El carguero 'Mayuree Naree' rodeado de humo negro tras ser impactado por un proyectil desconocido en el estrecho de Ormuz.
Economista
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A tenor de los titulares de la guerra de Irán, hay miedo a que Occidente entre en guerra y acabemos en una tercera guerra mundial. Sin embargo, cuando uno observa el sistema internacional desde la economía, aparece otra conclusión: una guerra amplia y prolongada es profundamente irracional para casi todos los actores.

La razón principal es la interdependencia económica global. Hace un siglo, cuando Europa caminaba hacia la Primera Guerra Mundial, el mundo estaba mucho menos integrado. Las economías eran más autosuficientes, el comercio internacional tenía un peso mucho menor, había muchas más divisas y la interdependencia digital y tecnológica, así como de los mercados de capitales, no existía.

Hoy ocurre exactamente lo contrario. El PIB mundial crecerá alrededor del 3,2% en 2025 y del 3,3% en 2026. Pero más relevante es su distribución: prácticamente todas las grandes regiones del mundo continúan creciendo. Estados Unidos, Europa, Asia, África y América Latina mantienen ritmos positivos. Los países que registran contracciones económicas representan menos del 0,5% del PIB mundial. Es decir, más del 99,5% de la economía global sigue expandiéndose.

Pero es que, además, en gran parte del planeta, entre un 20% y un 35% del PIB son exportaciones. El comercio global no es un complemento del crecimiento: es uno de sus motores principales. Ningún país puede sobrevivir sin ese comercio internacional.

Por eso, cuando observamos crisis como la de Irán, conviene analizar qué objetivos reales persiguen los actores implicados. La lógica dominante no es la conquista territorial ni las guerras prolongadas, propias del siglo XX. El objetivo suele ser contener riesgos concretos (en este caso el desarrollo nuclear iraní) sin provocar un conflicto regional descontrolado.

En este mundo que nos ha tocado vivir, donde las cadenas de suministro atraviesan continentes, donde la energía circula por estrechos estratégicos y donde el comercio sostiene el crecimiento de la mayoría de las economías, la guerra total no interesa a nadie.

Esto no significa que el riesgo de conflicto haya desaparecido. Los errores de cálculo, los incidentes militares y las dinámicas de escalada siguen existiendo. Y la historia demuestra que la racionalidad no siempre gobierna la política internacional.

La globalización no ha eliminado esos riesgos, pero sí ha multiplicado los incentivos para evitarlos. Por eso, frente al ruido geopolítico, conviene recordar una idea básica de la economía política: cuando todos dependen de todos, romper la baraja deja de ser una opción racional.

En el siglo XXI, más que nunca, el interés común sigue siendo mantener el tablero en pie.

A nadie le interesa romper la baraja.

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