Nos hemos acostumbrado a encontrar siempre de todo. Sin embargo, si para garantizarlo se recurre más a la importación hay que tener presente que implica "costes ocultos", detalla Bach-Faig: intensifica dependencias logísticas, incrementa la huella ambiental y puede "externalizar" impactos sociales y ambientales a terceros países. Así que, ante el cambio climático, los consumidores podemos priorizar el consumo de temporada y de proximidad, aceptar pequeñas interrupciones de alimentos y sustituirlos dentro de un mismo grupo –si escasea una verdura, optar por otra de temporada–, buscar alimentos básicos versátiles que estabilizan la despensa y el presupuesto (como legumbres, diversión sarraceno)– y reducir el desperdicio. Al fin y al cabo, en nuestro entorno se trata de volver a una dieta mediterránea "más de verdad" –más vegetal, más estacional y cocinar–, dice Bach-Faig, con doble beneficio: salud y clima.
El aceite no es un caso aislado: así es como el cambio climático nos trastoca la cesta de la compra
El incremento de los fenómenos extremos altera las temporadas, la disponibilidad y el precio de los alimentos
Ir a comprar para comer ya no es lo que era. Los precios han subido y quizás no siempre están los productos que esperábamos encontrar o no son de proximidad a pesar de estar en temporada. De hecho, podemos estar más perdidos que nunca sobre las temporadas de los alimentos y no sólo porque nos hayamos despreocupado de ellos, sino porque se están desdibujando. Detrás de todo a menudo está el cambio climático, que ya ha trastocado la cesta de la compra de manera significativa y que aún lo hará más, especialmente si el mundo sigue sin dar pasos decisivos para mitigarlo. Ahora tomar conciencia y actuar como consumidores se ha convertido en esencial.
Para Anna Bach-Faig, que dirige el máster de Alimentación Saludable y Sostenible de la UOC, "cada vez es más evidente que el clima ya no es un telón de fondo neutro: es un actor que condiciona lo que comemos y cuándo lo comemos". Los fenómenos extremos como las oleadas de calor, las sequías o las lluvias torrenciales "alteran cosechas, desplazan temporadas y tensionan la disponibilidad de alimentos básicos", y de paso el precio, por lo que "lo que hasta hace poco parecía garantizado –como encontrar de todo en el supermercado– es frágil". No es una cuestión de comodidad: tiene afectaciones en la salud, la economía local y la sostenibilidad global.
El aceite no ha sido el único
¿Cuándo va a comprar se ha tenido que rascar el bolsillo más que antes? El motivo puede estar en hechos consumados o expectativas negativas con el cambio climático de trasfondo. Tales como, una mala cosecha por la sequía, que da la impresión de que será mala o una combinación de los dos escenarios. El incremento exponencial del precio del aceite de oliva de los últimos años es un caso paradigmático, pero el año que acabamos de despedir, en el 2025, nos ha dejado muchos más ejemplos.
Debido a las altas temperaturas, el pasado verano llegó a escasear la judía perona de proximidad o fallecieron buena parte de las crías de mejillón del Delta del Ebro –la semilla se ha tenido que importar–, mientras que las temperaturas suaves del otoño hicieron que la temporada del tomate o de albernez se produzca bien el benjamín inaudita. De lo que ocurre más allá de Cataluña también se sufren las consecuencias aquí: la sequía ha hecho que la deliciosa uva moscatel que se cultiva en Alicante para comer en la mesa a menudo se haya visto sustituido en el súper por el aledo, también cultivado allí, pero que es más resistente; la castaña se ha disparado de precio debido a los incendios de Galicia o los turrones que has pillado estas Navidades pueden haberse encarecido porque el cacao ha llegado a estar por las nubes.
Además, existen afectaciones vinculadas al cambio climático que, aunque no las vemos, tarde o temprano nos acaban repercutiendo. Oriol Camallonga, socio de La Dotzena de huevos ecológicos, relata que desde hace unos años han tenido que invertir en climatización para las gallinas –"si el verano es muy fuerte, pueden llegar a morir", subraya–, pero cuando se trata de la alimentación de los animales no todo está por sus manos: si el cebo o por una mala cosecha–, es necesario que venga de fuera y eso se paga. En el caso de los huevos, además, las expectativas negativas generadas por la gripe agraria disparó los precios al alza.
Como Camallonga, varios productores y elaboradores de proximidad que han participado en el último Gastronomic Forum Barcelona explican que viven los efectos del cambio climático de primera mano, y hacen manos y mangas para que no recaigan sólo en el consumidor. Alessandro Cafiero, de Pastes Sanmartí, garantiza que la clientela "solo ha pagado la mitad de lo que habría tenido que pagar" por el encarecimiento de la sémola. Como en el caso de Vallflorida Xocolaters, admite Gerard Costa, que ha tenido que subir los turrones y panettonas un 7% para poder seguir sobresaliendo: "No puedes luchar con precio, pero puedes luchar con calidad".
España es muy vulnerable
Una investigación internacional liderada por Maximilian Kotz del Barcelona Supercomputing Center – Centro Nacional de Supercomputación (BSC-CNS) ha acreditado que en países de todo el mundo los alimentos se encarecen a causa de fenómenos meteorológicos extremos, que van al alza con el cambio climático, y del correspondiente desequilibrio entre la oferta y la demanda. Ocurre con productos agrícolas, pero también del mar. España es "uno de los países más vulnerables de Europa", avisa Kotz, para el que también "es evidente que la exposición a este tipo de eventos será más frecuente e intensa". Nos podemos adaptar para reducir su impacto, en el que hay que invertir y "no está claro hasta qué punto realmente puede ayudar", por lo que dice que "lo primero que hay que hacer es tomar las medidas necesarias para detener el cambio climático".
Para Kotz, "cada acción para reducir las emisiones reduce nuestra exposición futura a estos impactos y nos da una mejor oportunidad de garantizar un suministro de alimentos estable y asequible en el futuro". Con nuestras elecciones alimentarias tenemos mucho que hacer. "El sistema alimentario es responsable de entre un 30% y un 37% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, y en la UE la comida es el mayor componente de la huella ecológica personal", remarca Bach-Faig, por el que recomienda adoptar una dieta saludable y sostenible: comer más vegetales, menos carne roja.
Lo mismo propone Ujué Fresan, que es investigadora en dieta sostenible del IRTA, y avisa de que el cambio climático también tiene una dimensión social: las clases más deprimidas "serán las más afectadas" con las subidas y su dieta "se empobrecerá aún más". Así que Kotz cree que, además de implicarse a la ciudadanía, es necesario que lo hagan las administraciones públicas. El proyecto PLAN'EAT, en el que participa la UOC, ha determinado que son clave medidas como garantizar menús saludables y sostenibles en restauración colectiva (comedores escolares, hospitales...) porque se convierten en fuente de inspiración, o combatir la desinformación e imponer restricciones a la publicidad infantil para que la ciudadanía tome decisiones informadas.
Imma Tugas, de Tugas Pagès, también pide que los consumidores nos informemos y formemos para saber priorizar el consumo de temporada y proximidad: "Si cada uno hiciésemos ese pequeño esfuerzo consciente de consumo no habría ningún problema". El precio es uno de los principales factores que nos condicionan la compra, pero volviendo al aceite de oliva es uno de los alimentos esenciales que convendría no escatimar, comprándolo virgen extra, el de mayor calidad. "Debemos acostumbrarnos a tener siempre este aceite", defiende Florinda Vidal Masip, del aceite Degustus, quien considera que sus oscilaciones de precio habría que tomárselas como las de la gasolina: "Antes se subía uno o dos céntimos y la gente se ponía las manos en la cabeza, pero ahora no hace ni caso".