Una familia con niños mirando la televisión
06/07/2026
Escritora
3 min

Suele pasarme –y doy por sentado que es algo generacional– que en mi entorno se ve con extrañeza el hecho de que mi marido y yo no miremos juntos series o películas. Digo que debe ser generacional porque solo la gente de nuestra edad guarda recuerdo de cuando la familia se reunía para ver la tele, todos a la misma hora y en la misma cadena.

Ahora, sea para bien o para mal, los productos audiovisuales los podemos ver o escuchar dónde y cuándo nos dé la gana. Esto, que seguramente tiene algo de negativo, tiene una gran ventaja, que es la independencia: la elección libre de qué, dónde y cuándo quieres ver lo que sea.

Así, mi marido y yo hace mucho tiempo que aplicamos esta autonomía y, por la noche, cada uno se mete en la cama con su mesita y los auriculares puestos. A mí me parecía lo más natural y práctico del mundo hasta que empecé a ver caras de sorpresa o algún caso incluso de pequeño reproche por parte de algunos representantes de este fenómeno en vías de extinción que es el matrimonio de larga duración.

“Nosotros pactamos qué serie queremos ver y la miramos juntos, para poder comentarla”. No me parece ningún argumento, porque, para hacerlo así, además de la serie o película, tienes que pactar el horario y el ritmo. Los hay que se tienen que levantar temprano y solo quieren ver un capítulo, y los hay que más bien les cuesta dormir y ven dos o tres.

Cuando empiezo a sentirme culpable de no cuidar el estado de mi matrimonio, me saco el último argumento de la manga: al fin y al cabo, ver una serie en la mesita es lo mismo que leer un libro. ¿Y si optamos por leer, cada uno lee su libro, verdad?

Este curso he visto una pila de series y películas que me han gustado mucho y a las cuales habría tenido que renunciar si me viera obligada al pacto. Os recomiendo algunas: Alice y Steve (con la espectacular interpretación de Nicola Walker), en Disney+; Las cuatro estaciones (especialmente indicada para los que habéis superado el medio siglo de vida), en Netflix; La otra hermana Bennet (si no quieres despedirte nunca del universo Jane Austen), en Movistar; Valor sentimental (conflictos familiares a la nórdica), en Filmin; Terapia sin filtro, en AppleTV. Esta última es un regalo de serie, que te proporciona buenos ratos repletos de sentido del humor y un gran, gran Harrison Ford.

Como podéis ver, el deseo de elegir oferta doblada al catalán provoca una gran frustración. Se ve que debemos considerar un gran éxito que nuestra lengua haya ganado presencia en las plataformas. Lo busco: ahora mismo el contenido en catalán representa un 9,7% del catálogo total (sea con audio sea con subtítulos). Me parece poco, poquísimo. Y hay que estar siempre alerta porque si te pones a ver Ravalejar en HBO, te sale en castellano por defecto y tienes que elegir expresamente la opción del catalán.

En cualquier caso, es evidente que las plataformas y las grandes distribuidoras ofrecen una gran resistencia a incorporar el catalán de una manera lo suficientemente significativa. Por esta razón hay que tener presente que los creadores y productores que se empeñan en ofrecer sus obras en catalán están haciendo un acto de resistencia activa y de compromiso con la lengua y con el país. Y no hay que contraponerlo a la libertad de creación. La libertad, justamente, es poder decidir colaborar en la supervivencia del catalán.

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