Una persona utiliza un móvil.
29/01/2025
Escriptor i professor a la Universitat Ramon Llull
3 min
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Hace poco oí el testimonio de una mujer de apellido Zurita. Explicaba que la imposición administrativa del orden alfabético en todas partes y en cualquier circunstancia la había perjudicado desde que era una niña, haciéndola más vulnerable –¡la última siempre!– y entorpeciendo su empoderamiento. Más que de una imposición administrativa deberíamos hablar, en realidad, de una auténtica dictadura que ha generado pequeñas pero a la vez constantes discriminaciones que exigen una alta capacidad de resiliencia, así como la...

La imbecilidad que acaban de leer es la primera que se me ha pasado por la cabeza para ilustrar lo que querría contar hoy. He escrito varios libros y muchos artículos, y no me costaría mucho, por no decir nada, desarrollar retóricamente la anterior ocurrencia, subirle el tono ideológico, conferirle una textura de reivindicación social justa y necesaria, y dejarla abierta a adhesiones apasionadas o bien a discrepancias vehementes ("¡Pues yo me llamo Abadía de apellido y puedo certificar que esto no es cierto!", etc.). El resto se logra colocando estratégicamente las palabras de moda (empoderamiento, resiliencia...), que son la base del escudo dialéctico protector –la corrección política es esencialmente esto–. El recorrido narrativo de una tontería depende esencialmente de disponer o no de una o varias tribunas públicas. También depende, naturalmente, de la existencia de personas que decidan que es necesario afirmarla o negarla. Tienen derecho a hacerlo, por supuesto, pero hay que tener presente que alargar, aunque sea con la intención de contradecirla, la historia dramática e inventada de la señora Zurita tiene unas consecuencias que van más allá de la historia que se propone. Le aportan aire, la redondean y, sobre todo, justifican su formulación.

No hace mucho, y aprovechando el minuto y medio de gloria de una entrega de premios de cine que no mencionaré, una persona puso sobre la mesa una ocurrencia que tampoco comentaré. Aunque pueda resultar irresistible, ante una salida de tono como aquella, o como la de la imaginaria mujer damnificada por la feroz dictadura fascista del orden alfabético, no hace falta hablar. En ese caso, no creo que se tratara ni siquiera de una provocación, aunque igualmente no hace falta hablar de ello: hablando de ello, la ocurrencia adquiere unas dimensiones que en realidad no debería tener. En un mundo hiperconectado, la opinión –cimentada o no– de cada uno se ha transformado, como predijo Jean Baudrillard ya a mediados de los 80, casi en una cuestión de civismo. La expresión espontánea de la opinión es hoy, además, un hábito social rutinario, una inercia. Ambas cosas conducen a lo que Baudrillard llama opinión continua. Los talk shows, las tertulias y el zumbido incesante de las redes sociales contribuyen a perfeccionar este equívoco epistemológico típicamente posmoderno. La opinión argumentada se yuxtapone con la idea prepolítica y borrosa de espontaneidad emocional y, de paso, también con la noción política (y legal) de libertad de expresión. El lío resultante es considerable, y al final todo parece lo que, en realidad, no es. Distinguir un debate de un pseudodebate es decisivo desde una perspectiva democrática, por lo que sorprende que en un caso como el que no hemos querido mencionar antes tantas personas con criterio se hayan tragado el cebo, el anzuelo, el hilo e incluso el carrete de la caña de pescar. Confieso honestamente que a mí también me ha pasado en algunas ocasiones; unas cuantas, para ser exactos. La opinión continua de la que habla Baudrillard no se cura viajando, en todo caso, sino ejercitando el arte de la indiferencia.

Termino con un aparente giro de guion –un giro relativo, como verán ahora– que tiene que ver con el título del artículo. No cal parlar es una de las mejores canciones de Jaume Sisa. La escribió en su madurez y la incluyó en el disco El congrés dels solitaris, habiendo ido y vuelto espiritualmente de muchos sitios. Sisa es ahora mismo –y conste que mido muy bien lo que digo– uno de los personajes vivos más irrepetibles de nuestra cultura. Sin embargo, su reconocimiento mediático e institucional es casi testimonial. ¿Quiere esto decir, pues, que en este caso estamos ante una disfunción real y no de un pseudoproblema como el de la imaginaria señora Zurita o el de la ocurrencia primaria y políticamente oportunista que no he querido mencionar antes? No lo sé. ¿Tenéis ganas de denunciar malentendidos en el seno de la cultura catalana? Antes de pronunciaros, escuchad el bolero del maestro Sisa: "No hace falta hablar, no hace falta decir nada, / cuando el silencio lo dice bien claro. / Abrir la boca es perder el tiempo, / no hace falta hablar, no hace falta..."

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