Guerra de nombres en el Museo Británico: ¿rigor académico o borrado humano y cultural?
Algunas de las salas dedicadas al Antiguo Egipto y Oriente Medio sustituyen las referencias a los palestinos por las de los cananeos
LondresA menos de cien metros del Museo Británico, en el icónico establecimiento de la London Review Bookshop, uno de los primeros títulos con los que el cliente se encuentra nada más franquear la entrada es la nueva edición de un clásico de 1979, The Palestinianos, que firmó el periodista Jonathan Dimbleby y que ilustró al fotógrafo Don McCullin. El prólogo se iniciaba con la justificación de por qué era necesario ese libro en ese momento. Palabras que, casi medio siglo después, siguen resonando con fuerza.
Dimbleby hacía referencia al décimo aniversario de una declaración que la entonces primera ministra de Israel, Golda Meir (1969-1974), había hecho en The Washington Post un par de meses después de llegar al poder, y que hoy en día suscriben Benjamin Netanyahu, Bezalel Smotrich y tantos otros dirigentes sionistas, que han practicado crímenes de guerra o genocidio en Gaza: "No hay tal cosa como los palestinos. No existen", dijo Meir al diario estadounidense. Dimbleby no estaba de acuerdo, y calificó la afirmación de "falsedad flagrante".
Para demostrarlo escribió el libro, entrevistando a los viejos que eran niños cuando la Declaración Balfour (1917) –una carta emitida por el ministro de Asuntos Exteriores británico, Arthur Balfour, en la que el Reino Unido expresaba el apoyo al establecimiento de un "hogar nacional" para el pueblo judío en Palestina– y preparó el camino para el éxodo de Palestina –la Nakba de 1948, coincidiendo con la creación del estado de Israel–. Habló también con los niños que nacieron en la diáspora y en campos de refugiados, y que después estaban dispuestos a participar en una guerra de guerrillas, en actos de terrorismo y en las intifadas para responder a la agresión israelí antes que renunciar al derecho a una tierra en permanente disputa.
En todo caso, los estremecedores testigos recogidos por Dimbleby y una extraordinaria galería de imágenes íntimas y tremendamente humanas que les acompañaban demostraban lo que Meir quería negar: la existencia de los palestinos como pueblo y como pueblo vinculado a un territorio concreto. Pero, ¿desde cuándo? ¿Cuál es ese territorio? Lo que abraza desde el río Jordán hasta el mar, ¿sólo? ¿También lo que hay en el este del Jordán? ¿Cómo ha evolucionado esta población a lo largo, no de décadas, sino de milenios? ¿Y las fronteras? ¿Cuál es el debate historiográfico y arqueológico al respecto?
Un elección no inocente
Lo cierto es que Palestina y palestinos no son palabras inocentes. Utilizarlas o no, o borrarlas de los mapas o mantenerlas, tiene o puede tener evidentes connotaciones políticas. Y en los últimos días, algunos críticos con el Museo Británico creen que la famosa institución del barrio de Bloomsbury –que se ve a sí misma como "el museo del mundo", pese a la huella colonial y de expoliación que soporta– se ha puesto del lado de Golda Meir al borrar el nombre de Palestina de algunos de sus el Antiguo Egipto.
El diario británico conservador The Sunday Telegraph informaba el pasado fin de semana. Y decía también que se había procedido a ello como respuesta a las quejas de un lobi de abogados proisraelí, UK Lawyers for Israel (UKLFI), que había denunciado por carta a la dirección del museo "el uso anacrónico e incorrecto del topónimo Palestina para determinadas galerías y épocas". UKLFI sostenía que "aplicar un solo nombre –Palestina– retrospectivamente en toda la región, a lo largo de miles de años, borra los cambios históricos y crea una falsa impresión de continuidad". Y eso, entre otras premisas, contradice la política oficial de Israel, la misma que pregonaba Golda Meir.
La polémica se hizo obvia con un cambio en un panel informativo sobre los Hicsos, un pueblo que gobernó parte del actual territorio de Egipto hace unos 3.500 años. Donde el museo antes decía que eran de "descendencia palestina", ahora ha pasado a describirlos como "de descendencia cananea", que sería una denominación geográfica y cultural para los pueblos del Levante sur durante la edad del bronce.
El museo se defiende bajo el manto de la "precisión histórica". Sin embargo, esta pulcritud terminológica parece aplicada con una precisión quirúrgica sólo donde el nombre de Palestina puede incomodar. Para los críticos, no es una cuestión de cronología, sino de gaslighting histórico: utilizar la verdad de 1500 a.
No por casualidad, el representante palestino ante el gobierno británico, Husam Zomlot, ha protestado a través de los medios de comunicación. Y ha dicho: "Los intentos de presentar el nombre Palestina como controvertido se arriesgan a contribuir a un clima más amplio que normaliza la negación de la existencia palestina en un momento en que el pueblo palestino de Gaza se enfrenta a un genocidio continuo, y sus compatriotas palestinos de Cisjordania se enfrentan el estado" de Israel.
La historia, o su interpretación, no es inmutable al paso del tiempo. O puede sufrir vergonzosas manipulaciones o pequeños estremecimientos que busquen los matices a relatos que parecían eternos. El historiador irlandés Connal Parr, de la Northumbria University, de Newcastle, lo ratifica: "Para ser justos, la historia siempre cambia, y la forma en que se presenta la historia en la esfera pública también cambia constantemente". Dicho esto, Parr también comenta que, pese a las excusas ofrecidas por el museo, los cambios realizados reflejan "el poder de este lobi, que está muy bien organizado".
El museo también ha comentado que para las galerías de Oriente Medio, para mapas que muestran regiones culturales antiguas, el término Canaan es relevante para el Levante sur a finales del segundo milenio antes de Cristo. "Utilizamos la terminología de la ONU en mapas que muestran fronteras modernas, por ejemplo Gaza, Cisjordania, Israel y Jordania, y nos referimos a palestino como identificador cultural o etnográfico cuando procede". Sin embargo, en ningún caso se puede decir que el topónimo Palestina se haya borrado de todas las salas del museo. Por lo menos, de momento. Una visita al área donde se encuentran los vestigios monumentales de Ramsés II es la prueba. Los mapas indican claramente como Palestina el área entre el Jordán y el mar, que incluye lo que hoy es Cisjordania, Israel y la Franja de Gaza.
La realidad, en cualquier caso, es mucho más compleja que un titular muy intencionado que, en el caso del Sunday Telegraph, remaba a favor de los intereses del Estado de Israel y, de rebote, servía como propaganda de la fuerza de un lobi muy activo y, en verdad, con un gran poder de presión e influencia en el Reino Unido. La dirección del Británico ha asegurado, también, que la nueva presentación de paneles informativos se remonta a principios de 2025, mucho antes de que se recibiera la carta del lobi proisraelí de abogados.
El peso del pasado romano
Los defensores de la polémica revisión insisten en que el nombre de Palestina es "una imposición colonial antigua". Douglas J. Feith, del Instituto Hudson, y ex miembro de la administración demócrata de Estados Unidos entre 2001 y 2005, escribía en un artículo hace poco más de cuatro años que fueron "los antiguos romanos quienes fijaron el nombre en la Tierra de Israel". Según su tesis, "en 135 después de Cristo, una vez sofocada la segunda insurrección de la provincia de Judea, los romanos cambiaron el nombre de la provincia por el de Siria Palaestina". "Lo hicieron con resentimiento, como castigo, por borrar el vínculo entre los judíos y la provincia", decía Feith. Desde esta perspectiva, el uso de Palestina para épocas anteriores sería un acto de "complicidad" con ese castigo romano, remachaba.
Esta tesis argumenta que la división de Palestina no empezó con la ONU, sino en 1921, cuando el Reino Unido separó la región de Transjordania (la actual Jordania) del territorio original del Mandato de la Sociedad de Naciones. Históricamente, líderes como Ariel Sharon han utilizado este hecho para defender la idea de que "Jordania es el estado Palestino". Con este argumento, Sharon pretendía bloquear la creación de un nuevo estado árabe en Cisjordania: si los palestinos ya tenían uno en el oriente del Jordán, no deberían reclamar otro en la parte occidental. Así, cualquier demanda territorial palestina entre el río y el mar se presenta como ilegítima.
Por su parte, la arqueóloga e historiadora Josephine Quinn –la primera mujer en ocupar la cátedra de Historia Antigua en la Universidad de Cambridge y miembro del St. John's College– pone en duda la idea de que los palestinos sean simples descendientes de extranjeros en esta zona del Levante sur. Cabe recordar que los filisteos eran un pueblo de origen egeo que se asentó en la costa de Canaán hacia el siglo XII a. C. y que dio nombre a la región: Palestina proviene, etimológicamente, de Filistía.
En un artículo publicado a finales del año pasado en la London Review of Books, Quinn utilizó una máxima arqueológica bien conocida –"los botes no son personas"– para advertir que encontrar cerámica de estilo filisteo no significa que la población original fuera sustituida por invasores.
Para la autora, esta zona del Levante sur ha sido siempre un telar de mestizaje donde los habitantes locales (los cananeos) convivieron y se mezclaron con los recién llegados. o filistea, sino el fruto de milenios de permanencia en esta tierra".
Medio siglo después de la publicación del libro de Jonathan Dimbleby –un amigo personal del rey Carlos III–, la lucha de los palestinos ya no es sólo por el derecho a la tierra, sino por el derecho a aparecer en los mapas de historia.