Cuando el sistema económico amenaza la democracia
Cuando en algunas ciudades francesas han prohibido manifestarse o cuando el gobierno de París quiere controlar las redes porque es por donde pasan las órdenes de agitación es que el malestar social se ha infiltrado definitivamente en el corazón del sistema de libertades, con una capacidad de penetración capaz de oxidar todas las piezas del motor de una democracia.
Cuando el sistema debe protegerse hasta estos extremos en una república que fue el faro de las libertades de los pueblos es que ya no funciona, y no es propiamente culpa de la máquina, que es buena, sino de las condiciones de presión y de temperatura ambiente de la economía de mercado a la que queremos que continúe funcionando. La convivencia solo es posible desde el reconocimiento del otro, y es un hecho que en una economía donde los trabajadores se van empobreciendo, los jóvenes no pueden emanciparse y los inquilinos son expulsados de las ciudades falla la base sobre la cual se sustenta el respeto a las normas, que es que todos tengamos mucho que perder.
En Cataluña, uno de cada tres niños vive en situación de pobreza. Hay muchos que la única comida caliente del día la hacen en la escuela. Es evidente que las condiciones materiales de los padres condicionarán su futuro personal y profesional, por más brillantes que sean sus maestros y por más recursos que pongamos en las escuelas y los institutos. La igualdad de oportunidades siempre ha sido imperfecta, pero ahora empieza a ser un imposible, y este estado del malestar amenaza la democracia misma de una manera que puede ser irreversible.
La derecha pasa de puntillas sobre esta realidad y hace ver que esto no son más que ciclos económicos y que ya volverán las vacas gordas. Y la izquierda tiene tendencia a aumentar la presión fiscal a lo que queda de clases medias y a ir aprobando ayudas y subsidios. Europa se enfrenta a una revuelta y las viejas recetas no servirán.