TIERRA -NO SUEÑOS-

Ancestrales con complejidad y sentido

Burbujas de una única fermentación representando paisaje
16/09/2026 - 08:21 h.
2 min

“Intenté despertar la conciencia de los asistentes ante el momento delicado que vive el mundo del vino insistiendo en su labor cultural y social, que es muy grande”. Andreu Ortiz es la segunda generación del Celler Nin Ortiz, en Porrera. Ha sido reconocido como uno de los cien jóvenes talentos de la gastronomía 2026 por el Basque Culinary Center, junto a sommeliers como Cyril Vermeulen y Paula Cuenda y los cocineros y primos Martí y Marc Roca (El Celler de Can Roca). “No lo recibo como un peso, me motiva, me hace ilusión. Salí del acto con muchas ganas de trabajar todavía mejor y de superar retos”, revela. Estudió relaciones internacionales, que le han servido en el mundo del vino para prever y preparar escenarios, para negociar y para aprender de las opiniones contrarias. Tiene memoria de pequeño en el campo: podando, cargando piedras, subido al tractor. De adolescente, necesitó distanciarse de ello.

“Estoy heredando la revolución que iniciaron la enóloga Ester Nin y mi padre Carles Ortiz, pero todavía está en marcha. En el 2000 ya empezaron con la viticultura biodinámica. Han sido los primeros en adoptar la filosofía parcelaria, en recuperar variedades como la cariñena blanca, en embotellar con formato Borgoña. Y lo siguiente es que consigamos bajar la graduación de los vinos de la DOQ Priorat, y no excepcionalmente por la añada. Esto no afecta a su tipicidad”, resume con vehemencia y mucha reflexión de fondo previa. Y añade: “Soy un privilegiado por crecer entre ideologías tan puras y perfectas. Han hecho un trabajo excelente desde el punto de vista ético, mecánico y filosófico, y eso es complicado mejorarlo”.

Se ha insertado en la bodega tranquilamente, y siempre ha dicho la suya. La aventura comenzó en segundo de carrera, cuando elaboró un ancestral accidental, fruto de una parada de fermentación del Selma, un vino tranquilo. Ahora tiene dos propios en el mercado: el Astral y el Selmot. El primero, elaborado con garnacha negra del Priorat; el segundo, con parellada del Pla de Manlleu. Vibrantes, gastronómicos y complejos, fruto de las crianzas largas. Da salida a uvas que no llegan al grado, por un lado, y a variedades subestimadas, por el otro. “La condición que me pusieron fue elaborar primero un champancito de saúco –reconoce–. Los hago para plantar cara a métodos tradicionales de gama de entrada”. Pocas botellas y bien situadas. Se le agotan. Con injerto, entusiasmo y alas para todo lo que tiene que venir en el Priorat –“Hacer cada año el mejor vino, respetando las viñas viejas y transmitiendo la expresión de parajes y variedades”–, cree que el lugar para crecer es en Aiguamúrcia. El Pla de Manlleu es un lugar ignoto, con altura, donde están las raíces familiares de Ester Nin y ahora también el propósito de futuro de Andreu Ortiz.

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