Compartir casa el fin de semana, mucho más que una segunda residencia
Las segundas residencias han dejado de ser una opción asumible para muchas familias que, a duras penas, pueden acceder a una primera vivienda; por eso idean otras soluciones para poder disfrutar los fines de semana fuera de la ciudad
BarcelonaCon solo quince días, Bruna pasó su primer fin de semana en una casa que, hacía poco, sus padres y una decena más de familias habían alquilado conjuntamente para compartir tiempo y ocio. Ahora tiene veinte años y, aunque no sube tanto como antes, está contenta de poder disponer de ella. “Recuerdo la ilusión de los viernes por la noche, cuando sabía que íbamos”, explica Bruna, “nos lo pasábamos muy bien, hacíamos excursiones y teníamos una cabaña”.
La familia de Bruna es impulsora de un proyecto que ya tiene más de dos décadas de vida y que ha ido incorporando nuevos núcleos cuando otros lo van dejando. Lida es una de estas nuevas incorporaciones y lo conoció porque fue invitada por unos amigos. “Yo quiero esto, dije de inmediato”, explica. Después de este primer contacto vino la pandemia. Entonces le fue complicado encontrar una casa grande fuera de Barcelona para montar un proyecto nuevo, y en los que estaban en funcionamiento, no había espacio. Finalmente, los mismos amigos que se la enseñaron salían y aprovecharon la ocasión.
Ahora van más o menos una vez al mes y sobre todo durante el curso escolar y le gustaría poder coincidir más con las otras familias. Son una de las familias que más uso hacen. Sabe que cuando los niños se hacen grandes es más difícil, porque tienen una agenda propia de competiciones deportivas, música, ocio… Por eso, aprovecha que las suyas todavía son pequeñas para disfrutarlo al máximo y reconoce que para que el proyecto sea sostenible tiene que haber familias con niños y niñas pequeños, ya que la adolescencia es el momento que más bajas genera. “Yo agradezco que mis padres no se descolgaran y lo continuaran batallando”, admite la Bruna, “porque incluso de adolescente, aunque podíamos tener otros planes, también lo pasábamos bien”. Con esta experiencia, la Bruna ya piensa que, si depende de ella, intentará mantenerlo: “Ahí acumulo muchos recuerdos, en la casa, es una idea que me llama mucho la atención y me gustaría mucho también para mis hijos”.
Compartir casas fuera de Barcelona es una práctica que no solo es más asequible económicamente que disponer de una segunda residencia propia, sino que genera mucha satisfacción entre quienes apuestan por ella. Natàlia Cantó, socióloga y profesora de los Estudios de Artes y Humanidades de la UOC, le ve estas ventajas, pero destaca algunos valores añadidos, como el hecho de tener compañeros de juegos para los niños, compartir conversaciones y veladas, para los adultos, y, hasta incluso, repartir las actividades de cuidado familiar. Todo ello, puede suponer “un aprendizaje muy grande”, según Cantó, que recalca que el contexto familiar también transmite “un mensaje y un estilo de ocio y de habitar el mundo”.
'Los de la rectoría'
En el proyecto en el que participa Jordi tienen esta misma filosofía compartida. Eran compañeros de grupo scout cuando eran jóvenes y ahora hace dieciséis años que decidieron buscar un espacio para compartir los fines de semana. Lo encontraron en Montclar del Berguedà, donde el Obispado les alquiló la rectoría. Él y su pareja no entraron hasta que tuvieron la primera hija y ahora hace más de diez años que procuran subir allí una vez al mes. Tienen muy buena relación con el pueblo, un municipio que ha sufrido despoblación décadas atrás, donde se les conoce como “los de la rectoría”, y el Obispado tampoco les ha puesto nunca ningún inconveniente.
Son cinco unidades familiares, tres con hijos, que viven este espacio como un lugar para encontrarse con los amigos. “Si no suben los otros, difícilmente subimos”, dice Jordi, para explicar que lo que da sentido a la iniciativa es compartir el tiempo con amigos que también tienen hijos en edades similares. De hecho, se pueden llegar a encontrar seis niños de entre ocho y dieciséis años. Para conseguirlo, intentan aprovechar todos los fines de semana largos y se reservan, sobre todo, dos fechas para estar todos: San Juan y la Fiesta Mayor.
Normas y organización
Ampliar la red de relaciones de los pequeños fomenta su sentimiento de comunidad y la autonomía y, por ello, la psicóloga de familia Gemma Tejedor, del centro Nexum de Barcelona, lo considera una experiencia “muy enriquecedora”, pero alerta, también, que hay que “cuidarlo, generar entendimiento entre los integrantes y ponerle una mirada adulta con comunicación y complicidad”.
En este sentido, no hay normas escritas y cada proyecto funciona tal como han querido sus impulsores. En el caso de Jordi partían de la experiencia del escoltismo que les ha facilitado este entendimiento desde un inicio y tienen la suerte de que es una casa grande y cada familia tiene su habitación. A pesar de que alguna vez se han tenido que reunir para tomar decisiones, no tienen un “decálogo de funcionamiento”, sino unas normas muy básicas, como por ejemplo que cada noche que pasan dejan un pequeño importe extraordinario en el bote común para las facturas. Así, quien más uso hace, más participa de los gastos. En cuanto a las comidas, se diseña un menú cuando se llega, se va a comprar y se cocina para quienes están entre todos. “Nos hemos ido haciendo los unos a los otros”, explica Jordi.
La casa de Lida y Bruna no es lo bastante grande para que cada familia tenga su habitación, pero eso tampoco les genera ningún inconveniente, porque difícilmente coinciden las diez. Como Jordi tienen unas fechas fijadas (San Juan, la Castañada y una calçotada en febrero), pero también es complicado ser las diez. No tienen normas más allá de las mínimas de tener que dejar la casa limpia y cerrada, pero sí que tienen pactados los menús para la noche de la llegada y la primera comida. Todo el mundo sabe que tiene que llevar los ingredientes para cocinar, entre todos, esos primeros platos y, el resto, se decide previamente y también lo llevan todo para cocinar conjuntamente. Una vez al año, también procuran que al menos un miembro de cada familia suba para hacer un mantenimiento general.
Un lugar seguro
Si no hubiera apostado por este proyecto, la familia de Lida tampoco habría buscado una segunda residencia por su cuenta. Lo que les movió a entrar fue poder ofrecer a sus hijas la oportunidad de compartir espacio con otras criaturas “de manera cuidada y sana, con gente cercana y amiga”. Es la misma forma de entender la experiencia que tiene Jordi, que no la asimila como una segunda residencia sino como un espacio de encuentro. “Nos llena mucho ver que para nuestros hijos e hijas Montclar es un espacio seguro, donde tienen amigos que son como primos”, detalla, “es como una especie de familia”. El recuerdo y el balance que hace Bruna confirma que el objetivo es asumible: cree que la experiencia le ha enseñado a compartir, de pequeña, y le ha aportado conversaciones muy interesantes y muy diferentes, de mayor. “He crecido, he aprendido muchas cosas y las he experimentado y, sobre todo, es un lugar seguro donde nadie me juzga pase lo que pase”.
La experiencia de crear un espacio de encuentro para compartir los fines de semana, más allá de quedadas puntuales, permite trabajar y desarrollar áreas diversas en los niños. Desde el centro Nexum, Gemma Tejedor, identifica cinco y nos habla desde el punto de vista más positivo, pero también nos alerta de la necesidad de tener en cuenta ciertos riesgos:
- 1. La socialización Es una oportunidad para crear vínculos profundos y de manera estable, lo que favorece las habilidades sociales de los menores, así como el sentimiento de pertenencia. Al mismo tiempo, pero, estos mismos vínculos pueden ser tan intensos que generen conflictos igualmente intensos y aparezcan roles y liderazgos más marcados.
- 2. La burbuja social Los proyectos compartidos son comunidades naturales reales y se pueden entender como una extensión de la familia nuclear. Esta comunidad refuerza valores como la solidaridad, la cooperación o el apoyo mutuo y puede “airear” la familia nuclear. Sin embargo, si el grupo es muy homogéneo, se puede reproducir cierta endogamia y limitar la exposición de niños y niñas a la diversidad.
- 3. La autonomía El juego libre en un entorno seguro y estable como este mejora la autonomía de los niños, ya que se dan las condiciones para explorar más, tomar decisiones y crea una libertad necesaria. A niños con menos necesidades sociales, en cambio, les puede suponer cierta saturación y el deseo de estar en su casa.
- 4. El contacto con la naturaleza El juego al aire libre y menos estructurado impacta positivamente en el desarrollo emocional y físico de niños y niñas (y también adultos) acostumbrados a vivir con prisas, a seguir rutinas y cumplir horarios, porque se flexibiliza. Así se idealiza la experiencia, lo que puede enmascarar las tensiones que se pueden generar entre los adultos, sobre todo por la mínima rutina y organización que hay detrás, que puede ser agotador.
- 5. Los modelos educativos diversos Compartir tiempo con otras familias hace que niños y niñas vean otros modelos de familia, que cada una tiene sus límites y maneras de hacer. A los niños y niñas les enriquece la flexibilidad y la comprensión social, pero también puede generarles ciertas confusiones por las diferencias familiares más laxas o más rígidas, lo que puede, también, abrir tensiones entre los adultos.