La barbaridad de arrinconar la evolución en la educación secundaria
Que el 61% de los alumnos catalanes terminen la enseñanza obligatoria sin haber trabajado la evolución no es un dato anecdótico. Es un síntoma estructural. El currículum vigente no incluye la evolución en primaria y la sitúa en 4º de ESO como optativa. Esto equivale, en la práctica, a convertir en prescindible el marco conceptual que da sentido a toda la biología. Y esto es, sencillamente, una barbaridad intelectual.
La evolución no es un contenido más dentro de la biología. Es su arquitectura profunda. Desde Charles Darwin hasta la síntesis moderna que integra genética, desarrollo y selección natural, la biología ha dejado de ser una descripción de seres vivos para convertirse en una ciencia histórica y explicativa. El origen común de los organismos, la diversificación de la vida, la variación genética, la deriva, la adaptación o la especiación no son capítulos independientes: forman parte de un único relato coherente.
Sin evolución, la biodiversidad es un inventario. Con evolución, es una historia. Es la historia de la vida, nosotros incluidos.
En las últimas décadas, la biología evolutiva ha experimentado un desarrollo extraordinario. La genómica comparada permite reconstruir árboles filogenéticos con una precisión impensable hace solo treinta años. El estudio de variantes víricas se basa en principios evolutivos, ¿o no recordamos ya las variantes del SARS-CoV-2 que hubo en la pandemia de covid-19? La resistencia a los antibióticos es un fenómeno evolutivo. La medicina personalizada, la conservación de especies amenazadas o la mejora genética de cultivos ante la sequía también lo son. Cataluña, además, dispone de grupos de investigación punteros en genética de poblaciones, evolución molecular y biomedicina evolutiva. Resulta paradójico que un país con excelencia científica en este ámbito decida diluir su enseñanza básica.
En la mayoría de sistemas educativos de nuestro entorno europeo, la evolución constituye un eje estructural del currículum de ciencias desde las etapas iniciales. No es una cuestión ideológica, sino científica: la evolución es el marco que articula los contenidos. Que en Cataluña devenga marginal u optativa no nos sitúa a la vanguardia pedagógica, sino en una posición difícilmente explicable desde el punto de vista académico y pedagógico.
Aún más grave es la práctica ausencia de evolución molecular en la educación obligatoria. Hoy sabemos que comparar secuencias de ADN permite estimar tiempos de divergencia entre especies y comprender el origen de nuevas funciones biológicas. Estas herramientas conceptuales son parte de la cultura científica contemporánea. No introducirlas, ni siquiera de manera adaptada, es formar generaciones con una biología incompleta.
A diferencia de lo que a menudo se cree, la evolución no es una teoría del progreso. No hay dirección predeterminada ni mejora inevitable. La selección natural es oportunista: actúa sobre la variación existente y favorece aquello que funciona en un contexto determinado. Entender esto es profundamente formativo, porque nos vacuna contra lecturas teleológicas y contra usos ideológicos que han pretendido justificar desigualdades, supremacismos o racismo invocando una supuesta “león natural”. La evolución nos hace ser más modestos, como población y como especie.
La evolución no es solo una teoría biológica. Es también una manera de entender el tiempo, la transformación y la contingencia. Ha influido en la filosofía, en la antropología, en la manera como nos pensamos como especie. Excluirla del centro del currículum no empobrece solo la formación científica: empobrece la cultura general. Sin evolución, la pregunta “¿qué somos?” queda desconectada de la pregunta “¿de dónde venimos?”.
Sacar la evolución del centro del currículum no es solo una decisión académica aberrante. Es una decisión con consecuencias culturales. Sin evolución, se debilita la capacidad de pensar en términos de cambio, contingencia y complejidad. Se refuerzan visiones esencialistas del mundo. Se pierde una herramienta intelectual fundamental para comprender qué somos y de dónde venimos.
El currículum ha querido priorizar competencias transversales. Pero las competencias sin estructuras conceptuales sólidas se convierten en habilidades vacías. No se puede desarrollar pensamiento crítico real sin comprender los grandes marcos explicativos del conocimiento científico. Aprender a “trabajar en equipo” o a “resolver problemas” no sustituye entender los fundamentos de la vida y de su diversidad.
En un momento en que la desinformación científica circula con facilidad y en que reaparecen discursos anticientíficos disfrazados de opinión personal, relegar la evolución del currículum es también un error de responsabilidad pública. Comprender cómo funciona el cambio biológico ayuda a distinguir evidencia de creencia, datos de dogma. No es solo una cuestión académica: es una herramienta de ciudadanía crítica.
El debate no es técnico ni corporativo. No es una reivindicación de especialistas. Es una cuestión de coherencia intelectual. Un sistema educativo que diluye el principio unificador de la biología transmite el mensaje de que los fundamentos pueden ser secundarios. Y cuando los fundamentos se vuelven optativos, el conocimiento deviene superficial. Recuperar la evolución en el centro del currículum no es un capricho académico: es una exigencia de rigor. En un país que quiere basar su futuro en el conocimiento, arrinconar la evolución no es una modernización pedagógica. Es una contradicción. Y las contradicciones, en educación, se pagan a largo plazo.