No sé si somos otros, o los mismos con otra piel, que aquellos de hace casi una década, en este rincón del mundo. Sé que nuestros hijos, que entonces eran pequeños, han abrazado otras causas, más amables, que ser de los perdedores, de los antipáticos, de los que no paran de hurgar y de quejarse, como carcomas. Los gatos de casa, bien alimentados y mimados, son muy simpáticos. Los de la calle, los que no tienen nada y todo el día piden, o roban, nos exasperan. Nosotros somos los de la calle.
No sé si creíamos, de verdad, o si fue como una borrachera o un sueño febril, que seríamos independientes. Si queríamos ser independientes era para preservar la lengua que todavía medio hablamos, para dejar de ser súbditos de los Borbones, que de Felipe a Felipe, pasando por el dictador, no nos han tratado nunca bien, y para administrarnos el dinero como una esposa finalmente emancipada, repartiendo a los pequeños de casa primero, como hace todo el mundo, dejando de oír la palabra —interesada e hipócrita— solidaridad como si hubiéramos elegido qué dejar de pagar y qué pagar.
No sé dónde estamos, ni de dónde venimos. En un día como hoy, el Once de Septiembre, el día nacional de Cataluña, este lugar donde he nacido por azar, que quiero más que nunca, solo tengo ganas de recogerme y charlar con cuatro amigos, que son de los míos. Hacer el acto —cada vez más místico, debe ser la edad— de comer y beber; de brindar. En un día como hoy, la Diada Nacional de Cataluña, quiero estar cerca de los que contribuyen a hacer una tierra mejor, de alguna manera. Enseñando, haciendo vino o comida, haciendo reír, haciendo canciones, escribiendo cosas, plantando y recogiendo, ayudando, limpiando; sí, también limpiando. En un día como hoy, recojámonos (qué verbo tan precioso) y hagamos un pan con tomate y unos vinos de casa y riamos tanto como podamos, si podemos.