Escucho al presidente Pujol por Catalunya Ràdio interpretando un mensaje para esta Diada, con el tono más vibrante que le permiten sus 96 años. Todavía conserva el oficio de político que se ha dedicado toda la vida a dirigirse al corazón de la gente. Puede perder fuerza en la voz y claridad en la dicción, pero no la destreza ni la intención: "Tenemos capacidad para hacer una gran Cataluña".Habla desde la plena consciencia del presente (“el país vive momentos complicados, de desilusiones y de gente que está perdiendo la esperanza"). Vuelve, claro, sobre el núcleo de su pensamiento: el Once de Septiembre es la "fiesta de todos los que viven y trabajan en Cataluña y quieren ser catalanes", y receta ir, sabiendo que hay desánimo moral: "La fe y el optimismo se pueden contagiar si hay ganas y voluntad de continuar siendo y de ir adelante".Para contagiar algún tipo de fe o de optimismo a la gente es necesario que los gobiernos hablen, sobre todo, con obras. La desilusión y la desesperanza de las que habla Pujol están basadas en hechos reales que tienen que ver con el estado de los servicios públicos, el empobrecimiento de la mayoría, la frustración y desbandada post-Procés, y la enésima constatación de que la autonomía se queda corta para resolver problemas que piden soberanía.Y con todo, en la voz que se apaga de Pujol se adivina, sin reproches, el recordatorio de los activistas que hicieron de todo cuando no había herramientas, porque el principio de todas las cosas no es el ordenamiento jurídico o la financiación económica, sino la voluntad. A la manera kennedyana, es un no te preguntes qué puede hacer Cataluña por ti, sino si todavía crees en ello y si estás dispuesto a unir fuerzas para volverlo a intentar.