Malestar persistente
Todo el mundo tiene en su círculo de relaciones más o menos próximas personas cuyas condiciones de vida han empeorado. Estamos viviendo en medio de un malestar persistente y creciente.
La falta de vivienda asequible está amargando la vida de mucha gente. La perspectiva de saber que te echarán de casa a los pocos meses porque no te renuevan el contrato o te lo renuevan por un precio que tu sueldo no puede permitirse, y tener que plantearte marcharte del barrio o de la ciudad, está causando sufrimiento social. Personas cumplidoras, de esas que han hecho todo lo que les habían dicho que tocaba hacer para tener una vida digna, que han trabajado, que han estudiado, que no han estirado más el brazo que la manga, que han pagado los recibos puntualmente, se encuentran que se van a la calle.
La sociedad catalana está viviendo por la vivienda el tipo de inquietud que viven muchos estadounidenses por la cobertura sanitaria: que les dejará tirados si tienen alguna enfermedad grave o deben someterse a una operación complicada. Los efectos de ese ansia se pagan en salud mental, en desarrollo personal y en cohesión social. Porque de aquí a la desvinculación ya la crispación sólo existe un paso. Los cortes de carreteras de los agricultores de las últimas horas expresan el malestar de ver que los acuerdos internacionales que los estados firman pensando en la geopolítica no tienen en cuenta la vida de la gente.
Vivimos una época de sufrimientos y frisanzas. Ahora es más visible que nunca cuánta humanidad y cuánto progreso había en el concepto estado del bienestar. Mientras, la inhumanidad del estado del malestar va creciendo.