GAUDÍ 1921
Cultura 21/11/2021

Irlanda, un estado nacido en medio de la violencia al final de la Gran Guerra

Un siglo después de la partición de la isla, el peso de la historia aún lastra la relación Londres-Dublín-Bruselas

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Nens recogiendo escombro después del Alzamiento de Pascua del 1916 en Dublín.

LondresEl 6 de diciembre de 1921 se firmó en Londres el Tratado Anglo-irlandés, que puso fin oficialmente a lo que en el sur de la isla se llamó Guerra de la Independencia de Irlanda (1919-1921). El primer ministro británico, David Lloyd George, por un lado, y Michael Collins, jefe del gobierno provisional del llamado Estado Libre Irlandés, y Arthur Griffith, uno de los fundadores del Sinn Féin, por el otro, oficializaron la partición, admitida por el Parlamento de Westminster el año anterior con una ley que entraría en vigor en mayo de 1921.

Aquella provisión, sin embargo, solo indicaba que los veintiséis condados del sur (Irlanda del Sur, se llamaba) continuaban formando parte oficialmente del Imperio Británico –condición no reconocida por la mayoría de sus habitantes, sin embargo, partidarios de una república independiente–, junto con los seis del norte (Irlanda del Norte).

Este fue el último intento, no exitoso, de Londres de evitar lo mismo que habían sufrido las potencias perdedoras de la Gran Guerra: que los límites territoriales de sus imperios se vieran afectados y disminuidos.

Desmembramientos de los grandes imperios

Después de diferentes etapas de dominio inglés sobre Irlanda desde el siglo XII, en 1801 Londres se había anexionado la isla, hecho que dio pie al Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda. A finales del siglo XIX, la demanda del Home Rule –autonomía– crecía. Los partidarios querían establecer un Parlamento en Dublín pero bajo la autoridad última del de Westminster. Muy pocos clamaban entonces por la independencia.

Entre el 1912 y el 1914, el gobierno británico volvió a introducir la ley de la Home Rule, que entonces parecía que llegaría a buen puerto. Aparte, la oposición de los unionistas a la autonomía era furiosa: prometían combatirla "por todos los medios que hallaran necesarios". La primavera de 1914 consiguieron introducir en la isla, de contrabando, 25.000 rifles y tres millones de cartuchos procedentes de Alemania, con la intención de armar una milicia protestando: la Fuerza de Voluntarios del Ulster, grupo paramilitar que llegaría operativo prácticamente con el mismo nombre (UVF / Red Hand) a los disturbios del periodo 1966 y 2000 y que sería responsable de 552 muertos.

La Gran Guerra, sin embargo, movió todas las piezas del tablero. Los actores europeos se habían desangrado durante los cinco años de conflicto y la formación de nuevos y más pequeños estados eran una de las consecuencias inmediatas. A pesar de ser una de las potencias triunfadoras, el Imperio Británico tampoco salió indemne, como ya se ha apuntado. La entidad política que entró en conflicto en 1914 surgiría en 1921 con una quinta parte menos de la superficie bajo su control. Se había empezado a hacer añicos.

El Alzamiento de Pascua de 1916 fue reprimido con dureza por las tropas británicas.

A finales de la Gran Guerra –también a consecuencia de la salvaje represión de los británicos en el Alzamiento de Pascua de 1916 y por el efecto dominó de la desmembración de las grandes unidades políticas–, el deseo de autonomía irlandés había desaparecido mayoritariamente. Lo que querían ahora era la independencia.

Solidaridad catalana

La mencionada ley de la partición de la isla de 1920 fracasa, también a raíz de la campaña militar que lanza el IRA, el Ejército Republicano Irlandés. Y no será hasta el 6 de diciembre de 1921, con la firma del ya comentado Tratado Anglo-irlandés, que el IRA no puso fin a la guerra, aunque continuarían los episodios de violencia sectaria, especialmente en Belfast. De hecho, entre junio de 1920 y de 1922, 428 personas fueron asesinadas, dos tercios de las cuales de la comunidad católica, un nivel de violencia que no se volvería a ver hasta agosto de 1969.

Una imagen de disturbios a las calles del este de Belfast, zona protestante por excelencia

La permeabilidad de ideas, el efecto espejo que se establece entre la situación política irlandesa y la catalana favorece gestos y movimientos de solidaridad. Después de la represión que sigue la declaración de independencia de enero del 1919, desde el nuevo Parlamento de Dublín, La Veu de Catalunya hace llegar una carta al gobierno –legítimo pero ilegal– irlandés en la que quiere expresar cómo el combate de los irlandeses da a los catalanes el "coraje de continuar su lucha por recuperar la libertad y la personalidad de Catalunya, tanto políticamente como socialmente". Otro vínculo de las relaciones y la influencia es que en 1931, tomando como inspiración el nombre del Sinn Féin, nace el movimiento político armado catalán Nosaltres Sols!, que lidera Daniel Cardona.

Todavía hoy la conexión o la simpatía republicana irlandesa con Catalunya –y también con el País Vasco– es muy visible en el oeste de Belfast, la zona tradicionalmente católica, partidaria de la unificación de la isla, donde junto a algunos de los más famosos murales en recuerdo de Bobby Sands y otros alusivos a la lucha contra los británicos, es posible ver esteladas, ikurriñas y señeras.

Los siglos de matanzas entre comunidades en Irlanda, la partición de 1920-21, en buena parte a consecuencia del final de la Gran Guerra –partición que tendría una réplica con igualmente desastrosas consecuencias a raíz de la independencia de la India, en 1947, y la separación del Pakistán con una frontera tan irreal como arbitraria–, continúa causando un siglo después todo tipo de problemas, geopolíticos y económicos. Las relaciones anglo-irlandesas se resienten. Y el Brexit no ha hecho más que agravar un paisaje suficientemente complejo y tremendamente dolorido por los más de 3.500 muertos del periodo 1966-2000. Muchas heridas restan abiertas. Y las puertas de los muros que dividen comunidades en Belfast todavía se cierran cada día del año a las 19.00 horas, y obligan a los vehículos a hacer enormes vueltas para ir de un lado al otro, símbolo del largo camino que hay que recorrer para una paz duradera y, sin duda, todavía demasiado frágil.

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