En un terremoto mata más la pobreza que el sismo. Un temblor de tierra de la misma intensidad matará mucha menos gente en Japón que en Venezuela. Las técnicas constructivas y la preparación de la población y de los equipos de emergencia de los países desarrollados hacen de escudo. Que tengamos que estar gastando miles de millones en armas y no en proteger a la gente de los desastres naturales (y aquí incluyo directamente los efectos del cambio climático, que cada día nos tocan en Europa más intensamente) es un insulto a la humanidad y a su inteligencia colectiva.
Pero todavía es más obscena la ola de emocionalidad que siempre sigue a un desastre natural. Los países reaccionan solidariamente y envían a toda prisa aviones militares cargados de ayuda humanitaria (con el rótulo del país donante bien visible), porque ahora no dejaremos solos a nuestros hermanos venezolanos ante la tragedia que nos une y bla, bla, bla. Hasta que cada día que pasa la noticia del terremoto va cayendo más abajo en las escaleritas del telediario y no se vuelve a cantar ni gallo ni gallina.
Ya lo dijo el jesuita Jon Sobrino después de los terremotos de El Salvador en 2001, el mismo año del atentado a las Torres Gemelas de Nueva York: “Se ha forzado a los gobiernos de todo el mundo a hacer una especie de juramento antiterrorista, pero no se ve ni de lejos que se haga un juramento antipobreza, antiinjusticia y antimenosprecio a los pobres. Y el juramento antiterrorista expresa mucho egoísmo estructural”.
Ahora corramos todos a Venezuela, y está bien. Pero la solidaridad durará poco. Sería mucho mejor que no convirtiéramos a los pueblos en rehenes de estrategias geopolíticas de manera que un terremoto, por intenso que fuera, no se convirtiera en una matanza.