Qué quiere decir ser catalán (2): los que sobran

El banco de la plaza Catalunya donde este viernes ha muerto una mujer
10/09/2026 - 18:01 h.
Exconsejero de Economía y Hacienda. Político y empresario
3 min

Tenemos un país con ocho millones y medio de habitantes y unos servicios públicos que apenas, hace cuarenta años, cubrían las necesidades de seis millones de catalanes. Con una natalidad de los autóctonos que no da ni para mantener la población, el análisis es claro: sin los extranjeros estaríamos mejor. Por tanto, echémoslos. Así la sanidad, la enseñanza, el transporte público, las ayudas sociales y, en fin, el bienestar de los catalanes de verdad estarán a la altura de lo que nos merecemos (y de lo que un día, del cual ya no nos acordamos, tuvimos). Sin inmigrantes, además, saldremos tranquilos a pasear por nuestras calles, sin miedo a que una banda de latinos, árabes o subsaharianos nos arrebate la vida.Una Cataluña depurada sería, ciertamente, más próspera. Un día u otro necesitaremos nuevos catalanes; catalanes de aquí, catalanes que se llamen Puig, Vergés, Ferré o Giró, así que quizás tendremos que revisar las leyes que tenemos respecto a las personas homosexuales, porque nos guste o no, de las relaciones entre ellas no sale nada que haga crecer al país. Dios me libre de decirle a la gente qué debe hacer en la intimidad de su casa, pero una política responsable debe velar por las cuestiones demográficas. Y un país próspero no se puede permitir que la gente no tenga hijos. Por tanto, si amamos al país, quizá tendremos que echar a los gays, a las lesbianas y a los transexuales, que no quieren hacerlo prosperar trayendo al mundo nuevas generaciones de catalanes. Mientras esto no ocurra, sin embargo, podríamos replantearnos el papel de los ancianos. No es justo que la pensión media de una persona mayor en Cataluña sea más alta que el salario mínimo de un trabajador. Algo no funciona si es este trabajador quien tiene que pagar la pensión de la persona mayor. Teniendo en cuenta cómo se ha alargado la esperanza de vida, y el consumo desmesurado que hacen los ancianos de la sanidad pública, es una exigencia de país recortarles las prestaciones y dirigir estos recursos a la juventud productiva. Ya llegamos tarde para desmantelar un régimen de pensiones basado en el expolio, porque es injusto —e ineficaz— a todas luces. Debemos promover que cada catalán ahorre lo que pueda para hacerse cargo, cuando le llegue el momento, de las necesidades que pueda tener.En definitiva, una Cataluña más dinámica y más justa no se puede permitir que una quinta parte de la población viva del resto. ¡En Cataluña no queremos viejos!

¿Qué me dicen de las personas con alguna discapacidad, especialmente las que han nacido con esta condición? ¿Es la Generalitat o el Estado quien debe hacerse cargo? En un tiempo en que la ciencia y la sanidad permiten detectar malformaciones apenas comenzada la gestación, ¿no podríamos evitar, por una cuestión de justicia, pero también de responsabilidad, todos estos nacimientos? Es el momento de decir las cosas por su nombre, sin miedo. Somos lo suficientemente maduros para hablar de eugenesia con tranquilidad, objetivamente, dejando de lado retóricas vacías. Nos conviene recuperar la sabiduría del demógrafo Josep Vandellós i Solà, y releer, con calma, sus dos obras principales: Cataluña, pueblo decadente, y La inmigración en Cataluña.En resumen: necesitamos catalanes sanos, autónomos y fuertes, que tengan hijos como ellos.No veo, sin embargo, por qué deberíamos detenernos aquí. También podríamos echar a toda la clase política: una panda de ineptos y holgazanes, que solo quieren calentar la silla y chupar todo lo que puedan del erario público. Y ya puestos, enviemos a un país lejano a los cientos de miles de funcionarios que, cuando no están de baja, llegan una hora tarde y salen una hora antes, si es que no están “teletrabajando” desde casa... ¡o desde el bar! ¡Que vean lo que es, trabajar! Una buena forma de empezar a hacer limpieza, sencilla y económica: elegir según el aspecto. Una piel oscura, un cabello demasiado rizado, una estructura corporal gruesa y redondita, podrían activar, preventivamente, los mecanismos de expulsión que pusiéramos en marcha. También podríamos mirar qué hay escrito en el pasaporte o el DNI: todos los Martínez, González, Pérez, Romero, Jéniffer, Ladydi, Darwing, Yusnavy, Malcom y similares, pasad por la ventanilla, para unas comprobaciones. Para terminar, podríamos deshacernos de los pobres, de los que están en contra de estas medidas y de los que no piensan como yo. Porque este es el problema de empezar a dividir un país entre los que pertenecen a él y los que sobran: que, una vez aceptado el principio, siempre aparece alguien que parece que pertenece menos que nosotros.Y quizá lo más inquietante de todo es que, después de escribir esto, todavía sienta la necesidad de aclarar a algún lector que es una caricatura: la del monstruo que, hoy, me asusta más que ningún otro.

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