La Encuesta del ARA

¿El fin definitivo de Convergencia?

El presidente del Parlament, Josep Rull, con el expresidente de la Generalitat y líder de Junts, Carles Puigdemont.
hace 28 min
Subdirector y delegado en Madrid
3 min

BarcelonaCuando Jordi Pujol creó CDC en 1974 no estaba fundando solo un partido, sino que también estaba articulando todo un sector social, caricaturizado por sus adversarios en la figura del tendero, pero que abarcaba desde clases medias y menestrales hasta pequeños empresarios y autónomos, pasando por campesinos y trabajadores cualificados. Pujol también dotó a Convergència, y por extensión a CiU, de una identidad política que pivotaba sobre dos puntos clave: el compromiso insobornable con Cataluña, por un lado, y una cierta ductilidad ideológica y preferencia por el pacto, por otro. Este espacio evolucionó desde un nacionalismo pragmático, partidario del peix al cove (pescado al cesto), hasta el independentismo con Artur Mas y Carles Puigdemont. Pero se ha mantenido, en sus coordenadas principales, agrupado alrededor de Junts. Este espacio político es el que ahora está en peligro con la irrupción de Alianza Catalana, que representa, desde la extrema derecha, una enmienda a la totalidad al ADN pujolista.

Alianza ya no cree en el pactismo, ni en la flexibilidad ideológica ni en el principio de "Cataluña, un solo pueblo". Sílvia Orriols, impulsada por el rechazo a la inmigración y por la angustia existencial que esto provoca en muchos catalanoparlantes (y ahora también castellanoparlantes exvotantes de Vox y del PP), no solo aspira a enterrar la herencia convergente, sino también a dinamitar los puentes que, incluso en los momentos álgidos del Procés, nunca se terminaron de romper entre las formaciones de tradición catalanista y antifranquista, y que hicieron posible hitos impensables en España como la aprobación de una ley de educación con el apoyo de CiU, el PSC y ERC e ICV en 2009.

Arrasado el espacio postconvergente y con los consensos del catalanismo cuestionados, ¿cómo queda el mapa político catalán? Pues, paradójicamente, el avance de las extremas derechas española y catalana hace inviable un gobierno conservador en Cataluña debido a los vetos cruzados. La debilidad de Junts también imposibilita la siempre añorada por los sectores empresariales socialvergencia, de manera que la única mayoría operativa que queda es la de izquierdas, sea con el tripartito o sumando también la CUP. La paradoja, pues, está servida: cuantos más Alianza y Vox, más tripartito de izquierdas y, por extensión, más Salvador Illa.

Más extrema derecha y más izquierda

Y es que la encuesta del ARA también da otra clave interesante. La radicalización del espacio conservador no comporta un aumento del espacio de las derechas, sino al contrario. El fenómeno más innovador que detecta el sondeo es el de un trasvase de voto de Junts hacia ERC, sobre todo en las comarcas gerundenses. ¿Es posible que ERC esté recibiendo voto centrista, incluso con ADN convergente, de votantes que recelan de la derechización de Junts? Es una buena pregunta. Un fenómeno que podría ser paralelo a un cierto efecto Rufián en el área metropolitana. Otra paradoja.

El experto en inmigración Sergi Pardos-Prado advirtió hace más de dos años en una entrevista que le hizo Núria Orriols Guiu en el ARA sobre lo que le podría pasar a Junts si intentaba acercarse discursivamente a Aliança: "Si Junts quiere hacer un movimiento para no perder este 20-30% [del electorado], se arriesga a perder del otro lado ante ERC". Junts, sin embargo, sí hizo este movimiento cuando pactó con el PSOE el traspaso de las competencias en inmigración. Y ahora parece que está perdiendo votantes en ambas direcciones.

La encuesta, en todo caso, es una llamada de atención que debería obligar a Junts a replantearse toda su estrategia, dado que renunciar al ADN convergente (que hoy encarna el presidente del Parlament, Josep Rull) no les está funcionando. Quedan dos años para las elecciones, y tanto este espacio como su líder, Carles Puigdemont, han dado muestras sobradas de saber sobreponerse a los entornos más hostiles. Pero ahora la amenaza no es solo electoral sino también existencial. Lo que está en juego no es solo la supervivencia de un partido, un líder o unas siglas, sino una manera de entender el país y la política. Una fórmula que en su día parecía imbatible y hoy no acaba de encontrar su lugar.

stats