¡Hija y padre, qué historia!
Eulàlia Duran y Agustí Duran i Sanpere, dos puntales de la historia de Catalunya y Barcelona
BarcelonaEstamos en la torre de la muralla romana del Palau Requesens, sede de la Real Academia de Buenas Letras. Eulàlia Duran, 91 años muy bien llevados, es algo como si volviera a casa. Vivió de pequeña en otra torre romana de Barcelona, la de la Casa del Ardiaca. Es la hija de Agustí Duran Sanpere (1887-1975), el hombre que reinventó la historia de Barcelona y creó tanto el archivo como el museo de la ciudad. Hoy –jueves por la noche– se le homenajea, con cierto retraso, a la estela de los 50 años de su muerte. En Barcelona, Duran y Sanpere da nombre a un pequeño pasaje en el Raval donde hoy se encuentra el diario ARA. Una feliz coincidencia: con la instauración de la hemeroteca del Ardiaca, Duran y Sanpere hizo mucho para la conservación de la memoria de la prensa. Los periódicos tenemos un deber con él. La ciudad, también.
Duran y Sanpere, que había preservado la cultura catalana desde la capital durante la dictadura de Primo de Rivera, que había vivido con ilusión y ambición en los años republicanos al frente de las instituciones barcelonesas y que, terca y hábilmente, había mantenido su continuidad durante el franquismo, por pocos meses. Sí vio, con íntima satisfacción, la eclosión de una de sus hijas, la pequeña Eulalia, como gran historiadora, una auténtica pionera entre las mujeres en tiempos aún de patriarcado historiográfico.
Eulàlia Duran mantiene una sonrisa fácil y una lucidez envidiable. Traductora de Pierre Vilar, discípula de Jaume Vicens Vives –junto a sus amigos Josep Fontana, Jordi Nadal y Emili Giralt–, compiladora de la obra de Miquel Batllori, amiga de Joan Fuster, profesora de toda una generación de filólogos e historiadores, su obra de historia cultural ha contribuido decisivamente a la (XVI-XVIII).
Conoce bien la Academia de Buenas Letras. Su padre ciertamente la salvó e impulsó (y presidió) en momentos difíciles, y ella ingresó con todos los méritos en 1987 (en 1991 lo hacía en el Institut d'Estudis Catalans). Apacible y sabia, este jueves por la noche vuelve a pisar el Palau Requesens rodeada de amigos y recuerdos. Por fortuna, todavía le restan cosas por descubrir: esta noche, el presidente de la institución, Borja de Riquer; el jefe de colecciones del Museo de Historia de la Ciudad, Ramon Pujades, y el historiador y discípulo suyo Josep Solervicens pondrán luz a algunos detalles inéditos y convulsos de la vida profesional y académica de su padre, un auténtico hombre orquesta.
En 1917, con 30 años, Duran y Sanpere llegaba a Barcelona para hacer de archivero. Su objetivo: construir "narrativas históricas" a través de todas las fuentes (papeles y pergaminos, restos arqueológicos, prensa, documentos sonoros, objetos) y perspectivas (historia, arqueología, antropología, filología...). Tenía muchos proyectos y un gran empuje. La antigua Casa del Ardiaca, adquirida por el municipio, pasa a ser el centro de su proyecto. Pero la dictadura de Primo de Rivera se interpone en el camino. Él aguanta la posición y sigue. Y en 1929, con la Exposición Internacional, logra que se haga el Pabellón de Barcelona como prefiguración del futuro museo de historia.
Con el Ayuntamiento y la Generalitat republicanos reanuda el impulso. El concejal Joaquim Ventalló (años próximos será el catalán de la BBC y el traductor de Tintín) es un aliado para hacer de la Casa Padellàs el museo, pero el estallido de la guerra de nuevo lo altera todo. En ese momento, los incontrolados asaltan el convento de Santa Clara en la plaza del Rei, lo que permite que él y el arquitecto Adolf Florensa descubran el antiguo Salón del Tinell, que acabará pasando a formar parte del conjunto del museo. Con el establecimiento de la dictadura, otro concejal, el antiguo ligario y católico Tomàs Carreras i Artau, se convierte en su avalista político.
En paralelo, está su vida de académico. En 1924 ya es miembro numerario y con la etapa republicana toma las riendas. Sitúa al prestigioso Eduard Toda de presidente y define un programa para salvar y modernizar la institución: desligarla de la vida política (durante la dictadura anterior se había producido la polémica expulsión de Valls y Taberner, entonces por demasiado catalanista; con los años daría un radical vuelco con el famoso artículo de 1939 a La Vanguardia sobre "la falsa ruta" del catalanismo), reformar el edificio, crear una biblioteca, asegurar su viabilidad económica (con acuerdos con las diferentes administraciones) y aceptar el catalán fabriano, punto muy importante para consolidar la unidad de la lengua. En ese momento, contó con el apoyo externo de dos amigos ministros (Lluís Nicolau de Olwer y Marcel·lí Domingo), de un amigo consejero (Ventura y Gassol) y de tres diputados en el Parlament de Catalunya: los mencionados Valls y Taberner y Carreras Artau, ambos de la Liga, y Serra Húnter, de ERC.
Duran y Sanpere se convirtió en un puntal de la Academia de Buenas Letras, de la que, con diferentes cargos aseguró la continuidad durante el franquismo, y que presidirá de 1960 a 1963, año de las nevadas que llevan al edificio para su mal en nieve. Pero siguió vinculado y activo hasta el final. Meses después de su deceso, en junio de 1975, bajo la presidencia de Martí de Riquer, se le hizo un acto póstumo. Y ahora, cinco décadas después, bajo la presidencia de Borja de Riquer (otra saga de erudición familiar), se le ha vuelto a homenajear: a él y, con él, a Eulalia. Muy merecidamente. Padre e hija. Hija y padre. ¡Qué historia!