Un edificio derrumbado por los terremotos en Venezuela, en Caracas.
25/06/2026
Periodista
2 min

En un terremoto mata más la pobreza que el sismo. Un temblor de tierra de la misma intensidad matará mucha menos gente en Japón que en Venezuela. Las técnicas constructivas y la preparación de la población y de los equipos de emergencia de los países desarrollados hacen de escudo. Que tengamos que estar gastando miles de millones en armas y no en proteger a la gente de los desastres naturales (y aquí incluyo directamente los efectos del cambio climático, que cada día nos tocan en Europa más intensamente) es un insulto a la humanidad y a su inteligencia colectiva.

Pero todavía es más obscena la ola de emocionalidad que siempre sigue a un desastre natural. Los países reaccionan solidariamente y envían a toda prisa aviones militares cargados de ayuda humanitaria (con el rótulo del país donante bien visible), porque ahora no dejaremos solos a nuestros hermanos venezolanos ante la tragedia que nos une y bla, bla, bla. Hasta que cada día que pasa la noticia del terremoto va cayendo más abajo en las escaleritas del telediario y no se vuelve a cantar ni gallo ni gallina.

Ya lo dijo el jesuita Jon Sobrino después de los terremotos de El Salvador en 2001, el mismo año del atentado a las Torres Gemelas de Nueva York: “Se ha forzado a los gobiernos de todo el mundo a hacer una especie de juramento antiterrorista, pero no se ve ni de lejos que se haga un juramento antipobreza, antiinjusticia y antimenosprecio a los pobres. Y el juramento antiterrorista expresa mucho egoísmo estructural”.

Ahora corramos todos a Venezuela, y está bien. Pero la solidaridad durará poco. Sería mucho mejor que no convirtiéramos a los pueblos en rehenes de estrategias geopolíticas de manera que un terremoto, por intenso que fuera, no se convirtiera en una matanza.

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