Sociedad 12/03/2021

Barrios más marcados por el estigma que por la delincuencia

El tráfico de drogas, la ocupación de viviendas y los hechos violentos generan más sensación de inseguridad

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Vista del edificio Venus del Barrio de la Mina de Barcelona, y una calle del centro de Sant Cugat

BarcelonaPuede chocar hablar de delincuencia y poner de lado una foto de la Mina de Sant Adrià de Besòs y una del centro de Sant Cugat del Vallès. El imaginario que se ha creado sobre los dos lugares esconde uno de los factores más influyentes en la delincuencia. “Poca gente debe de haber ido a la Mina, pero mucha dirá que se sentiría insegura porque tiene un estereotipo”, pronostica la criminóloga Antonia Linde. Probablemente se dirá el contrario de Sant Cugat. La etiqueta de un barrio se define como “uno de los dramas de la delincuencia”, explica el sociólogo y criminólogo Roger Mancho. El peligro es que “no hay una relación lineal entre la delincuencia y la percepción de inseguridad”, añade la directora del área de convivencia y seguridad urbana del Institut d’Estudis Regionals i Metropolitans de Barcelona (IERMB), Marta Murrià.

“Los territorios donde se localiza más actividad delictiva no tienen más percepción de inseguridad entre su población”, argumenta Murrià, que remarca que no solo el miedo de sufrir un delito hace que los vecinos de un barrio se sientan inseguros porque se asocian otros factores. Los que lo viven desde fuera están condicionados por la estigmatización de los lugares vulnerables: “Cuando se ven espacios deteriorados se crea la sensación de inseguridad”, describe Linde, profesora de los estudios de derecho y ciencia política de la UOC. “No bajaré a la plaza de debajo de casa si me siento inseguro. Esto también hará que mucha gente se retire de la plaza, que se produzca el fenómeno de ocupación de personas que no siguen tanto las normas, que empiecen a haber algunos actos vandálicos y se degrade el entorno”, ejemplifica Mancho.

Lo cierto es que los barrios con tasas de delincuencia más elevadas, a pesar de que “la inmensa mayoría” de sus vecinos no cometan delitos, acostumbran a reunir cinco factores: pobreza, densidad de población, gente que está de paso, deterioro y concentración desordenada de residencias, comercios e industrias, enumera Mancho, miembro del Colegio de Criminólogos de Catalunya. Murrià dice que “los barrios con más percepción de inseguridad son aquellos donde hay más proporción de personas con rentas bajas o en el paro, densidad residencial y vivienda social pero también grandes infraestructuras que rompen la continuidad del tejido urbano”. Los delitos que generan más esta inseguridad son el consumo y el tráfico de drogas, la ocupación de viviendas y los hechos violentos.

Mancho admite que “algunas actividades pueden pasar más desapercibidas” en los barrios vulnerables y Murrià habla de una “cierta tendencia” que haya una delincuencia “muy relacionada con las problemáticas sociales”, como por ejemplo el tráfico de drogas y la ocupación de pisos. Sin embargo, son lugares que “no atraen necesariamente” los robos personales, que se intentan hacer en los espacios con oportunidades, “con más posibilidades de ganancia y menos riesgo”. “Los hurtos se registran menos en las zonas residenciales y se concentran en las zonas de transición: donde hay más movilidad de población, aumenta el anonimato y con aglomeración”, enumera Linde, que añade que las personas que los cometen pueden venir de barrios vulnerables porque se desplazan hacia los puntos donde maximizan el beneficio.

El “riesgo” en respuestas

El verano de hace dos años los Mossos d'Esquadra anunciaron un plan de choque en la Mina para intentar combatir el tráfico de drogas y la delincuencia con más presencia policial. Desde el 2017 han hecho más actuaciones que nunca por el cultivo de marihuana en Catalunya, un “polo de atracción” para las mafias europeas. Murrià alerta del “riesgo” que comporta vincular las drogas con la inseguridad porque esto puede hacer “que se den respuestas solo policiales a un problema que hay que abordar desde las políticas de salud pública y sociales”. “Cuando se incrementa la vigilancia se hace más resistente el acceso a las víctimas y da resultados si se quiere reducir la delincuencia en lugares específicos. Políticamente es más fácil de vender”, apunta Mancho, que apuesta por trabajar la seguridad desde varios ámbitos para no necesitar siempre una patrulla.

El IERMB hace cada año una encuesta de victimización para medir los delitos desde las víctimas. El resultado muestra unas tendencias a la alza, en diferentes grados, en los cuatro ámbitos analizados en el área metropolitana de Barcelona: seguridad personal, vehículos, domicilios y comercios. Desde la anterior crisis económica la victimización se ha disparado sobre todo contra la seguridad personal por los robos y las violencias, con conductas que intimidan, agresiones verbales y en menos frecuencia físicas.

Si se mira cuántas personas están en la prisión según el municipio donde viven, las distancias son abismales. Sant Cugat hace cinco años tenía una tasa de menos de 40 vecinos en la prisión por cada 100.000 habitantes. La misma tasa se multiplicaba por 10 en Sant Adrià de Besòs. “Los barrios vulnerables concentran los trabajos menos cualificados y el nivel socioeconómico más bajo. Hace falta una intervención educativa y recursos sociales”, avisa Linde. Mancho concluye que faltan “acciones sostenidas y coherentes en el tiempo”, que vayan más allá de una legislatura, para revertir los barrios que arrastran la etiqueta de la delincuencia.

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