Mariano Rajoy ha sabido sacar siempre un rendimiento extraordinario de su personaje público. Hace tiempo que consiguió hacerse, también entre sus detractores, una imagen amable, para muchos incluso entrañable, de hombre despistado, un poco lento, con ocurrencias un poco estrambóticas pero que hacen reír, más interesado en el fútbol que en la política (tristemente, tanto en España como en Cataluña, el fútbol funciona como un blanqueador social perfecto para cualquier bribón), hecho a la antigua, en el fondo un buen tipo.Todo esto, no hace falta decirlo, es falso. Se trata de una fachada, medio casual y medio construida de forma estudiada, que le ha dado, decíamos, muy buenos resultados. Rajoy siempre marca una distancia bien visible entre lo que sucede a su alrededor y su persona, como si las cosas no fueran nunca con él, como si no existiera ninguna relación de causalidad entre los cargos que él ha ocupado en el Partido Popular y en el gobierno de España y los delitos que se cometían dentro del partido o dentro de los ejecutivos que presidía. Tanto da si se trata de la trama Kitchen, de la policía patriótica, de las cargas policiales del 1 de Octubre o de cualquier otro escándalo. Él no estaba, no sabía nada, era ajeno, su desconocimiento era absoluto. Rajoy también posee una sangre fría notable, que le permite mentir ante un tribunal y restar impávido. Aún más si la presidenta del tribunal le ayuda, como hizo la magistrada Teresa Palacios el jueves pasado durante las declaraciones de Rajoy y Cospedal en la Audiencia Nacional, precisamente por el caso Kitchen.A Rajoy, esto sí, le pasa como a los malos actores, que se acaban aburriendo de hacer el mismo papel y entonces sobreactúan. En esta ocasión negó hasta que conociera los alias por los cuales era conocido dentro de los círculos delincuenciales organizados dentro de la cúpula de su partido: aseguró desconocer los motes deel Asturiano, el Barbas, etc. “Yo me llamo Mariano Rajoy, como todo el mundo sabe”. Otro de los recursos preferidos de Rajoy son las obviedades y las tautologías, con las cuales a menudo consigue provocar la sonrisa de la audiencia y facilitar los chistes de los monologuistas e imitadores.La realidad es que la etapa de Rajoy en la presidencia fue una de las más oscuras de la democracia española, y ya es decir. Son unos años de patrimonialización descarada de las instituciones, de negación de cualquier diálogo con la oposición, de impulso al ideario ultra que finalmente se ha hecho hegemónico dentro de la derecha española (ahora nos exclamamos, pero Rajoy ya tenía ministros que cantaban El novio de la muerte en las procesiones de la Semana Santa de Málaga), de beligerancia constante contra cualquier forma de diversidad (sobre todo contra la diversidad lingüística, sobre todo contra el catalán) y, por supuesto, de corrupción organizada e institucionalizada a todos los niveles de la administración pública. Quizás sería necesario que las próximas veces que Rajoy esté ante un tribunal no sea para volver a burlarse de la justicia y la ciudadanía, y marcharse tan contento.