarismo o, ahora, la crisis sanitaria– fueran adversas.

En el momento actual, sin embargo, parece que algunos pongan en entredicho la figura del maestro como modelo y se fragiliza por instantes por otras cuestiones de tipo político que lo afectan. Los resultados negativos obtenidos por el filtro que el sistema acordó en Catalunya para acceder a la formación universitaria de magisterio, las dichas pruebas de aptitud personal (PAP) añadidas al proceso ordinario de admisión –las PAU– , y que paradójicamente no acaban de medir todas las aptitudes que se habían propuesto inicialmente evaluar de los candidatos, sería un ejemplo del ruido y el confusionismo reinante o de la fragilización de la percepción social entorno a la profesión. Este hecho lo ponen de relevancia algunos sectores que utilizan estos males resultados de las PAP –entorno a las cuales ciertamente habría que hacer una reflexión seria, y no solo de los resultados sino de las pruebas mismas y su objetivo– para discutir o poner en entredicho no solo a los aspirantes vocacionales a ser y hacer de maestros, sino también la preparación y el buen hacer de los maestros en ejercicio. Y esto no es justo ni para los aspirantes –que, por cierto, si llegan a las PAP es porque han superado con éxito (¿o no era creíble?) todos los ciclos y etapas educativas anteriores obligatorias y postobligatorias– ni para los maestros en activo que afrontan con calidad y máximo compromiso, año tras año, con pandemia o sin, su misión educativa, generadora esencial como ninguna otra de igualdad de oportunidades y equidad.

Justamente, y por todo esto, este año el jurado del premio Blanquerna de Educación ha decidido galardonar a todas las maestras y a todos los maestros de Catalunya, porque han estado a la altura de los signos del tiempo sin desfallecer. Han demostrado que son todavía, por más que el tiempo pase y por encima de las sacudidas sociales, económicas, políticas o sanitarias que aparezcan, los primeros ciudadanos.

Anna Pagès es jefa del departamento de educación de la Blanquerna-URL y Jordi Riera decano de la Facultad de Psicología, Educación y Deporte de la Blanquerna-URL

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