Los Mossos desplegados ante los manifestantes antifascistas en el Fossar de les Moreres.
11/09/2026 - 20:46 h.
Periodista y activista social
5 min

"Ya sé que soy vieja, pero mis ideas son jóvenes. Si no haces trabajar el cerebro te vuelves tonto"
Neus Català, 2012

Que miles de jóvenes —porque eran, fundamentalmente, gente joven, más que padres y madres— protestaran el jueves en el Fossar de les Moreres contra el racismo en cualquiera de sus vertientes no deja de ser una buena noticia. Que lo hicieran, concretamente, contra la fórmula xenófoba más cercana, es decir, contra Aliança Catalana, es mucho más relevante. Bajo los tiempos turbios que corren y cuando es tan fácil ver el ojo del huracán a diez mil kilómetros y no querer verlo al lado, a tocar de casa o llamando a la puerta. En cualquier caso, sí, eran miles de jóvenes, y de los más activos y solidarios del país, respondiendo a la llamada de la izquierda independentista y con el apoyo del Sindicato de Inquilinas, de Top Manta, de la Asamblea Educativa de Cataluña, de la OJS o de la coalición Basta Complicidad con Israel. Paradójicamente, son los únicos detenidos de esta Diada. Habrá que recordar que protestaban contra 400 personas que se concentraban allí bajo una protección institucional que avergonzaba, a través de un inusual despliegue de diversas áreas operativas de los Mossos d'Esquadra y al lado de algunas rémoras de la facción más violenta de los Boixos Nois. Paradojas insofribles. En medio, el fotoperiodista Jordi Borràs agredido por ambos. Porque sucede que aquellas 400 personas, frente a las 8.000 que protestaban tan justamente por su presencia, representan crudamente el nicho catalán que se felicita eufóricamente por la victoria de AfD en Sajonia-Anhalt, celebran a manos batientes el genocidio en Gaza y atizan miserablemente una humillante segregación etnicorracial. Los Mossos, paradójicamente, miraban hacia afuera, pero la policía alemana hace tiempo que mira hacia adentro y califica a AfD como amenaza real de extremismo de ultraderecha.Menos paradójicos, más paroxísticos me resultan algunos hechos vividos durante la tarde de la Diada. Simultáneamente, mientras el grupúsculo neonazi Núcleo Nacional se concentraba en la plaza Verdaguer –pobre mossèn Cinto– bajo un drástico encapsulamiento de los Mossos y con 1.500 antifascistas protestando cerca, un bloque pequeño de Aliança Catalana intentaba desfilar en medio de la manifestación independentista casi como si nada –entre reproches crecientes y rechazos constantes, encapsulamiento policial final incluido, cuando la mayoría es consciente y es muy consciente de todo lo que nos jugamos—. Porque lo que no se puede hacer nunca —a la luz de las tinieblas de la historia— es normalizar el racismo, caminar a su lado o darle espacio. Alguna responsabilidad, a pesar de los avisos y alertas previos, tienen los organizadores, como la tenemos todas y todos. Lo digo entre enfadado y desencantado, preocupado y comprometido, asustado y esperanzado, como grito o como ruego o como un basta. Discreta o sonora, la forma me da igual, pero el fondo ético, político y cultural es claro, explícito y sencillo para futuras convocatorias: ninguna forma de racismo debería ser invitada, permitida, blanqueada o tolerada en una manifestación democrática unitaria. ¿Los cordones sanitarios funcionan? Funcionan, vaya si funcionan. Básicamente, si se hacen. Que se manifiesten con su odio racista donde puedan, pero que no contaminen ni parasiten una movilización que reclama un país para todos insultando la diversidad, criminalizando cobardemente a los recién llegados y avivando la sucia y brutal realidad que es todo racismo, cuando los responsables de los problemas estructurales que sufre el país se sientan en otros lugares de poder y nunca llegan en pateras a la deriva. Lo digo volviendo a casa, rumiando a cada paso y recordando un viejo lema antirracista de los años noventa, cuando asesinaban a Lucrecia Pérez en 1992: no molestes a mi amigo, decíamos entonces. Y hoy es de un literal antirracismo militante: no molestes ni un segundo –hoy, ahora, aquí— a mis vecinos; no molestes más a la familia senegalesa que vive en mi mismo rellano, puerta con puerta; ni al querido vecino colombiano del quinto, que son ya parte indisociable de mi comunidad, paisaje y país. Los zapatos de los otros, diría Casaldàliga, son los míos. Paradójicamente, polisémicamente, estamos porque están —y viceversa.

Pero para cuando venga otro junio —y todo apunta a que el próximo verano ya estaremos bajo las filas funestas del binomio nefasto de PP-Vox y bajo algún cambio de rasante en el mapa municipal catalán— habrá que asumir que quizás cambian las ubicaciones, pero no se alteran los mapas ni se modifica la ruta ni se detiene la carrera de fondo. Cada uno vive su Diada particular y colectiva —desde el Carmel homenajeando a Salvador Allende, pasando por la calle Ferran a primera hora para reclamar justicia para Gustau Muñoz hasta cada reencuentro en la calle de un país que se autoconvoca a seguir caminando—, pero todos hemos vivido la novena consecutiva con exiliados todavía —del presidente Puigdemont a los consejeros Puig y Comín—. Ahora parece que "eppur se muove" en el Supremo, después de una década de ensañamiento represivo entre sádico y obsesivo y mientras esteladas y cantantes nos recuerdan que seguimos y seguiremos siendo. No sé si los tiempos están cambiando o hace mucho que se trastocaron. Sí sé, como diría Josep Termes, que continuamos siendo un milagro y que, en este país, la norma de la resistencia siempre ha sido la autoorganización. Para resolver cada reto, cada dificultad, cada quebradero de cabeza. Ahora que volvemos de la calle, que no nos venza la tentación de quedarnos en casa. La derrota más estúpida es la incomparecencia y sería por desistimiento.Mientras volvía de la manifestación recordaba que el otro día, en una tertulia radiofónica, a propósito del 25.º aniversario de los atentados contra las torres gemelas de Nueva York y de los ataques de Hamás del 7 de octubre, alguien se preguntaba eurocéntricamente por qué nos fijábamos tanto en la respuesta dada y no en los hechos que los desencadenaban. La respuesta juraría que cae sola como caen las bombas: porque la respuesta fáctica de Bush fue arrasar un país entero que no tenía nada que ver con los atentados de Al-Qaeda y porque la respuesta de Netanyahu ha sido perpetrar un genocidio que todavía perdura. O sea que más valdrá fijarnos en las respuestas, que es siempre donde se cuecen o las salidas posibles o las perdiciones probables. Y fijarnos en la respuesta que somos, cuando el dilema ya es tan global como catalán: o reconstrucción democrática milimétrica y paso a paso de todo lo que estamos perdiendo o demolición ultradescontrolada de lo que queda. La serpiente rondando el huevo, cuando el huevo de la serpiente ya anida en demasiados lugares. Y por eso, por suerte, ver a miles de jóvenes desobedientes con tanta claridad antifascista sigue siendo más que una buena noticia. O sea que gracias, juventud. Mil gracias.

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