Recuerdo un texto, de hace unos años, en el que Tzvetan Todorov advertía del alto riesgo que significa "una concepción de la economía como actividad completamente separada de la vida social, que debe escapar del control de la política". Me ha hecho pensar un chiste del presidente de Fomento, Josep Sánchez Llibre, que denuncia como "filocomunistas" las políticas de vivienda del presidente Salvador Illa. No hace muchos días, decía que él no hace política, pero que no puede permitirse –refiriéndose a Pedro Sánchez– que "se criminalice a los empresarios". ¿A qué responde ese estado de espíritu? ¿Cuál es el objetivo estratégico que le hace decir estas cosas, cuando no se puede decir que la lucha de clases esté demasiado exacerbada o que las élites empresariales puedan sentirse atrapadas? Más bien marcan el paso más que nunca, consiguiendo además que las sociedades lo asuman con naturalidad. ¿Qué queda del viejo conflicto de clases en un momento en el que al malestar social le cuesta encontrar formas de socialización efectiva?
Todos conocemos la soltura verbal de Sánchez Llibre, uno de los personajes más hábiles a la hora de dar color a los debates públicos y de hacerse escuchar. Una conversación con él seguro que nunca es aburrida. "La propiedad privada es un derecho fundamental de los ciudadanos", soltó como argumento definitivo. Pero un derecho fundamental no puede deducirse que es absoluto, es decir, que no tiene límites. Si entramos en esta dimensión llegaremos al punto de que todo está permitido a quien puede permitírselo. Y con esta cantinela, en los ámbitos de poder –al político, pero en el económico y empresarial también– emergen figuras convencidas de que para ellos todo es posible.
Donald Trump y Elon Musk son en este momento los dos iconos de esta forma de entender el mundo, que les lleva a saltarse las leyes con toda impunidad y que explica en buena parte la deriva de las democracias liberales hacia formas neoautoritarias. Una vía que conduce inexorablemente a una afectación a los derechos de la mayoría de ciudadanos. Cada vez hay más razones para pensar que estamos en tiempo de ruptura. La pregunta es: ¿hacia dónde vamos? ¿Qué sacrificaremos de la cultura democrática que ha permitido al mundo occidental marcar el paso durante medio siglo? Por eso la actitud defensiva de Sánchez Llibre me sorprende. ¿O es que forma parte de una estrategia más de fondo? Hay muchas cuestiones importantes que determinarán en los próximos tiempos, y una es precisamente el enorme abismo en la propiedad, que hace que un grupo cada vez más reducido con poder económico marque el paso a todos los demás y favorezca una creciente desnaturalización de la democracia.