Un joven mirando el móvil
28/08/2026 - 18:01 h.
Psicóloga especialista en victimología
2 min

Que Meta haya aceptado limitar a dos horas diarias el uso de Instagram y Facebook para los menores de 18 años en Estados Unidos es una noticia importante. El acuerdo con diferentes estados norteamericanos incluye también restricciones nocturnas, menos notificaciones durante el horario escolar y más controles de edad. Que se empiecen a poner límites es una victoria, pero hay que ir más allá.

Las redes sociales no son neutras. Gran parte de su arquitectura está pensada para retener nuestra atención: el scroll infinito, la reproducción automática, las notificaciones, las recomendaciones algorítmicas y, sobre todo, las recompensas sociales (un like, un comentario, un nuevo seguidor…

Esto tiene un impacto especial durante la adolescencia. El cerebro todavía está madurando y los circuitos relacionados con la recompensa y la aprobación social son especialmente sensibles, mientras que los sistemas implicados en el autocontrol y la regulación emocional todavía están en desarrollo. Por eso, una tecnología diseñada para captar y retener la atención y recompensarte puede ser especialmente perjudicial en esta etapa.

Los datos nos indican que no hablamos de un problema anecdótico. Según la encuesta ESTUDES 2025, el 15,3% de los estudiantes de 14 a 18 años en España hacen un posible uso problemático de las redes sociales, y otras investigaciones relacionan el uso de las redes sociales con afectaciones en la salud mental.

Esto no quiere decir que las redes provoquen depresión o ansiedad, porque la relación es multifactorial. Pero cada vez es más evidente que tienen un papel destacado en la proliferación de patologías (claro que también influyen las características de la persona y su contexto).

Dicho esto, queda claro que el uso o el desuso de las redes no es una simple cuestión de fuerza de voluntad. Y es por eso que las dos horas a las que se compromete Meta son una medida poco relevante.

Esto no va solo de cuánto tiempo navegamos, sino de cómo lo hacemos. No es lo mismo pasar dos horas con el móvil hablando con amigos que dos horas comparándonos con vidas aparentemente perfectas. No es lo mismo crear que consumir pasivamente. No es lo mismo seguir contenidos que nos interesan y nos ofrecen conocimiento que quedar atrapados en una sucesión infinita de vídeos random. Y, sobre todo, no es lo mismo salir de una red sintiéndonos conectados y a gusto, que salir con ansiedad, tristeza o vacío.

El tiempo que pasamos conectados es un factor importante, pero no es el único. Tenemos que preguntarnos qué hacemos durante estas horas, qué contenido consumimos, con quién interactuamos, cómo nos sentimos mientras lo hacemos y qué dejamos de hacer para continuar conectados.

Esto implica educar y no solo limitar el tiempo. Necesitamos una alfabetización digital (para toda la ciudadanía, no solo para el sector joven) para entender cómo funcionan los algoritmos, reconocer las técnicas de captación de atención, identificar la comparación social, poner límites a las notificaciones y detectar cuándo una red deja de ser una herramienta útil y empieza a gobernar nuestro tiempo.

El reto no es criar una generación que no utilice las redes (esto sería una utopía), sino una que sepa utilizarlas y que no deje que las redes sociales decidan por ella.

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