La protesta del taxi de este martes en la Gran Via
27/07/2026 - 18:06 h.
Escritora
2 min

“Voy a Catalunya Ràdio, a Diagonal-Beethoven”, le digo, de memoria, al taxista. Cualquier taxista que haya hecho el examen de taxista sabe dónde está esa emisora o, si no lo sabe, sabe identificar las calles que le he dicho. El hombre me mira y no hace ningún gesto. “Allí, en el Via Veneto”, le digo, pues. Porque el Via Veneto es también el restaurante que conocen todos los taxistas. Abre más los ojos. No dice nada. Entiendo que no sabe qué le digo, pero como no habla, no sé si es que ignora la dirección o el idioma en que le hablo. “En Francesc Macià”, digo, pues. Aún los abre más.

No me sorprende que no conozca nada de la ciudad, no solo ninguna calle sino ningún código. Una emisora de radio, una plaza, los conceptos “mar” y “montaña”... Recuerdo que, hace unos años, te daban el callejero y te hacían buscar a ti. Ahora, lo que hacen, con mucha suerte, es pedirte que se lo “digas” tú al teléfono móvil, que tampoco te entiende, según cómo. Lo que me sorprende es que ante la incomprensión ya no haga falta decir nada. En un bar, el camarero que no te entiende se queda mudo mirándote como si tuviera miedo. En el taxi, el conductor que no te entiende se queda parado presa del pánico o de la nada. No dicen: “Perdone, que no le entiendo”. No dicen “Sorry, I don’t undestand”. No dicen: “¿Cómo ha dicho?” No dicen nada.

Es una cuestión sobre todo de los jóvenes, de acuerdo, pero no solo. El que no te entiende está tan acostumbrado al ensimismamiento (gracias a los teléfonos, a las pantallas) que ha perdido toda noción social. Son como los niños cuando se tocan la teta en público; no ven la necesidad de comunicar a un humano lo que les pasa por la cabeza o, sobre todo, lo que no les pasa. Antes nos quejábamos de que al entrar en una tienda los jóvenes parroquianos no saludaban. Ahora, de jóvenes parroquianos no hay. Los que no saludan son los jóvenes que despachan. No hace falta.

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