Friedrich Merz y Marco Rubio desde la Conferencia de Múnich.
16/02/2026
Periodista
3 min

Lo difícil para la Unión Europea es hacer coincidir siempre lo que dice con lo que hace. Un día se apunta a la firmeza discursiva que asegura que ha llegado "la hora de una Europa fuerte", como anunciaban grandilocuentemente Emmanuel Macron y Friedrich Merz el pasado viernes en la Conferencia de Seguridad de Múnich, y acto seguido se pone de pie para aplaudir el discurso del secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, y su visión mencionar a la Unión Europea.

Las grietas transatlánticas rasgan también a la Unión Europea por dentro. Estados Unidos de Trump se ha convertido en un factor de división profunda para la política europea. Los Veintisiete ni siquiera han sido capaces de ponerse de acuerdo en cómo interpretar los 22 minutos de discurso de un Rubio que se declaraba "hijo de Europa" en pleno derribo del orden post Segunda Guerra Mundial. Unos quieren pensar que el jefe de la diplomacia de Trump vino a ofrecer una tregua de reconciliación transatlántica, mientras que para otros sólo fue un cambio de tono, pero no de políticas. La ausencia de insultos –como los que dedicó JD Vance a la Unión Europea hace un año– y de desprecios –como los que verbaliza a Donald Trump para golpear la débil unidad de los Veintisiete– permitió a Rubio ofrecer la versión medida de la misma visión hostil de un mundo con regusto imperialista y con críticas directas. Rubio volvió a insistir en la idea de una "civilización europea" amenazada, sólo 24 horas después de que Trump sentenciara que "Europa está terminada". Y, sin embargo, los líderes de la Unión Europea presentes en la sala, más por incomodidad que por deseo, se acabaron sumando a la ovación de pie que agradecía la condescendencia del jefe de la diplomacia estadounidense.

Tras el momento de orgullo comunitario vivido en Davos, con el freno de Trump en la anexión de Groenlandia, Múnich ha servido para reafirmar que no hay alternativa a la relación transatlántica. La resistencia es complicada. Dolorosa. Demasiado cara, y lejana, porque la dependencia europea en Estados Unidos no ha hecho más que crecer desde la invasión rusa de Ucrania, hace cuatro años.

De Giorgia Meloni en Ursula von der Leyen, y de Friedrich Merz en Keir Starmer, la tentación de rebajar el tono frente a Washington ha acabado imponiéndose. El miedo dicta cualquier reacción europea. La confianza transatlántica está rota, pero el realismo de una Unión Europea consciente de su vulnerabilidad marca el tono de cualquier respuesta. Por eso, en Múnic hemos asistido a la colisión entre el discurso franco-alemán sobre una futura arquitectura de seguridad europea y la inercia de agradecer a Rubio que se ahorrara los insultos que gastan desde la Casa Blanca.

Pero también la Unión Europea es, cada vez más, un compendio de agendas contradictorias unas con otras. Una geometría variable que rasga las costuras de una Unión debilitada desde dentro.

El hecho de que Marco Rubio haya continuado su periplo europeo en la Hungría de Viktor Orbán, que está en campaña para la reelección, y en la Eslovaquia de Robert Fico demuestra que el trumpismo tiene un espacio propio donde arraigar en este lado del Atlántico.

Mientras el Instituto Tony Blair está presionando a la Comisión Europea para que la UE se sume a la "Junta de la Paz" de Donald Trump, la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, ya ha reconocido que su país estudia participar como "observador". Y lo mismo se plantean en Rumanía y en Chipre, actual presidenta de turno de la UE.

La unidad europea es desgarro. Un juego de alianzas múltiples según intereses. Meloni se alía con Merz cuando se trata de rebajar la ambición reguladora comunitaria, y con Macron para defender la necesidad de reabrir el diálogo con Vladimir Putin. En la cumbre informal de la semana pasada en el castillo belga de Alden Biesen, los líderes europeos abrieron la puerta a poder avanzar a partir de menores coaliciones de países con intereses comunes, que permitan esquivar el bloqueo que supone la búsqueda constante del consenso entre veintisiete gobiernos cada vez más alejados ante las urgencias geopolíticas. La Europa de la "cooperación reforzada" y de las coaliciones intergubernamentales se impone a marchas forzadas en detrimento de las instituciones comunitarias y la toma de decisiones conjuntas. La integración en la carta se refuerza.

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