Cuando me imaginaba que el amor era eterno y que todas las parejas envejecían cogidas de la mano, no solo las delicadas, dulces y admirables, y que se podía hacer como las de aquella canción que tanto me gustaba (“nunca dormiremos en camitas separadas”), el trabajo de primer ministro y esposa, o el de reina y consorte, viajando por el mundo, yendo a actos aburridos, me parecía divertido. “Qué rollo, hoy iremos a inaugurar tal cosa”, pensaba que se debían decir, listos, porque sabían que habría un “vestirse” para el trabajo, hacerlo, darse golpes por debajo de la mesa del banquete e ir al hotel, finalmente, por la noche. Decirse “peor es trabajar”.
Begoña Gómez no podrá ir a Ankara para asistir a la cumbre de la OTAN, que se celebra del 7 al 8 de julio, con su esposo, porque dice el juez que como Turquía no pertenece a la Unión Europea si la mujer se quedara allí, como la de La pasión turca, no se la podría extraditar. En cambio, la deja ir a Londres a la graduación de su hija. No creo que Begoña Gómez tenga ninguna gana de ser prófuga, pero todo podría ser.
Ahora que ya sé que muchas cosas se estropean fuera de la nevera, pienso que quizás se alegra, en secreto, de no ir a la cumbre, todo el día en tacones, escuchando las bromas en inglés del marido, que se sabe de memoria, como las suyas, porque ella siempre hace las mismas, también. Y quizás se alegra, en secreto, de ir sola a Londres, en el avión (y pedir zumo de tomate, y echarle todo el sobrecito de sal), y entonces ver a la niña, y volver sola al hotel, y dejarlo todo de cualquier manera, y pedir un gintónic al servicio de habitaciones. Sorberlo, pensar que todo ha pasado en un instante. Las niñas eran pequeñas y ahora ya no lo son, todo iba bien y ahora el aire es denso como el queso para untar. Quedarse sola en casa. Cómo lo agradecerá.